miércoles, 31 de diciembre de 2025

2025, manual básico de resignación.

 

El 2025 no entrará en el repertorio de los calendarios a codazos. No ha quebrado nada abruptamente ni ha impuesto un nuevo relato. Se ha limitado a ocupar espacio, como suelen los trastos acumulados, sin pedir permiso, con una persistencia agotadora. No será un año loado por sus hazañas ni por derribos memorables, sino por una suma de decepciones en apariencia menores que, reunidas, acaban creando un hato. No ha sido trágico ni glorioso. Pero sí incómodo. Si el 2024 aún jugaba a sorprender, el 2025 ha apostado directamente por el agotamiento. Algo, francamente, turbador.

La política del 2025 ha confirmado cómo la indignación ya no moviliza, distrae. Gobiernos, oposiciones y creadores de opinión han perfeccionado el arte de decir cosas sin aludir específicamente a ninguna. Se ha hablado mucho de responsabilidad, de consenso y de futuro, tres palabras que, combinadas, suelen indicar que no acontece gran cosa a corto plazo que no sea almacenar amenazas con mucha chatarra armamentista. Los asuntos no han empeorado lo suficiente para provocar alarma, pero sí para desgastar. Se ha asumido con una rapidez que preocupa. No ha habido pánico, sólo gestos pesimistas con un empeño casi rutinario. La política ha terminado por demostrar que la exasperación ya no incendia nada; a lo sumo, ilumina breves espacios de tiempo con astracanadas imperiales cautivadoras. Las palabras circulan con fluidez, pero ingrávidas. Responsabilidad, consenso, futuro integran un léxico tranquilizador, pronunciado en voz baja cuando hablar claro se ha convertido en el patrimonio grosero del insulto. También se ha aprendido a decir sin decir, a prometer sin implicarse para llenar un espacio sin alterarlo.

Catalunya ha continuado instalada en este lugar extraño en el que todo es importante, pero nada parece urgente, con mesas de diálogo de gran gesticulación conceptual. Exiguas herramientas políticas. En España, el relato fue el de la estabilidad frágil presentada como una hazaña heroica. Pactar es un acto de valentía casi revolucionario y cumplir acuerdos, como una opción sujeta a la disponibilidad emocional del momento. En el mundo, la geopolítica ha seguido funcionando como una sesión mal moderada en la que todo el mundo habla, nadie escucha y, de vez en cuando, se envía un mensaje vehemente. Los conflictos se alargan, las soluciones se aplazan y la comunidad internacional emite comunicados con la misma eficacia que un paraguas agujereado.

La economía de 2025 ha sido un ejercicio colectivo de malabarismo arancelario. Inflación que sube cuando no toca, precios que no bajan nunca cuando toca, y sueldos que simulan que se estiran mientras permanecen iguales. El mensaje oficial ha sido tranquilizador: "vamos mejor". El mensaje real: "vamos resistiendo". Hablar de vivienda ha sido como hablar del tiempo, todo el mundo se queja, nadie puede hacer gran cosa y siempre acaba lloviendo donde más duele. Comprar es una fantasía, alquilar es una carrera de obstáculos cuando emanciparse se ha convertido en una temeridad. Las empresas han descubierto que la palabra "resiliencia" sirve tanto para justificar despidos como para vender optimismo corporativo. Mientras, los trabajadores han comprobado cómo la flexibilidad siempre es obligatoria.

2025 ha sido el año en que la tecnología ha acabado de convencernos de que puede hacerlo todo, salvo traernos la paz. La inteligencia artificial redacta textos, hace diagnósticos, recomienda contenidos y toma decisiones con una seguridad que ya querríamos muchos humanos. El problema no es que se equivoque, es que a menudo no sabemos quién ha decidido dejarla decidir. La privacidad ha continuado siendo ese valor abstracto que defendemos con ímpetu hasta que aceptamos todas las galletas para leer un artículo mediocre como éste. Las redes sociales, lejos de morir, han mutado en versiones aún más adictivas, demostrando que el negocio no es conectar a personas, sino retener la atención a cualquier precio.

La cultura en 2025 no ha salvado al mundo, pero ha ayudado a no tirarlo a la papelera. Series, libros, teatro y conciertos han ejercido de almohada emocional colectiva. Hemos consumido ficción apocalíptica para relajarnos, como quien mira películas de desastres para recordar que siempre podría ir a peor. En Catalunya, la cultura ha continuado haciendo equilibrios entre la precariedad y la persistencia. Festivales llenos, creadores extenuados e instituciones que llegan tarde, pero con discursos muy trabados. La lengua y la identidad han estado presentes como un motor creativo.

