Dicen que no volveremos a ver un eclipse como el que
debe producirse el próximo 12 de agosto hasta el año 2180. Un hito o una
eternidad que nosotros, los de ahora, no contemplaremos. Un juego de pelotas
juguetonas entre el sol y la luna administra las reglas de las sombras que
deben taparnos la luz directa del sol. Un misterio y una posibilidad astronómica imponiendo
un enigma que produce si no algo de miedo, causa temor. Un hito importante,
ajeno a nuestras reglas humanas, nos sorprende con un punto astrológico,
una pseudociencia que trata de las presuntas influencias de los astros en el
destino de las personas y de la predicción de acontecimientos terrestres por su
posición y aspecto. Un contraste entre el hecho astronómico -científico- frente
al concepto astrológico, lleno de opciones mágicas y vulnerables, que la
astrología comporta, será la magia infinita interpretada en la grandeza
geométrica celestial.
En 1999 -siglo XX en el ataúd histórico-,
presencié un eclipse total de sol en Halfweg, en las cercanías contiguas a Ámsterdam,
cerca de un estanque repleto de inoportunos mosquitos. Fue el miércoles 11 de
agosto de aquel 1999. A las 11:10, el sol presenta un ridículo mordisco en el
NE. Mi desinformación no deja concederle la importancia del momento. En la
televisión local se proyecta el alcance del instante con grandes gentíos
mirándolo. A las 11:15 intento buscar el sol, me duelen los ojos. No tengo
gafas ni utensilios para examinarlo cara a cara. Los aviones siguen pasando, el
aeropuerto de Schiphol se sitúa cerca.
A las 11:20 la televisión insiste, es muy importante
mirar al sol con gafas especiales, bien protegidos. Repasan los eclipses pasados.
Tengo un vago recuerdo, de muy pequeño, en la escuela de Sant Pau de Segúries,
de haber visto uno parcial con un cristal ahumado en el patio de los niños.
Diez minutos más tarde el cielo se está oscureciendo, hay un cuarto de sol
comido por la luna. El cielo está algo nublado. Las nubes no lo dejarán ver con
claridad. ¿Suspenderán el eclipse? A las once y media ha vuelto a salir el sol,
navega entre los cúmulos. Parece un sol de media tarde. La luz se va
paulatinamente apagando diluyendo las sombras con el sol mitigándose.
Al mediodía, a las 12:00, sólo falta una cuarta parte
del sol para el eclipse total. A las 12:15 se ha oscurecido de verdad. El sol
es como una leve pezuña de gato agresiva en el horizonte. Una breve nube nos la
tapa. Es necesario encender la lámpara de la cocina. Pese al fenómeno, se
acerca la hora del almuerzo. A las 12:20 se ha oscurecido bastante. Finalmente,
a las 12;25, el sol vuelve a crecer con lametones luminosos bañando el césped
exterior. A las doce y media, la naturaleza recupera el pulso vital con la luz
que corresponde. La zarpa de gato arañando la incandescente superficie solar ha
dejado de corroer la circunferencia como un ratón royendo un queso
pantagruélico.
Hace un par de días los medios nos dicen que el sol
está situado -una especie de ensayo general previo- en el lugar exacto en el
que podremos ver el eclipse el día que proceda. Algunos especialistas se han
desplazado ya con cámaras ideadas para captar el momento. Gente preparada
buscando el sitio -marcándolo- para poder fotografiarlo con la precisión que el
momento se comporte. Deben dejar un pequeño cartel para vigilar el sitial con
un fantasma que, seguro, volverá hacia el sur y las tierras bajas de la Catalunya
astrológica sin muros ni grúas de la construcción -¡ni nubes!- impidiendo la ceguera.
Un espejismo.
"Señales en el cielo, trabajos en la
tierra", hace el dicho. Bien, que ya tenemos la tierra bastante movida. La
luna y el sol se entrelazarán en un eclipse sin un nombre de político
sellándolo. No necesita la ilusión óptica de sombras celestiales tener el
nombre de personajes vigentes, ya que el hombre no puede hacer nada, sólo
contemplárselo empequeñecido y ajeno. La rotación y la penumbra juegan para,
durante un momento, hacernos conscientes del papel del hombre en situaciones, aunque
previsibles, nos vuelven a la medida real, de niño pequeño, observando este
milagro predecible con un rústico cristal ahumado.
Debo confesarles que por ahora no tengo ningún sitio
elegido. Si puedo disfrutarlo, me situaré en la terraza de casa y, en el caso
de no poder seguirlo con toda la pulcritud prescrita, miraré cómo la luz y el
momento me deslumbran, aunque sea sin gafas protectoras, como las de mi
infancia, dejando rezumar todos los sueños, incluso la posibilidad de que
llegaran los marcianos.
¡Buen preeclipse!