Hoy en Londres juzgan unos ladrones por el robo conocido con el nombre de
Hatton Garden. Nada nuevo bajo la capa del cielo si no fuera porque los autores
del asalto a una cámara acorazada del barrio de los diamantes londinense arramblaron
dieciocho millones de euros de las cajas de seguridad que custodiaban
básicamente joyas. Hasta aquí tampoco nada nuevo en el mundo de los ladrones
con éxito, se trataría del golpe perpetrado en joyas más importante de la
historia de Inglaterra. Tampoco ninguna novedad respecto de la justicia poética
-propia de las películas y, a veces, de la realidad- que se resuelve con la
captura de los ladrones. Lo que llama la atención es que la banda estaba
integrada en su totalidad por jubilados.
Pensionistas que perfilaron el asalto mientras acompañaban a los nietos a
la guardería, que se cuidaban combatiendo el colesterol con largas partidas de
petanca -con imán para recoger las bolas- y habían habilitado un pub inglés como
la sede oficial de la organización. En la fotografía de la ficha policial aparecen
con la catadura de un cuarteto de ancianos venerables a quien cederías el
asiento en el metro o a quien comprarías un vehículo de segunda mano convencido
de que los kilómetros son los reales. Presentan el aspecto de buenas personas
no resignadas a la condena impuesta por la edad. Tendrán que aceptar una administrada
por los hombres y endosada por un juez con peluca anacrónica y cierta envidia
ahora que se acerca al retiro forzoso.
Cuatro abuelos, un cuarteto de jazz con la cabeza clara y los dedos bien
engrasados, durante la semana santa de 2015 se llevaron un botín de récord en
joyas, dieciocho millones. Brian Reader tiene 76 años con mucho pedigrí
criminal, vive afectado por la soledad desde que se murió su esposa hace siete
años; dicen que se entretiene a buscar el nombre de la difunta en los
crucigramas atacado por la melancolía de los viudos. Terry Perkins celebraba el
cumpleaños el día de los hechos, 67 años, un preadolescente comparado con
algunos colegas; carga en los hombros 22 años de prisión que avalan el
currículo profesional. John Collins, de 74, tenía asignada la tarea de
vigilancia, pero se durmió mecido por el calorcito de la calefacción en el
vehículo desde donde observaba. El menor, el niño más joven, es Danny Jones, de
58, un excéntrico que se vestía con la bata de su madre y lucía un sombrero rojo
de estilo moruno.
Cinco selectos personajes más han estado involucrados e inculpados con
cargos. Destaca Billy el Pez , de 60
años, el conductor de la banda con prótesis en ambas caderas y tiene problemas
de próstata. Cuando lo detuvieron, una incontinencia humillante lo traicionó,
algo que condicionará las declaraciones y la comparecencia ante el tribunal
dada la vejiga sensible de Billy el
Pescado. La policía, camuflada de jubilados, continua con las pesquisas entre
los aficionados a la petanca, pero sin un imán con un cordel que facilita mucho
la práctica de este deporte al no tener que agacharse. Los agentes tienen
indicios de que uno de los participantes en el asalto se llama Basil, en las
cámaras de seguridad se le ve luciendo una peluca roja –la envidia del juez-.
Según el testimonio de los acusados se trataría de un ex policía que tuvo un
papel clave en el golpe.
De noche bajaron por el hueco del ascensor al sótano de Hatton Gardens. Era
la hora de verificar las estrategias planificadas en el pub entre cerveza y
cerveza. Se les disparó una alarma, pero era viernes santo y la policía estaba más
por los buñuelos de pascua atacados por la dieta magra y no reaccionó. Taladran
la pared de hormigón. No consiguen agujerear la pared metálica de las cajas de
seguridad. Abandonan. Volverán al día siguiente, sábado por la noche.
Desvalijan el contenido de setenta y tres cajas. Al amanecer del domingo de
pascua se las piran. Lo celebran con un desayuno continental a lo Audrey
Hepburn con tostadas untadas con mantequilla salpicada de polvo de diamantes.
Todo un homenaje.
Doscientos agentes han sido necesarios para conseguir resolver el caso.
Encontraron dos bolsas con joyas atribuidas al botín de Danny Jones en un
cementerio londinense. Este personaje habría escondido la parte que le
correspondía en la tumba de su suegro. ¿Qué revancha psicoanalítica habría
ingeniado el atracador que se vestía con la bata de su madre? Dejemos que sea la
justicia inglesa quien lo averigüe.
Todo un ejército de agentes, de inspectores y de detectives tras la banda
que no dejó ninguna huella física. Menospreciaron -o desconocían- las modernas
técnicas de investigación criminal. No habían sido asiduos espectadores de las
series televisivas como el CSI, Crime
Scene Investigation . Ellos han sobresalido como virtuosos de la vieja
escuela. Han sido los lectores de matrículas, las cámaras de video vigilancia,
los micrófonos ... quienes los delataron. La formación permanente, que todo
gremio profesional debería cultivar, les falló. Estos perfeccionistas de las
décadas gloriosas sólo son criminales analógicos operando en un mundo digital
que les ha rebasado. La policía dispone de horas de grabaciones donde los
ladrones afirman que esta será su pensión. Se oye como uno ya ha comenzado un
doloroso proceso de reparación odontológica con implantes de última generación
... Sueños y sonrisas que ya no serán posibles.
Los tiempos modernos los han atrapado. Así que vuelvan a disponer de
momentos para la reflexión y la formación, deben inscribirse en un curso de
nuevas tecnologías porque atracar un banco a punta de pistola o de taladro ya
está casi descatalogado. En el año 2014 en el Reino Unido sólo hubo 90 casos,
todos los implicados eran abuelos sin WhatsApp
y sin presencia en Facebook o en la
red. Unos randas analfabetos digitales que no figuran en los listados del
fraude o la delincuencia on line. No
son nadie, pues. Durante el mismo período cerca de cuatro millones de personas han
sido víctimas de robos electrónicos -y no contabilizo las sospechosas
comisiones bancarias-.
Después de este pequeño detalle, que los pillaran, sólo les pueden redimir
los derechos de la película que ya calienta motores. Michael Caine ya se habría
postulado como protagonista del filme, una historia verídica que los deberá
mitificar. Sin embargo, la defensa ya ha avanzado que los ladrones de joyas
tenían decidido renunciar a la pensión. Con el golpe en Hatton Garden
pretendían -alega- dejar de ser una carga social y económica para el reino de
Su Graciosa Majestad Isabel II.
¡De buenas intenciones iban sobrados!
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