Ya lo anuncié, he sufrido un proceso quirúrgico en la
espalda, en las lumbares. Desconozco si me correspondería una baja médica
como autor que cada diez días publicaba algo en Reflejos
y Titiriteros. En el caso de no poner más condicionantes al momento, pude
alertaros con más concreción del hecho. Fue una pausa administrativa vital,
coincidiendo en un día concreto, el de los hechos.
Han sido ratos de dolor físico y de angustia. De
constantes vitales trepando, fuera de las medidas habituales. ¿Nervios? Supongo
que sí. Al absentismo, también de agua y tabaco alargándose por previsión, cabe
añadir la incertidumbre de una intervención técnicamente muy mejorada respecto de
las que se practicaban no hace demasiados años. Horas de ausencia para
aterrizar en la habitación donde he realizado tres días de ingreso sometido a
las pruebas diversas que corresponden.
En la desconexión anestésica programada aparcas
también un poco la vida real, te vuelves exigente, egoísta. Una cuenta atrás
alejada del mundo que te rodea por unas horas. Despiertas abatido, rodeado de
aparatos conectados a la mano amortiguando el dolor por la herida causada.
Terminado el problema inicial, ahora tienes que resolver cómo salir y
rehacerte. Estoy en el proceso.
El día antes, a la una de la madrugada, fui a dormir.
A las cinco y media me levanto. Desayuno un par de veces, por si acaso. Hasta
después de la intervención no puedo comer, beber agua ni fumar. Por ahora lo
cumplo. Ha sido todo un día sin comer nada. Hace bastante calor. A la una y
media marchamos a la clínica. Me cambio para la intervención en un cuarto del
primer piso. A las 17:00, más o menos, me trasladan al quirófano. Un sitio que
me recuerda el trasfondo de un escenario donde los cantantes de un concierto de
rock duro se presentan mientras van a la suya. No tiene aire de sitio terrible.
En ninguna parte detecto a ningún afilador de bisturís. "¿Cómo te llamas?
Yo soy la doctora...", aparecen sin protagonismos melodramáticos.
La última presencia consciente está junto a una mesa
rara de intervenciones. Pierdo el mundo de vista hasta las 23:00 que entro en
planta. Estoy entumecido y aplacado. No tengo ánimo para nada. Pendiente de la
intervención, de las grapas que zurcen la cicatriz. Curiosamente, el dolor que
me ha llevado a la intervención ya no existe. Se ha ido, si no fuera por la
sensación de recién intervenido. La tensión y el índice de glucemia se han
disparado. Un desastre que se complementa con la orina, aparatosamente
sangrienta. También llevo una cánula que rezuma un líquido cobrizo marrón. Son
los restos de la intervención, un drenaje que libera los residuos de lo que han
hecho en mi cuerpo y en mi columna. Una enfermera me dice si quiero tomarme una
fotografía con la nueva cicatriz que decorará mi espalda. Yo digo que sí y ella
coge el móvil con gesto profesional para hacer el retrato artístico.
La vida hospitalaria con diabetes II es para tirar por
la borda. Comida mala, sin gusto y horrorosa. Con unos caldos incomibles. Malas
tortillas y una fruta incomestible. Por fortuna, me abastecen con algún
bocadillo externo de jamón a hurtadillas. Esto hace que soporte un poco la vida
sin pasar excesivo apetito. En el restaurante sirven uno de los platos idéntico
al que me han traído, piezas de pollo hervido sin demasiado sabor. La
amabilidad de la gente que cuida a los enfermos es exquisita. Me limpian, me
curan y me ayudan tocados de optimismo realista.
Sentarme en la cama es una epopeya. Lo consigo durante
ratos ligado al drenaje. Me levanto con esfuerzos dolorosos. El sábado me
anuncian que el domingo podré marcharme a casa, después de desayunar. Una buena
nueva. Paseo -y compito con algún vecino de habitación- por los pasillos con el
equilibrio al garete exhibiendo el culo. Una carrera de cojos. Mis hijos me han
hecho compañía en las tres noches hospitalarias. Cuando marchamos, me traen una
silla de ruedas que utilizo de andador. Nos recoge un taxi. Es un mal día, una
prueba atlética corta toda la Diagonal. Afortunadamente, el taxista puede
cruzar sin problemas.
Estoy en casa. Mecido por varios calmantes y pastillas
antiinflamatorias. Inyecciones para estar precavido, de esas en la barriga,
protectores de estómago... Me ceden la cama. Duermo seis horas de continuo,
boca abajo. Un éxito. Me levanto mucho más rehecho. ¡Estoy en casa!
Os anuncio, en mi caso, que mientras permanecía
anestesiado no he soñado en blanco y negro, tampoco en color.