Uno de los triunfos silenciosos de 2025 ha sido convertirlo casi todo en ordinario, usual. La crisis climática, los conflictos lejanos pero constantes, el cansancio compartido. Todo forma parte del paisaje panorámico. Vivimos informados, pero emocionalmente a cierta distancia. Nos activamos brevemente, opinamos con intensidad corta y después continuamos. No por indiferencia, sino por supervivencia y -también- por salud mental.

El 2025 no se termina, se amontona y se arrastra. No deja demasiados aprendizajes, sino hábitos. Nos hemos acostumbrado a todo -a los precios absurdos, a los discursos vacíos, a las crisis eternas- con una rapidez que debería preocupar más que tranquilizar. Hemos ligado adaptación con resignación, sarcasmo con inteligencia y cansancio con plenitud. Reírnos del desastre ayuda a digerirlo, pero no lo derrite. Sólo lo hace llevadero.

El 2026 llegará ofreciendo cambios, como siempre. El problema es si todavía recordaremos lo que queríamos que cambiara. Porque quizás lo peor que nos ha dejado el 2025 no es un mundo que funciona mal, sino una sociedad que ya lo encuentra normal.

¡Buen 2026!

 

martes, 23 de diciembre de 2025

Inmigración en Catalunya.

 

Un día de principios de los años sesenta mi padre me dijo que quizás vendría a vivir a casa una familia andaluza que buscaba trabajo y alojamiento. Un evento que no se concretó porque las circunstancias les fueron favorables. En un rincón de la memoria infantil borrosa guardo el agradecimiento de aquella gente. Media eternidad después recuerdo cómo la Inspección de Educación me anunció que había sido propuesto para dirigir un centro de alta complejidad en Badalona, ​​el B9. La incertidumbre y mi asombro sólo duró tres días, un profesor del claustro asumió la responsabilidad. Ahora, el instituto B9 -cerrado- es portada en los medios por la contundencia con que se ha desalojado, porque hace frío, porque bajo los puentes también llueve a cántaros y porque es Navidad. Dickens y el señor Scrooge cobran vigencia más allá de las representaciones edulcoradas en formato cuento de Navidad.  

Me duele Badalona -que bonita es Badalona, ​​se cantaba- ciudad donde trabajé durante siete cursos desde el postolímpico 1992. Entre el fulgor y los árboles de Navidad de récord, sufre un episodio de desalojo que, como mínimo, se da de bofetadas. Badalona no es ajena al fenómeno migratorio. De aquél con el que se compartía nacionalidad y creencia, a pesar del estigma social impuesto por la diferencia de clase y de origen geográfico peninsular, que definía el -hoy- descatalogado charnego, hemos llegado al moro o al negro. Sólo un par de cromos en el gran catálogo del álbum étnico en el metro en horas punta, por ejemplo. De la huida de la miseria -que ahora también lo es- a escapar de los conflictos y las desigualdades globales Norte-Sur buscando oportunidades y proyectos para rehacer vidas.

  Los protagonistas son siempre los débiles, los pobres. Los de esa época provenían mayoritariamente de Andalucía, Extremadura, Murcia y Castilla-La Mancha. En mi pueblo en el Ripollès cercano a Francia los llamábamos los de las Castillas, un plural que englobaba la totalidad de orígenes quizás porque todos hablaban castellano. La oleada actual es heterogénea. De Marruecos, de América Latina, de la Europa del Este, del África subsahariana, o de Asia. Esta diversidad aporta una pluralidad de lenguas, religiones y de costumbres en una confluencia extraordinariamente compleja. La llegada masiva de los años cincuenta pilló las ciudades catalanas desprevenidas. Barraquismo inicial y, más tarde, la construcción de grandes polígonos de bloques de pisos en zonas periféricas. Eran barrios dormitorio con graves carencias de servicios básicos y de urbanismo, donde la lucha vecinal fue clave para conseguir escuelas, ambulatorios, asfalto o alcantarillados.

