domingo, 31 de mayo de 2026

Pausa administrativa vital.

 

Ya lo anuncié, he sufrido un proceso quirúrgico en la espalda, en las lumbares. Desconozco si me correspondería una baja médica como autor que cada diez días publicaba algo en Reflejos y Titiriteros. En el caso de no poner más condicionantes al momento, pude alertaros con más concreción del hecho. Fue una pausa administrativa vital, coincidiendo en un día concreto, el de los hechos.

Han sido ratos de dolor físico y de angustia. De constantes vitales trepando, fuera de las medidas habituales. ¿Nervios? Supongo que sí. Al absentismo, también de agua y tabaco alargándose por previsión, cabe añadir la incertidumbre de una intervención técnicamente muy mejorada respecto de las que se practicaban no hace demasiados años. Horas de ausencia para aterrizar en la habitación donde he realizado tres días de ingreso sometido a las pruebas diversas que corresponden.

En la desconexión anestésica programada aparcas también un poco la vida real, te vuelves exigente, egoísta. Una cuenta atrás alejada del mundo que te rodea por unas horas. Despiertas abatido, rodeado de aparatos conectados a la mano amortiguando el dolor por la herida causada. Terminado el problema inicial, ahora tienes que resolver cómo salir y rehacerte. Estoy en el proceso.

El día antes, a la una de la madrugada, fui a dormir. A las cinco y media me levanto. Desayuno un par de veces, por si acaso. Hasta después de la intervención no puedo comer, beber agua ni fumar. Por ahora lo cumplo. Ha sido todo un día sin comer nada. Hace bastante calor. A la una y media marchamos a la clínica. Me cambio para la intervención en un cuarto del primer piso. A las 17:00, más o menos, me trasladan al quirófano. Un sitio que me recuerda el trasfondo de un escenario donde los cantantes de un concierto de rock duro se presentan mientras van a la suya. No tiene aire de sitio terrible. En ninguna parte detecto a ningún afilador de bisturís. "¿Cómo te llamas? Yo soy la doctora...", aparecen sin protagonismos melodramáticos.

La última presencia consciente está junto a una mesa rara de intervenciones. Pierdo el mundo de vista hasta las 23:00 que entro en planta. Estoy entumecido y aplacado. No tengo ánimo para nada. Pendiente de la intervención, de las grapas que zurcen la cicatriz. Curiosamente, el dolor que me ha llevado a la intervención ya no existe. Se ha ido, si no fuera por la sensación de recién intervenido. La tensión y el índice de glucemia se han disparado. Un desastre que se complementa con la orina, aparatosamente sangrienta. También llevo una cánula que rezuma un líquido cobrizo marrón. Son los restos de la intervención, un drenaje que libera los residuos de lo que han hecho en mi cuerpo y en mi columna. Una enfermera me dice si quiero tomarme una fotografía con la nueva cicatriz que decorará mi espalda. Yo digo que sí y ella coge el móvil con gesto profesional para hacer el retrato artístico.

La vida hospitalaria con diabetes II es para tirar por la borda. Comida mala, sin gusto y horrorosa. Con unos caldos incomibles. Malas tortillas y una fruta incomestible. Por fortuna, me abastecen con algún bocadillo externo de jamón a hurtadillas. Esto hace que soporte un poco la vida sin pasar excesivo apetito. En el restaurante sirven uno de los platos idéntico al que me han traído, piezas de pollo hervido sin demasiado sabor. La amabilidad de la gente que cuida a los enfermos es exquisita. Me limpian, me curan y me ayudan tocados de optimismo realista.

Sentarme en la cama es una epopeya. Lo consigo durante ratos ligado al drenaje. Me levanto con esfuerzos dolorosos. El sábado me anuncian que el domingo podré marcharme a casa, después de desayunar. Una buena nueva. Paseo -y compito con algún vecino de habitación- por los pasillos con el equilibrio al garete exhibiendo el culo. Una carrera de cojos. Mis hijos me han hecho compañía en las tres noches hospitalarias. Cuando marchamos, me traen una silla de ruedas que utilizo de andador. Nos recoge un taxi. Es un mal día, una prueba atlética corta toda la Diagonal. Afortunadamente, el taxista puede cruzar sin problemas.

Estoy en casa. Mecido por varios calmantes y pastillas antiinflamatorias. Inyecciones para estar precavido, de esas en la barriga, protectores de estómago... Me ceden la cama. Duermo seis horas de continuo, boca abajo. Un éxito. Me levanto mucho más rehecho. ¡Estoy en casa!

Os anuncio, en mi caso, que mientras permanecía anestesiado no he soñado en blanco y negro, tampoco en color.

 

martes, 12 de mayo de 2026

Veracruz, la Antigua.

