jueves, 30 de abril de 2026

El sol como una zarpa de gato.

 

Dicen que no volveremos a ver un eclipse como el que debe producirse el próximo 12 de agosto hasta el año 2180. Un hito o una eternidad que nosotros, los de ahora, no contemplaremos. Un juego de pelotas juguetonas entre el sol y la luna administra las reglas de las sombras que deben taparnos la luz directa del sol. Un misterio y una posibilidad astronómica imponiendo un enigma que produce si no algo de miedo, causa temor. Un hito importante, ajeno a nuestras reglas humanas, nos sorprende con un punto astrológico, una pseudociencia que trata de las presuntas influencias de los astros en el destino de las personas y de la predicción de acontecimientos terrestres por su posición y aspecto. Un contraste entre el hecho astronómico -científico- frente al concepto astrológico, lleno de opciones mágicas y vulnerables, que la astrología comporta, será la magia infinita interpretada en la grandeza geométrica celestial.

 En 1999 -siglo XX en el ataúd histórico-, presencié un eclipse total de sol en Halfweg, en las cercanías contiguas a Ámsterdam, cerca de un estanque repleto de inoportunos mosquitos. Fue el miércoles 11 de agosto de aquel 1999. A las 11:10, el sol presenta un ridículo mordisco en el NE. Mi desinformación no deja concederle la importancia del momento. En la televisión local se proyecta el alcance del instante con grandes gentíos mirándolo. A las 11:15 intento buscar el sol, me duelen los ojos. No tengo gafas ni utensilios para examinarlo cara a cara. Los aviones siguen pasando, el aeropuerto de Schiphol se sitúa cerca.

A las 11:20 la televisión insiste, es muy importante mirar al sol con gafas especiales, bien protegidos. Repasan los eclipses pasados​​. Tengo un vago recuerdo, de muy pequeño, en la escuela de Sant Pau de Segúries, de haber visto uno parcial con un cristal ahumado en el patio de los niños. Diez minutos más tarde el cielo se está oscureciendo, hay un cuarto de sol comido por la luna. El cielo está algo nublado. Las nubes no lo dejarán ver con claridad. ¿Suspenderán el eclipse? A las once y media ha vuelto a salir el sol, navega entre los cúmulos. Parece un sol de media tarde. La luz se va paulatinamente apagando diluyendo las sombras con el sol mitigándose.

Al mediodía, a las 12:00, sólo falta una cuarta parte del sol para el eclipse total. A las 12:15 se ha oscurecido de verdad. El sol es como una leve pezuña de gato agresiva en el horizonte. Una breve nube nos la tapa. Es necesario encender la lámpara de la cocina. Pese al fenómeno, se acerca la hora del almuerzo. A las 12:20 se ha oscurecido bastante. Finalmente, a las 12;25, el sol vuelve a crecer con lametones luminosos bañando el césped exterior. A las doce y media, la naturaleza recupera el pulso vital con la luz que corresponde. La zarpa de gato arañando la incandescente superficie solar ha dejado de corroer la circunferencia como un ratón royendo un queso pantagruélico.

Hace un par de días los medios nos dicen que el sol está situado -una especie de ensayo general previo- en el lugar exacto en el que podremos ver el eclipse el día que proceda. Algunos especialistas se han desplazado ya con cámaras ideadas para captar el momento. Gente preparada buscando el sitio -marcándolo- para poder fotografiarlo con la precisión que el momento se comporte. Deben dejar un pequeño cartel para vigilar el sitial con un fantasma que, seguro, volverá hacia el sur y las tierras bajas de la Catalunya astrológica sin muros ni grúas de la construcción -¡ni nubes!- impidiendo la ceguera. Un espejismo.

"Señales en el cielo, trabajos en la tierra", hace el dicho. Bien, que ya tenemos la tierra bastante movida. La luna y el sol se entrelazarán en un eclipse sin un nombre de político sellándolo. No necesita la ilusión óptica de sombras celestiales tener el nombre de personajes vigentes, ya que el hombre no puede hacer nada, sólo contemplárselo empequeñecido y ajeno. La rotación y la penumbra juegan para, durante un momento, hacernos conscientes del papel del hombre en situaciones, aunque previsibles, nos vuelven a la medida real, de niño pequeño, observando este milagro predecible con un rústico cristal ahumado.

Debo confesarles que por ahora no tengo ningún sitio elegido. Si puedo disfrutarlo, me situaré en la terraza de casa y, en el caso de no poder seguirlo con toda la pulcritud prescrita, miraré cómo la luz y el momento me deslumbran, aunque sea sin gafas protectoras, como las de mi infancia, dejando rezumar todos los sueños, incluso la posibilidad de que llegaran los marcianos.

¡Buen preeclipse!

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