La inmigración ya no construye frágiles chabolas, pero se enfrenta a la precariedad heredada de los centros históricos degradados o los propios barrios periféricos construidos en los años sesenta. Pisos patera sobreocupados con elevados precios del alquiler. Aunque los barrios cuentan con servicios, el riesgo de segregación escolar y residencial es una realidad. De los hombres viniendo a buscar trabajo a la fábrica o en la construcción para traer a la mujer y a los hijos una vez instalados a la inmigración actual donde la feminización es un rasgo distintivo. Muchas mujeres inician el proyecto migratorio, especialmente las de origen latinoamericano, viniendo solas para trabajar en el sector de los cuidados y el servicio doméstico.

Los inmigrantes de los años cincuenta entraron en una economía industrial en expansión pese a sus duras condiciones. Había una expectativa real de movilidad social ascendente: el padre era peón, pero el hijo podía llegar a la universidad. Hoy, el mercado laboral es mucho más inestable. Los inmigrantes suelen ocupar el sector servicios, hostelería y otros trabajos sin prestigio social ni demanda. El ascenso social es mucho más lento y difícil a causa de las crisis económicas cíclicas y la burocracia legal, la losa que a menudo condena a muchas personas a la economía sumergida durante años. El ascensor social se ha oxidado si todavía funciona.

Durante el franquismo, el catalán era una lengua perseguida que con la llegada de castellanohablantes fue utilizada por el régimen para intentar diluir la identidad nacional catalana. Sin embargo, muchos hijos de aquellos inmigrantes se catalanizaron a través de la escuela y el ascenso social, haciendo suya la consigna: "Es catalán todo aquel que vive y trabaja en Cataluña”. Actualmente, el contexto es distinto. El catalán es lengua oficial y vehicular en la escuela, pero compite en un mundo globalizado con el castellano y el inglés. Para los nuevos migrantes aprender catalán es una herramienta de integración, pero no siempre es su prioridad. La diversidad lingüística actual es un rompecabezas que incide de lleno en la cohesión social.

Catalunya ha pasado de ser una sociedad que integraba a otros españoles a ser una sociedad que debe incorporar el mundo entero. La inmigración de los 50 y 60 sentó las bases de la Catalunya moderna y demostró que la identidad catalana es maleable e inclusiva. La inmigración actual nos plantea un reto de mayor escala, pasar de la coexistencia a la convivencia real. El éxito de la Catalunya del futuro dependerá, como ocurrió en el pasado, de la capacidad de garantizar la igualdad de oportunidades para todos, independientemente de su lugar de nacimiento. Redefiniendo el mensaje, porque las migajas que caen de la mesa del feroz personalismo ultraconservador y populista son recogidas con una xenofobia rampante, como una mancha de aceite, también en esta orilla del Atlántico y del Ebro arriba. Persona también debe ser quien malvive y busca una oportunidad en el mundo.

Los profundos cambios económicos, políticos y culturales provocados por este fenómeno en las sociedades receptoras nos conducen a la gran cuestión. ¿Existirán voluntades y soluciones inteligentes, innovadoras y eficaces para afrontarla?

 

sábado, 13 de diciembre de 2025

Pesebre viviente.

 

De acuerdo con el boletín oficial de las liturgias, el tiempo de adviento comienza el cuarto domingo antes de la fiesta de Navidad. El encendido de luces, entre las rivalidades por quién eleva el árbol más alto, más grueso y más iluminado, ensancha el período en una competencia casi desleal para exhibirlo en cada edición más cargada de connotaciones fálicas que beatíficas. ¿Quién lo tendrá más largo? Si descartamos el plantado permanentemente por la escuela gaudiniana en la Sagrada Familia -culminada casi la torre de Jesucristo con la cruz-, la palma se la lleva el empinado alcalde de Badalona.

Inmersos en el consumismo de este tiempo de burbujas y guiños, la laicidad gana terreno pese a la implacable oscuridad impuesta por el solsticio de invierno. El nombre sí hace la cosa en la intención trascendente de los creyentes irradiados por la buena nueva: el hijo de Dios ha nacido. Un paseo por las ferias de Navidad en las grandes ciudades ilustra y permite llenar los rincones del hogar con guirnaldas y elementos decorativos donde el resplandor, los colores y todo tipo de accesorios compiten para calentar la frialdad ambiental de los días. Elementos de temporada que salen y reviven año tras año. El tió, Papá Noel, los abetos y uno que tiene -o tenía- especial protagonismo, el pesebre. Éste representa el microcosmos en miniatura del momento en que nace el Salvador. Un mapa, una representación estática a escala de los personajes bíblicos que le van a adorar. Son todavía muchos los lugares donde se representa y recrea la escena con belenes vivientes.

