lunes, 14 de marzo de 2016

Maratón.



El día es magnífico para correr. El preludio de la primavera es la Barcelona perfumada de ungüento curandero y de zapatilla sudada. Ahora mismo la calle permanecen cerradas al tráfico con el asfalto huérfano de vehículos. La avenida es una calle ancha liberada y redimida, irreconocible. Si pegamos la oreja -como solían los indios americanos- al paso cebra sientes el ritmo de la locomotora humana avanzando. Tambores de guerra con piel de alquitrán percuten tobillos y rodillas. Toneladas de carne humana suda y sufre -sufrida anatomía- para llegar después del estremecedor esfuerzo que conllevan las maratones. En el homenaje a la Grecia clásica desgraciadamente alguien ha dejado la piel en alguna de las ediciones. Las máquinas que funcionan con zumo de habichuelas no están diseñadas para correr tales barbaridades con un cronómetro marcando el ritmo y los latidos. 

Veinte mil y más personas alistadas en la carrera de este año se ven con valor para emular a Filípides, que murió de agotamiento después de haber recorrido 42 kilómetros desde la ciudad de Maratón a Atenas para anunciar que los griegos habían vencido a los persas. Eran los inconvenientes de no disponer de las tecnologías actuales. Hoy con un lacónico WhatsApp habría sido suficiente -Hemos ganado! Persas y Filípides kaput

Los de la alpargata afilada tardan dos horas y pocos minutos en llegar a la meta. Corre -nunca tan apropiado- la leyenda urbana que estos atletas son alienígenas procedentes de Marte o de otros planetas donde el metro vive en huelga permanente y el cercanías es un despropósito de incidentes y de retrasos. Acostumbrados a desplazarse a la oficina trotando, los marcianos compiten con ventaja. Vistos de cerca son todo nervio, piel y orejas. A estos seres los delata la aerodinámica, el perfil carenado para cortar las turbulencias con un corazón grande y aparatoso como un reloj de cuco. 

Me pongo en la piel de estos héroes urbanos. ¡Qué envidia! Demuestran mucha voluntad, entrenamiento y ciertas condiciones físicas para terminar la carrera. La travesía por la ciudad debe ser tan dolorosa y extenuante que sólo el orgullo y el qué dirán de los que te esperan en la meta te hacen correr sin caer en la tentación de abandonar. ¿Cuántas veces te debes halar al límite? Agua, glucosa y cítricos para diluir los calambres y la rigidez muscular. Los kilómetros cada vez son más pesados ​​y largos con el cerebro conectado al piloto automático. Corres maquinalmente con la monotonía rota por el desnivel o el cambio de ritmo que imponen los contrincantes. La zancada es el metrónomo al reto -¡Llegaré! 

Conmigo lo contempla un campesino que calcula de cabeza la cantidad de energía desperdiciada. Cuántos campos podríamos desbrozar, arar y sembrar con la suma de este trabajo que sólo sirve para cultivar el narcisismo, cabila el campesino. Ya no hay persas beligerantes ni buques de guerra en el horizonte. El comentario de este abuelo conjura la aparición del espíritu de un filósofo rural sentado en el café con un habano mientras destilaba críticas a los conciudadanos que desfilaban alborotando de camino al partido de fútbol que jugaba el equipo local en domingos alternos. Lo soltaba en castellano porque en los años sesenta esta lengua resonaba como más autoritaria - La humanidad, tanto grandes como chicos, por lo inútil se incansable -proclamando. No tengo constancia de que alguien le hiciera tragar el cigarro maloliente. Era un excéntrico o un sabio cargado de razón -a elegir-.

Un pelotón de gacelas africanas son las primeras en huir del fuego que debe haberse declarado en la sabana, por los pastos resecos de Montjuic. Huyen aturdidas con gran revuelo y alboroto -¿Dónde van? -me pregunta una pareja de señoras de edad avanzada que no se deciden a romper la procesión cada vez más multitudinaria. El cortejo prospera espoleado por los que lo miramos desde la acera. Las gacelas, leopardos y felinos varios se han anticipado a la gran avalancha de pezuñas en medio de una nube de polvo que los anuncia. Ahora desfila el grueso de los que huyen buscando la salvación, el rebaño de ñus y cebras que, a veces, se mimetizan con el asfalto -¿Dónde podemos cruzar? -insisten las señoras que temen por su integridad. Deduzco que ya llegan impuntuales a la misa de doce. Jirafas, algún paquidermo en forma, avestruces y una bandada de aves de calibre grueso también huyen disciplinados en la misma dirección. La ciudad, conspirando contra el miedo indefinido, vive en medio del apocalipsis festivo y de la movilidad averiada. 

Un titular telegráfico resume el evento, doble victoria africana en la maratón, el etíope Sefirá (2:09:31) y la keniana Aiyabei (02:25:26, récord en territorio español) se imponen en una fiesta ciudadana. 20.287 atletas inscritos, el 43% extranjeros. No entiendo de maratones, pero homologar objetivamente las marcas debe ser complicado. En recorridos de largo kilometraje, como es el caso, no debe existir ningún circuito que permita comparativas justas y equivalentes. Las subidas, los desniveles o la condición climática condicionan la carrera. Se debe de galopar mucho para hacerlo en dos horas y nueve minutos y medio! 

Ver a los atletas evolucionar ha sido un espectáculo. He sentido envidia deportiva de la capacidad y de la forma física, de la voluntad y del esfuerzo que se ha congregado en las calles de Barcelona. Bravo Pau! Va, John! ¡Ya está! María, aquí! Mantener el nivel sin decaer, como espectador, también representa mucho trabajo y una demostración de cinismo bienintencionado cuando apenas cruzaban el punto kilométrico ocho -Que ya llegas! Venga! Va! Va ... va!

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