Podríamos decir que a la situación mundial -de
desastre absoluto- se le suma una condición que me afecta personalmente. En
poco más de un mes tendré que someterme a una intervención quirúrgica de la espalda.
Malas noticias para paliar el dolor físico que me atenaza desde hace demasiados
días. Un dolor constante que machaca los nervios y que no admite de
tranquilizantes de los ordinarios. Hace algo de tiempo, quizás de años, que
este cosquilleo invasor va carcomiendo los conductos hasta producir una
sensación radiante muy desagradable. Caminar y dormir son ejercicios
dificultosos porque los conductos por donde transitan los impulsos están
cerrados. Tumbarse o encontrar la posición más idónea no es posible, aunque he
captado que retorcer las piernas, como hacen los niños, me libera un poco. Así,
adormecido, intento no tener que levantarme durante las noches para no ser más
molesto aún con quien vive conmigo mismo.
Cosas de la jubilación, anunciaban los abuelos a los
que no quería entender. A la baja laboral con sus cosas se añade la nueva
condición que sustituye a la dedicación que la vida te había asignado. Como si
el horario de médicos y profesionales sanitarios abarcara con esperanza este
nuevo calendario, llenando los espacios otra vez, sentado en bancos anónimos,
esperando a que te llamen sin demasiado ímpetu vital. Cómo cansan estas
carencias y sus soluciones. Porque yo era de los que creían que esto que ahora
me tortura se liberaría, como ya ha hecho en varias ocasiones. Hoy el resultado
ha sido bien claro, tengo que pasar por los quirófanos para dejar de lado este
dolor intenso e irritante. Solo espero que la paciencia con los demás no
empeore más aún. Que vaya tirando sin demasiados sobresaltos. ¡Ay, la paciencia
imponiéndose con el sentimiento de protagonismo interesado de los enfermos!
A la codiciable situación personal, no lo deseo a
nadie, se añade el protagonismo torpe de los personajes guerreros sin demasiado
sentido que no sea el odio y el derecho a la tortura con la muerte de civiles
de por medio. ¡Qué panorama! Tenemos el mundo como un avispero pendiente de un
estrecho y de unos astronautas que rondan por los espacios siderales cercanos a
la luna haciéndose selfies con una redondez perfecta para
toparse con los conspiranoicos ideales terraplanistas. Diríamos que ya han
llegado al mar y han sido extraídos con pulcritud y en buen estado. Se ha hecho;
son, por ahora, las personas que más se han alejado de la Tierra. ¡Buen
regreso! Tampoco me los imagino en descapotables desfilando como héroes por la
Quinta Avenida junto a un presidente orgulloso mientras caen confetis desde los
ventanales neoyorquinos.
Del avispero global donde estamos inmersos, tampoco es
buen momento para tener parte de la familia en tierras lejanas con pesares por
los que hay que cruzar para ir y volver. Pongamos ese punto extraordinario de
riesgo en las salidas con vuelos de larga duración, los que antes sobrevolaban
las monarquías del petrodólar. A estas horas, la reunión para pactar un acuerdo
cuelga literalmente de un hilo demasiado delgado donde deberían decidirse los
puntos clave de las transacciones. Qué follón han levantado el presidente
americano, Donald Trump, y la compañía que le apoya. Han pulido una desastrosa
situación que nos va enflaqueciendo, por ahora, por la puerta trasera. Ya
veremos cómo lo resuelven o lo resolvemos todos.
Por último, los bloques más afectados se han reunido
en Islamabad. Con tardanza, pero lo están haciendo en unos espacios cargados
-dicen- de advertencias mutuas. La parte norteamericana vuelve a gritar,
"Los iraníes no parecen darse cuenta de que no tienen ninguna carta, más
allá de una extorsión a corto plazo del mundo mediante el uso de vías
navegables internacionales. ¡La única razón por la que están vivos hoy es para
negociar!", ha pontificado Donald Trump. Su vicepresidente, JD Vance,
mientras se dirigía a Pakistán, aseguró que esperaba un resultado positivo,
pero advirtió a la delegación iraní que, si intentaba engañarles,
"descubrirán que el equipo negociador estadounidense no es muy
receptivo", como de disparo fácil.
Estamos aquí, como en un dolor de espalda desgarrador,
pendientes de las salidas negociadoras de un grupo de personajes
sospechosamente demasiado sospechosos. De grito bronco y poco efectivos.
Molestos. Con maneras nunca vistas. Son los que deben decidir si nos acaban
poniendo, más aún, las manos en el sistema de vida en el que hemos vivido hasta
ahora. En la incertidumbre de que todo irá bien, habrá que ver si somos capaces
de soportar sus medidas. En mi opinión, si fueran los artífices de mi recuperación,
son médicos con bisturís demasiado afilados.
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