Este año, en Barcelona, ​​no existe el tradicional pesebre que el Ayuntamiento armaba en la plaza de Sant Jaume. Los críticos y los devotos de la iniciativa han perdido los argumentos, no hay una referencia física convocando el espíritu navideño desde las tendencias y estéticas diversas que lucían las ediciones anteriores, cuando se instalaba. Muerto el perro, muerta la rabia, pues. Perduran los pesebres de siempre desempolvados Navidad tras Navidad en lugares e iglesias donde la tradición no es susceptible de ser interpretada. Belenes como es debido, sin irreverencias, murmura una bienaventurada abuela admirando los mofletes tiernos del Niño Jesús. Si pudiera acercarse, se lo comería a besos.

Estas Navidades, el consistorio barcelonés ha puesto el foco, según fuentes bien informadas, a lo ancho de toda la ciudad. Toda Barcelona es un belén, del Llobregat al Besòs y desde Montjuïc -de la Font del Gat- al Moll de la Fusta. Toda la cuadrícula de Cerdà con las irregularidades excepcionales, a la vez, territorio propicio para un pesebre -no me atrevo a llamarlo viviente- con el epicentro incuestionable en la fachada del Nacimiento de Gaudí. Mientras algunos quieren llegar al cielo trepando rama a rama, Barcelona ha sido distinguida como Capital Europea de la Navidad 2026. Un reconocimiento internacional esquivando el vértigo de las alturas que este año el Ayuntamiento empieza a ensayar.

Barcelona, capital del belén europeo, mapa nocturno de calles resplandecientes siguiendo la proporción de un urbanismo racional con puntos significados para atraer a miles y miles de pastorcillos con zurrón de ruedas desafinando villancicos por las aceras. La Navidad también nos avanza vertiginosamente -cuidado, pajes por la derecha en patinete- mientras viajan los tres Reyes Magos guiando un tropel veloz de misiles como estrellas. Se acercan majestuosamente el rubio de epidermis enfermiza -azafranada-, el blanco que se parecería a Putin con barba blanca postiza y uno negro pintado de manera torpe siguiendo nuestra costumbre, que podría ser tanto el dirigente chino como el presidente israelí. En el decorado festivo, la Torre Agbar, o como se llame ahora -la conocida como el supositorio- es un faro para los aviones -camellos presidenciales- rumbo a la Ricarda, donde los patos astutos han migrado huyendo de las cazuelas con nabos de la cocina festiva. A Trump le da la impresión desde las alturas que el mojón deslumbrante de la torre es la deposición literal del tió donde se proyecta un flequillo enredado y unas patillas de vocalista patético; podría ser Milei con los pantalones bajados en actitud poco digna.

Según las citadas fuentes municipales, desde la gerencia del Área de Movilidad, Infraestructuras y Servicios Urbanos del Ayuntamiento de Barcelona se trabaja y se está al caso respecto de aupar Barcelona al nivel de Vigo o de Badalona. Más allá todavía, deben poder arrugarlas. Los responsables de la movilidad le dan vueltas. Analizan el impacto de los rótulos de la calle Aragó, por ejemplo, del "Vens per Nadal?", "Busca el caganer!", "Més escudella!", "I demà, canelons", "Quants serem?", "Qui porta el cava?", al que cierra la serie "A dormir d'hora", un guiño rompedor en la cronología narrativa de les sucesivas fiestas desde el día de Navidad a la festividad de Reyes. Los índices de topetazos leves a causa de las distracciones, cuando se encienden los rótulos luminosos de esta calle, han subido notablemente. Ya hay quien, de cara al 2026, ha propuesto retirarlos matando dos pájaros -no dos patos de la Ricarda- de un tiro. Se trataría de rechazar la tentación provinciana por los mensajes -en catalán- y ahorrar sustos y actos de conciliación por los testarazos leves en carrocerías sensibles.

Detectados a vista de pájaro los colapsos circulatorios por las huelgas recientes, los responsables están rumiando la posibilidad de exigir medidas adicionales para autorizar estos disturbios gremiales en la calle coincidiendo con la nominación de Capital Europea de la Navidad 2026. Los taxistas deberán manifestarse disfrazados de elfos traviesos con los vehículos tuneados de trineo con renos mientras los médicos enojados de bata blanca deberán mimetizarse con el paisaje urbano navideño como si fueran muñecos de nieve con gafas y una zanahoria por nariz.

¡Buen adviento!

domingo, 30 de noviembre de 2025

Del cerdo, hasta los andares.

