El día es magnífico para
correr. El preludio de la primavera es la Barcelona perfumada de ungüento
curandero y de zapatilla sudada. Ahora mismo la calle permanecen cerradas al
tráfico con el asfalto huérfano de vehículos. La avenida es una calle ancha
liberada y redimida, irreconocible. Si pegamos la oreja -como solían los indios
americanos- al paso cebra sientes el ritmo de la locomotora humana avanzando.
Tambores de guerra con piel de alquitrán percuten tobillos y rodillas.
Toneladas de carne humana suda y sufre -sufrida anatomía- para llegar después
del estremecedor esfuerzo que conllevan las maratones. En el homenaje a la
Grecia clásica desgraciadamente alguien ha dejado la piel en alguna de las
ediciones. Las máquinas que funcionan con zumo de habichuelas no están
diseñadas para correr tales barbaridades con un cronómetro marcando el ritmo y
los latidos.
Veinte mil y más personas
alistadas en la carrera de este año se ven con valor para emular a Filípides,
que murió de agotamiento después de haber recorrido 42 kilómetros desde la
ciudad de Maratón a Atenas para anunciar que los griegos habían vencido a los
persas. Eran los inconvenientes de no disponer de las tecnologías actuales. Hoy
con un lacónico WhatsApp habría sido suficiente
-Hemos ganado! Persas y Filípides kaput
!
Los de la alpargata
afilada tardan dos horas y pocos minutos en llegar a la meta. Corre -nunca tan
apropiado- la leyenda urbana que estos atletas son alienígenas procedentes de
Marte o de otros planetas donde el metro vive en huelga permanente y el
cercanías es un despropósito de incidentes y de retrasos. Acostumbrados a desplazarse
a la oficina trotando, los marcianos compiten con ventaja. Vistos de cerca son
todo nervio, piel y orejas. A estos seres los delata la aerodinámica, el perfil
carenado para cortar las turbulencias con un corazón grande y aparatoso como un
reloj de cuco.
Me pongo en la piel de
estos héroes urbanos. ¡Qué envidia! Demuestran mucha voluntad, entrenamiento y
ciertas condiciones físicas para terminar la carrera. La travesía por la ciudad
debe ser tan dolorosa y extenuante que sólo el orgullo y el qué dirán de los
que te esperan en la meta te hacen correr sin caer en la tentación de
abandonar. ¿Cuántas veces te debes halar al límite? Agua, glucosa y cítricos
para diluir los calambres y la rigidez muscular. Los kilómetros cada vez son
más pesados y largos con el cerebro conectado al piloto automático. Corres
maquinalmente con la monotonía rota por el desnivel o el cambio de ritmo que
imponen los contrincantes. La zancada es el metrónomo al reto -¡Llegaré!
Conmigo lo contempla un
campesino que calcula de cabeza la cantidad de energía desperdiciada. Cuántos
campos podríamos desbrozar, arar y sembrar con la suma de este trabajo que sólo
sirve para cultivar el narcisismo, cabila el campesino. Ya no hay persas
beligerantes ni buques de guerra en el horizonte. El comentario de este abuelo
conjura la aparición del espíritu de un filósofo rural sentado en el café con
un habano mientras destilaba críticas a los conciudadanos que desfilaban alborotando
de camino al partido de fútbol que jugaba el equipo local en domingos alternos.
Lo soltaba en castellano porque en los años sesenta esta lengua resonaba como
más autoritaria - La humanidad, tanto
grandes como chicos, por lo inútil se incansable -proclamando. No tengo
constancia de que alguien le hiciera tragar el cigarro maloliente. Era un
excéntrico o un sabio cargado de razón -a elegir-.
Un pelotón de gacelas
africanas son las primeras en huir del fuego que debe haberse declarado en la
sabana, por los pastos resecos de Montjuic. Huyen aturdidas con gran revuelo y
alboroto -¿Dónde van? -me pregunta una pareja de señoras de edad avanzada que
no se deciden a romper la procesión cada vez más multitudinaria. El cortejo
prospera espoleado por los que lo miramos desde la acera. Las gacelas,
leopardos y felinos varios se han anticipado a la gran avalancha de pezuñas en
medio de una nube de polvo que los anuncia. Ahora desfila el grueso de los que
huyen buscando la salvación, el rebaño de ñus y cebras que, a veces, se
mimetizan con el asfalto -¿Dónde podemos cruzar? -insisten las señoras que
temen por su integridad. Deduzco que ya llegan impuntuales a la misa de doce.
Jirafas, algún paquidermo en forma, avestruces y una bandada de aves de calibre
grueso también huyen disciplinados en la misma dirección. La ciudad, conspirando
contra el miedo indefinido, vive en medio del apocalipsis festivo y de la
movilidad averiada.
Un titular telegráfico
resume el evento, doble victoria africana en la maratón, el etíope Sefirá
(2:09:31) y la keniana Aiyabei (02:25:26, récord en territorio español) se
imponen en una fiesta ciudadana. 20.287 atletas inscritos, el 43% extranjeros.
No entiendo de maratones, pero homologar objetivamente las marcas debe ser
complicado. En recorridos de largo kilometraje, como es el caso, no debe existir
ningún circuito que permita comparativas justas y equivalentes. Las subidas,
los desniveles o la condición climática condicionan la carrera. Se debe de galopar
mucho para hacerlo en dos horas y nueve minutos y medio!
Ver a los atletas
evolucionar ha sido un espectáculo. He sentido envidia deportiva de la
capacidad y de la forma física, de la voluntad y del esfuerzo que se ha congregado
en las calles de Barcelona. Bravo Pau! Va, John! ¡Ya está! María, aquí!
Mantener el nivel sin decaer, como espectador, también representa mucho trabajo
y una demostración de cinismo bienintencionado cuando apenas cruzaban el punto
kilométrico ocho -Que ya llegas! Venga! Va! Va ... va!
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