jueves, 24 de marzo de 2016

De Nueva York a Bruselas.



Los griegos llamaban "idiota" a aquellos ciudadanos particulares tan peculiares que debido a su idiosincrasia y a su idiolecto nadie entendía ni comprendía. Eran tan idiosincrásicos que no podían -o no querían- pertenecer al grupo por raros. La idiotez hoy la entendemos como el barniz que hace relucir a los ignorantes, a los estúpidos o a los vulgares. Ha evolucionado de designar la originalidad griega a la crudeza vigente. 

A menudo el motivo y la estrategia para rehuir la idiocia o el cretinismo -si los padecemos- es diluirla entre el pelotón en nombre del cual la humanidad desde que es bípeda se ha cobijado para justificar las aberraciones, la guerra y el holocausto. Con la bandera del conjunto al que nos adscribimos -o nos apuntan- las ejecuciones pueden convertirse en objetivo cuando el terror y el odio han cristalizado en ideales. Momentos, demasiados, que ni la metáfora puede razonar el desconcierto y la rabia porque alimentan más repugnancia aun. 

Comitivas con los ojos anegados y el corazón encogido tras la locura que estrella un avión, en los Alpes o en las Torres Gemelas. Cortejos fúnebres anticipados -no era la hora todavía de embarcarse- aterrizando en destinos para los que no habíamos comprado billete. ¡Cuánta inquietud! Venimos del 11 de septiembre, la fecha en que el orden mundial cambió sacudido por las acciones de unos actos no declarados propiamente bélicos. Un aguijón doloroso arremetió contra el orgullo del elefante adormecido en el punto que más daño le podía infringir. ¿Cómo reaccionaría este paquidermo cuando se despertara de la pesadilla? 

Escribía en septiembre de 2001 -en Miralls i Espantalls cuando no era público- que América sigue perpleja y hundida en el horror. Los analistas hacen cábalas. Las televisiones continúan emitiendo especiales informativos. Difunden la imagen de Arafat donando sangre para las víctimas del atentado. El paisaje del día después es del todo apocalíptico. Chatarra, polvo y silencio con el horizonte urbano desmochado. A la fachada del poder económico mundial le han destrozado el escaparate. 

El terror globalizado con voluntad de empeñar en ello sin pesar la vida. Ha terminado una época y lo que la sucederá puede ser gris o negro, sin duda oscuro. Ni las luces optimistas de los rascacielos más grandes del mundo podrán desvanecer el recuerdo del horror o la mortandad indiscriminada que ha tenido lugar este martes en Nueva York. Como mínimo, en el tercer milenio, se ha reforzado la desconfianza, la sospecha y un estado policial más represivo. Esta madrugada en diversos lugares de los EU han sido apedreados centros islámicos y algunas mezquitas. La huella de una bala en una vidriera era el agujero preciso del odio contra el mundo árabe sin distinciones. 

Rusia y la OTAN apoyan a USA. Bush ya tiene carta blanca para pasearse por el espacio aéreo internacional con el visto bueno y la colaboración de los aliados para aplastar a los enemigos de la civilización occidental. Esperemos que sea justo y que realmente el castigo que le reclama la sociedad sea proporcionado y vaya dirigido sólo a los culpables. No acertar puede avivar el odio y las represalias con una cadena de golpes recíprocos en una espiral infinita y mundial. 

¿Qué está pasando? ¿Qué puede suceder y cuáles serán las consecuencias de este eco de los cañones que resuena por todas partes? No lo sé. Pocos lo sabrán, es probable que ni los mismos responsables lo tengan claro. ¿Contra quién dirigirán esta furia de gigante imperial herido que clama venganza? A todo un pueblo, a una nación, a una religión, a una etnia o a los andrajosos árabes de chilaba ajada de cualquier desierto o estepa reseca y sedienta? En Estados Unidos a los centros islámicos y a las comunidades árabes ya las han demonizado y juzgado en un paquete integral -o deberíamos decir global? - ¡Todos culpables! No tan lejos, en Madrid, han tirado huevos a la fachada de una mezquita -después del atentado de Bruselas se ha reproducido una acción ultra contra la mezquita de la M30-.

El terrorismo es negro, escurridizo y descabezado. Es una sombra que muerde cobarde y a traición. ¿Dónde sus cuarteles y sus cubiles? Como una serpiente nocturna aguijonea el enemigo y lo aniquila para fugarse sin dejar ningún rastro que no sea la sangre -también la propia-, el horror y la impotencia. Y esto es precisamente lo que le ha pasado al águila altiva e imperial estadounidense. Una punzada en su nido que creíamos el más inaccesible cuando menos se esperaba y por la espalda. Y en la sacudida por un cierto sentimiento ingenuo de invulnerabilidad prepotente, la rabia debe ser, por fuerza, inmensa. La frustración humillante y el dolor espantoso. Ahora es la hora de asumir la pérdida, de administrar a los huérfanos y a la muerte más dura, la que no se anuncia y que ya no le va quedando ni el pretexto milagroso de resucitar debajo de los escombros. 

Porque en este hundimiento se ha desmenuzado una era. Se ha agrietado una época, una manera de hacer y de ser. La luz fálica, el faro del librecambismo democrático de la libertad individual -a menudo injusto y cargado de diferencias- yace abatido entre escombros mientras la economía mundial ha sufrido un infarto y está en la unidad de cuidados intensivos. El patrón mundial, el reloj del universo se ha detenido. La American life también está paralizada con el corazón helado. Mientras, la incertidumbre ... 

Mientras, la desconfianza en los líderes mundiales. ¡Qué vacío de poder y cuánta soledad invadieron, con el polvo y la metralla del World Trade Center desmoronándose, a la sociedad de las grandes urbes y de los decorados más vistosos de la iconografía cinematográfica del mundo occidental! Bush con cara de pardillo, solo, caminando por el césped. Y el edificio más poderoso del mundo, el Pentágono, tocado. Y los militares escabulléndose como podían -en un caos ausente de desfiles heroicos- sin saber qué les estaba sucediendo. 

No es un argumento desconcertante de ficción apocalíptica -inverosímil- porque está basado en hechos reales. El mundo contuvo la respiración y la angustia se instaló en las pantallas sin ser demasiado conscientes de que asistíamos a la inauguración de la nueva era mediática, tecnológica y, sobre todo, policial. Desgraciadamente me temo que se acerca un XXI gris, oscuro y donde el miedo puede hacer renacer pecados históricos que pensábamos sepultados. Porque la transigencia con la diversidad también ha sido tocada de gravedad por los aviones suicidas. 

Ahora nos queda sólo la prudencia, el sentido común y la justicia para que la rabia no sea administrada en una revancha desproporcionada y aleatoria. Como clamaban ayer algunos americanos en una pancarta: ¡Justicia sí, venganza no! Aplastar el cesto con las manzanas para separar unas cuantas puede desatar una espiral de violencia aún más espeluznante. A los fanáticos con el odio afilado, a los huérfanos fáciles de captar de las desproporcionadas guerras injustas y a los integristas con prisa para inmolarse y llegar al paraíso no necesitan más pretextos para odiar aún más este mundo de luz y rascacielos ofensivos. Yo también deseo que la herencia sea, por encima de todo, la paz y la justicia. 

En 2016 el terrorismo puede haber cambiado de país, de estrategia o de objetivo -Nueva York, Madrid, París y ahora Bruselas...-, pero no ha alterado su condición. Las palabras no sirven para razonar el desconcierto y la rabia entre tanta abominación.

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