 

El antiguo oficio de payés, algunos han evolucionado a productores, podría considerarse una profesión de alto riesgo. Por ahora sufren varias acometidas inquietantes. Tres focos: uno afecta al sector vacuno con la dermatosis nodular, miles de vacas sacrificadas y más de ciento cincuenta mil inmovilizadas. El segundo impacta en las especies de pluma, la gripe aviar comporta que todas las aves de corral criadas al aire libre deban estar confinadas como medida de protección frente al aumento de brotes de esta gripe debido a los movimientos migratorios de pájaros diversos. El tercer foco es el brote de peste porcina africana recién detectada en dos jabalíes en Collserola.

Los casos de jabalíes contaminados, los dos primeros la semana pasada, han obligado al Ministerio de Agricultura a suspender las licencias de exportación de productos derivados de la carne de cerdo con destino a países extracomunitarios. Vistas y valoradas la incidencia de estas pestes es para ponerse las manos en la cabeza. Nada más estallar, la carne de cerdo ya ha sufrido un bajón en el precio según la lonja leridana que marca su referencia. La producción de una granja no se detiene de hoy para mañana. No hay un pulsador de alarma para detenerla repentinamente. La sobreproducción y el bajo precio previsibles tocarán de lleno, castigando fuerte, al sector. Hago a los criadores de cerdos, también a los de la casa Tarradellas, afilando la agudeza y la creatividad en los spots publicitarios. Un cerdito titiritando con bufanda navideña y mochila buscando un hogar de acogida. Felizmente juguetón, sonriente, llamará primero a la puerta, en una segunda escena se ve cómo le comprobamos la fiebre en la frente. El lechón con cara de pena nos suplicará establecerse en nuestra vida como un animal de compañía. -¡Adoptadme! -ya no se tratará de servirlo en la mesa infiltrado en una pizza o embuchado en una salchichón.

Según los últimos datos, el sector representa un negocio de unos ocho mil millones de euros en el conjunto del Estado. Catalunya tiene una cabaña porcina de casi ocho millones de cabezas de ganado. Concretamente, las ventas de cerdo y derivados fuera del Estado tienen un volumen de tres mil millones de euros anuales, de los que mil millones proceden de fuera de la UE. Con tantos o más cerdos que habitantes no es, pues, sólo una fábula económica con tres cerditos.

El acceso a la zona está prohibido para evitar que el virus se extienda a otras partes de Catalunya. Representa un perímetro con un radio de seis kilómetros en el Parque Natural de Collserola y afecta, de momento, a una docena de municipios. La Generalitat ha analizado una cuarentena de jabalíes más hallados en la zona, de los que unos ocho pueden sufrir la enfermedad. Por ahora, no se ha detectado otro caso. Las treinta y pico granjas analizadas han dado negativo en todas las pruebas, informan las administraciones preocupadas en negociar con los terceros países importadores de cerdo español que acepten la regionalización de la epidemia, como ha hecho China. Es decir, que no se puedan exportar a países fuera de la Unión Europea los productos porcinos de la provincia de Barcelona, ​​que el veto no afecte a los del resto de Catalunya y del Estado. Es el reconocimiento de una nueva competencia, la gestión de la desgracia.

Los últimos casos detectados en el Estado fueron en 1994, aunque la peste lleva años presente en otros países de la UE. ¿Cómo ha llegado el virus? Un misterio. Los responsables aventuran la posibilidad de alguna muestra de comida con carne de cerdo contaminada que habría entrado en contacto con los jabalíes de Collserola. Insinúan el mendrugo de un bocadillo con chorizo ​​asesino tirado por la zona. ¡Vete a saber!

El jabalí ha evolucionado a subespecie urbanita. Un problema, de hecho, ya podría considerarse plaga antes de la peste africana. ¿Qué no podía suceder cuando estos bucólicos aventureros de acera y predadores de los cubos de basura se han empadronado en las ciudades? El ejercido de los jabalíes, como los pintorescos corzos y otras especies ajenas a un control veterinario exhaustivo son los reyes de la carretera, los diseñadores de los agujeros en los campos de golf de los cultivos y de las dehesas donde pastan -preguntad a algún campesino todavía en activo-. Los afectados confirman que no sacan ningún beneficio que no sea un positivo del abanico de pestes vigentes.