 

El Barça gana, por bastantes puntos de diferencia en la clasificación general, al Real Madrid en el Nou -nou- Camp. La fiesta como Campeón de la Liga acaece para los culés en un día con un punto triste, la muerte del padre del entrenador, acontece en el momento importante para él y para el club. La imprevisión de los resultados -¡el fútbol es así!- establece la incertidumbre de si el Barça podría levantar la copa en su estadio. Se ha hecho, el hito o el reto, contra el eterno rival, con un primer gol de falta directa a la escuadra, una de las virtudes que Messi se llevó a las Américas donde juega. Venga, chicos, solo le falta la Champions, un trofeo que no acaba de llegar, aunque este año tampoco lo haya alcanzado el Real Madrid, el rey de la competición europea. La derrota en la rivalidad europea pasa también por la consolación en la frustración ajena.

Porque el momento colorista del Barça se ha sobrepuesto a la epidemia más gris de hantavirus que la copa liguera que el Barça pasea -ahora mismo- por las calles de la ciudad. La movida de la repatriación de los integrantes de este crucero ha sido esto, una convulsión de alto voltaje político entre la comunidad autonómica y el gobierno central que lo está gestionando. Hemos visto argumentos difíciles de aceptar, como si los ratones pudieran realizar natación artística desde el barco parado cerca del puerto por imposición del gobierno autonómico. Desconozco si estos roedores son capaces de ejecutar filigranas rítmicas para acabar trepando al muelle de las islas Canarias. Visto desde fuera del contexto y sin intereses ajenos, parece difícil que este selecto crucero llevara incorporados grumetes de cola larga y mostacho afilado capaces de realizar proezas olímpicas como la propuesta por el presidente autonómico. Sin embargo, habrá que ver cuál habrá sido finalmente la capacidad real de contagio de este hantavirus acuático.

 Y como no hay dos sin tres, quiero hacerme eco de la aventura política de la presidenta de la Comunidad de Madrid en México -con "x"-. Dicen que ha recortado su estancia en el país por la confrontación contraria. Dicen. Ir a México -con "x"- para exaltar la figura de Hernán Cortés no le ha reportado demasiados beneficios. Política y económicamente no ha sido una ida productiva. Dicen. Ir a México -con "x"- no ha sido una buena decisión. Dicen. El rechazo y el eco protagonizados por esta señora en esta salida políticamente extracurricular se habría ido al traste. Dicen. No se puede llegar al exterior para alabar a un personaje considerado enemigo mayoritariamente colectivo, no parece una buena táctica. Tensar las declaraciones del gobierno y del propio monarca español actuales en sentido contrario no ha sido demasiado brillante. También dicen que ha sido contraria a la acogida de los marineros de la rata en el hospital militar de Madrid donde cumplen la cuarentena.

            En la Antigua Veracruz, visité el primer lugar donde se instaló Hernán Cortés. Su casa. Este conquistador subió río arriba con las naves procedentes del golfo de México -ahora de Trump-. Quedan las paredes forradas por raíces y por mucha vegetación. Un cañón viejo y los cimientos de los espacios antiguos. Se puede atravesar el río por una palanca movediza muy larga. Los indios creían que los conquistadores llevaban la casa en el barco. En este lugar se encuentra la primera iglesia cristiana del mundo iberoamericano. Pequeña, sencilla y con goteras que no se reparan. Existe un pozo circular, ahora seco, donde lancé una moneda -una medida más propia en la fontana de Trevi-, un gesto que sorprendió a todos. Les digo que pretendía ser la aportación por mi parte del oro que les expoliamos. No sé si comprendieron mi gesto, de presunto conquistador arrepentido. La Antigua Veracruz no es un sitio de masas. Decadente y sin el predicamento que debería tener un lugar como éste. Muchos mexicanos la desconocen, anuncia el guía. Aquí desembarcó Hernán Cortés con cientos de soldados. La leyenda dice que quemó las naves para que la tropa marinera no tuviera la tentación de darse la vuelta. La Antigua Veracruz huele a canela.

De los tres episodios me quedo con la victoria liguera por el Barça. Me olvido de los juegos y de las trifulcas que el hantavirus ha levantado en el sistema inmunitario global. De la señora presidenta de Madrid y Lavapiés me sabe mal que no simulara un pase exitoso como el del segundo gol de ayer del Barça. ¡Cuánta pericia! Pienso que lo tenía más fácil, reconociendo a México como el país que acogió a tantos y tantos españoles terminada la guerra civil. Quizá hubiera sido un buen gesto acercarse al pozo de la Antigua Veracruz para tirar algunas monedas de peso. Con el gesto se habría ahorrado, seguramente, las críticas y rechazo de un país que no pierde la memoria.