Un dato relevante, para que un estado pueda ser declarado libre de peste porcina africana debe pasar un año sin que se declare ningún nuevo caso. La mentalidad postpandemia nos ha sensibilizado. Recuperar la confianza de los mercados y la normalidad en la producción, distribución y comercialización serán un reto formidable.

 

viernes, 21 de noviembre de 2025

El negocio de las azoteas en Sarajevo.

 

Cuando se habla del asedio de Sarajevo -1.425 días bajo el fuego de los morteros, los cortes de suministro y el miedo espeso en las calles - se repiten escenas que ya forman parte del imaginario colectivo con gente corriendo entre los edificios, ancianos atravesando avenidas con bolsas llenas de miseria, niños que aprendían a calcular la trayectoria de una bala antes que a multiplicar. Pero hay un capítulo -tabú-, el de los francotiradores que pagaban por disparar. Personajes -excepcionalmente algunos extranjeros- que, por un precio acordado, podían subir a una azotea y “probar” un rifle de precisión contra la población civil sitiada.

La historia es inquietante, pero existió. La corroboran testigos que no quieren aparecer con nombre y apellidos, informes orales recogidos por los primeros periodistas que entraron en la ciudad y, sobre todo, la lógica económica perversa que aparece en cualquier guerra, todo lo que se puede comprar, se vende. Y en un asedio en el que faltaba comida, medicinas, gasolina y esperanza, la violencia también cotizó en la bolsa de los horrores más execrables. Según testigos recogidos en notas de prensa de la época y en conversaciones informales con corresponsales de guerra, el procedimiento era siempre similar. No había anuncios. Solo palabras insinuadas entre combatientes irregulares, mercenarios u hombres con conexiones con las milicias. Un extranjero –a menudo venido de Serbia, Croacia o, más raramente, de algún país europeo– preguntaba si era posible “ver la línea de fuego”. El intermediario, que solía ser alguien con acceso a las azoteas o zonas altas de los suburbios ocupados, lo facilitaba.

El precio variaba según la intensidad del conflicto, la disponibilidad de armas o el grado de atrocidad que se buscaba. Algunas fuentes hablan del equivalente a unos 50 o 100 euros actuales para poder realizar varios disparos. En emociones más intensas, las cantidades eran mucho mayores si se garantizaba un rifle de buena calidad o una posición con “visibilidad”. El dinero, como suele ocurrir, se movía sin dejar rastro. El "cliente" subía hasta un edificio destruido donde un combatiente le enseñaba a utilizar el fusil, le mostraba una ventana sin cristales y señalaba la calle. Los testigos coinciden, el consumidor casi nunca sabía contra lo que disparaba. Podía ser un contenedor, un coche abandonado o una figura lejana que se movía. En algunos casos, podía ser una persona. Era un mercado mayorista de adrenalina.

Algunos de estos "clientes" eran mercenarios que querían probar armamento real. Otros, aficionados a las armas provenientes de países en los que la guerra era un espectáculo televisivo. Hombres que habían visto demasiadas películas y que no distinguían entre una pantalla y la realidad. También había, según testigos de la ONU, miembros de unidades paramilitares que ofrecían esta “experiencia” como forma de recaudar dinero, de hacer negocio con la curiosidad morbosa de algunos turistas bélicos. En todos los casos, existía un elemento común, la deshumanización de la ciudad. Sarajevo no era vista como un sitio lleno de familias, sino como un tablero de juego con la muerte para satisfacer fantasías violentas. Y eso, a ojos de quienes intentaban sobrevivir, era una doble condena, sufrir el asedio y, además, la indiferencia de quienes les apuntaban -con mira telescópica- como una atracción en la feria de la repugnancia.

La vida en las calles mantenía una rutina imposible. Los habitantes de Sarajevo habían convertido los movimientos más simples, ir a buscar agua o conseguir pan, en operaciones calculadas. Había un mapa implícito de la ciudad que sólo entendían los que la caminaban. Una calle era segura hasta las 11:00 -la hora que abría la atracción-, una esquina se convertía en peligrosa si el sol estaba alto o, así mismo, la avenida que debía atravesarse en zigzag, sin dudar. Por eso, muchos ciudadanos aprendieron a andar pegados a las paredes, como si fueran sombras. Las fachadas mostraban cientos de marcas, cada una testigo de un disparo que quizá no había encontrado a una víctima. O quizás sí. Los habitantes recuerdan que, algunos días, las balas surcaban erráticas como si el francotirador fuera un torpe. Ese día disparaban mal.

Algunos soldados de las fuerzas de paz de la ONU también habían percibido esta actividad, pero no se quiso intervenir de forma directa ni decidida alegando que la ciudad era demasiado grande, el asedio demasiado denso y la cadena de responsabilidades demasiado confusa. La negligencia internacional, combinada con el caos interno, había creado un ecosistema -un infierno- en el que incluso la crueldad más abyecta tenía precio.

Hoy, más de treinta años después, la mayoría de quienes vivieron el asedio prefieren hablar de resistencia, solidaridad y supervivencia. Mencionar a los francotiradores de pago es remover el lodo moral que todavía salpica esas calles. Pero negar su existencia será falsear la historia. Sarajevo no sólo fue víctima de un asedio militar, sino también de una industria oscura que algunos hicieron muy rentable.

Sarajevo sobrevivió a todo esto. Sí, pero el hecho de que, en algún momento, hubiera alguien dispuesto a pagar por apretar el gatillo, dice mucho sobre la condición humana. Al horror del conflicto cabe añadir la perversidad sin objetivos bélicos. Sólo una experiencia que, espero, nunca expliquen ni se vanaglorien de ella. Que el eco de aquellos disparos no les deje dormir ni existir en paz consigo mismos. Una condena mínima y razonable.

 

martes, 11 de noviembre de 2025

Un mundo de alarmas meteorológicas.

 

Hay un momento fascinante en los telediarios -un ritual colectivo-, cuando el hombre del tiempo aparece con ademán grave y voz solemne anunciando que “se activa la alerta naranja”. Y entonces, el país se detiene. O mejor dicho, el país entra en un leve pánico sostenido. No es el fin del mundo, pero tampoco hace falta ir a trabajar si puedes quedarte en casa contemplando el radar como quien mira una serie de Netflix. Vivimos tiempos de alertas. No sólo meteorológicas -de hecho, las demás nos afectan menos-. Pero las del tiempo tienen un aura especial, combinan espectáculo, tecnología y supervivencia. El cielo es el centro de interés en las redes, una sucesión de imágenes que nos hacen sentir parte de una epopeya climática. "Alerta amarilla en toda Cataluña por fuertes lluvias". Y tú, que sólo has visto cuatro gotas, sospechas que quizá el amarillo se ha devaluado.

Este mundo, donde los abuelos vivimos de rituales exactos, compartimos el nivel televisivo álgido cuando hacemos la digestión del plato de sopas sin sal antes de acostarnos. Estamos pendientes de lo que dirá el hombre del tiempo y de la ración de píldoras que debemos engullir -en este orden-. Nos levantamos al día siguiente por la mañana con los calcetines de lana y la bufanda puestos porque el meteorólogo ha anunciado, en el telediario de ayer, que hará un frío como para templar violines.

El sistema de colores ha creado una suerte de significación emocional colectiva. El amarillo nos inquieta, el naranja nos alarma, y ​​el rojo nos convierte en protagonistas de un episodio del día después de mañana. En el fondo, nos gusta que nos avisen. Nos encanta ser el objeto de una alerta -los protagonistas-. Es como recibir un mensaje diciéndonos que la naturaleza piensa en -o contra- nosotros. Y esto tiene un componente psicológico cautivador en una época en la que todo parece imprevisible -la política, la economía, el precio del café-, ya que el tiempo parecería el único caos que podemos administrar con un mapa de colores. Cada tormenta es un espectáculo con fotos apocalípticas, vídeos de ríos furiosos, persianas rotas. Hemos convertido el cielo en una serie coral en la que somos actores secundarios -poetas del cierzo- como testigos de un temporal.

Los meteorólogos antes predecían el tiempo con prudencia razonable anunciando que podía llover. Ahora todo parece más épico cuando notifican que se avecina una borrasca con potencial destructivo. Después comprobamos cómo ha llovido sólo un ratito, ¡pero qué minuto más intenso! El lenguaje de la meteorología ha entrado en una nueva dimensión. Si antes queríamos que el sol saliera, ahora queremos que ocurra algo. La tranquilidad es aburrida, poco participativa -solo conversación de ascensor-. Un cielo azul no genera estruendo. Sin embargo, una “dana explosiva” puede convertir cualquier día laborable en un hito de calendario.

Se trata de un fenómeno global. En Estados Unidos, la prensa compite por quien redacta el adjetivo más apocalíptico. En Francia, las alertas de Météo France se han convertido en paisaje cultural, como el queso o las huelgas. Y en Italia, donde el drama es patrimonio nacional, cualquier tormenta lleva un nombre que parece sacado de una ópera: Borrasca AttilaTormenta BeatriceCiclone Medea. Nosotros todavía no hemos llegado a tanto. De momento, ya tenemos la “Dana”, que suena más a influencer que a fenómeno meteorológico. Una DANA -Depresión Aislada en Niveles Altos-, cada otoño asoma los cuernos por el horizonte mientras el personal agota el papel de váter y las legumbres en conserva de los estantes del supermercado como si tuviéramos que pasar el invierno en un refugio del Himalaya.

El tiempo no es neutral. Ni la lluvia. Es un campo de batalla ideológico. Cuando llueve demasiado, es culpa del cambio climático -según unos-. Cuando no llueve, es culpa del gobierno -según otros-. Y cuando llueve poco es culpa de la sequía y del ministro de turno. En Cataluña, ya es un tema de Estado. El agua ha pasado de ser un recurso natural a ser materia política. Cada pantano, cada trasvase, cada gota tiene partidarios y detractores. Y así, mientras esperamos que llueva, discutimos de quién es competencia. Además, existe la cuestión de las restricciones en las duchas cronometradas, de los jardines secos o de las piscinas sin agua, monumentos al surrealismo. Nos han enseñado a vivir con la conciencia ecológica inflamada: "Atención, el agua no cae del cielo". Y esto es cierto, pero también es extenuante.

Las inquietudes meteorológicas se han infiltrado. Ya no estamos nerviosos, vivimos en alerta emocional. El cerebro moderno funciona como Protección Civil, analiza las nubes en el WhatsApp, calcula la probabilidad de tormenta sentimental y activa el protocolo adecuado. Vivimos, pues, en estado de agitación constante, y el tiempo es el reflejo más literal de esa sensación. El cielo se ha convertido en una metáfora perfecta de nuestro estado de ánimo colectivo: inestable, cambiante, saturado de información y nubes digitales. Quizá por eso nos atraen tanto los radares de la lluvia. Es como mirar al futuro en una predicción imperfecta con un punto de bola de cristal llena de esperanza.

El sonido de las sirenas es hipnótico, una mezcla de seguridad y de inquietud. Nos recuerda que vivimos en un mundo que necesita avisarnos de todo porque algo sucede. El problema es que, a base de ensayos, llega un momento en que ya no sabemos distinguir la prueba de la realidad. El cuento de Pedro y el lobo. Ruido informativo devaluándose por si estamos viviendo un episodio histórico o una simulación más.

La economía del pánico leve es muy rentable, mueve dinero en seguros, kits de emergencia, generadores... Las grandes marcas lo saben, un buen temporal es una oportunidad. Cuando nieva -nevaba- en la ciudad, las empresas de cadenas para coches se frotan las manos. Cuando llueve, los bazares chinos hacen su agosto vendiendo paraguas. Y cuando hay sequía, los supermercados acarrean más garrafas de agua. El clima se ha convertido en una industria narrativa, en un relato para vender seguridad. Porque si el mundo es imprevisible, por lo menos podemos comprar una sensación de control. Las aplicaciones meteorológicas, con sus gráficos minimalistas y porcentajes de probabilidad, se han convertido en unos oráculos modernos -con patrocinio-.

Cada generación tiene su recuerdo meteorológico a menudo con muescas en las paredes hasta dónde llegó la riada. Hay un detalle importante, hoy, cada episodio deja rastro digital. Las lluvias ya no pasan, se documentan. La memoria colectiva vive -literalmente- en la nube. Las alarmas son el espejo perfecto de los tiempos que corren. Reflejan nuestra necesidad de control, nuestra fascinación por el riesgo y nuestra dependencia a la alerta. Pero también son un guiño sarcástico recordándonos lo hipnótico que puede ser el miedo representado en gráficos y colorines. El espejo que nos muestra el progreso en la ciencia que anticipa fenómenos, la tecnología que nos protege, la sociedad que se organiza. Sin embargo, también nos alerta de la saturación, del ruido y del pánico generado. Hay una línea muy fina entre estar preparados y estar obsesionados. Y nosotros hace tiempo que la pisamos calzados con botas de agua.

Quizás el problema radica en la meteorología existencial. Vivimos pendientes de cuándo llegará la próxima tormenta, la política, la económica, la judicial o la tecnológica. Y cada nuevo aviso -sea una borrasca o una crisis- refuerza la sensación de que el mundo está en estado de alerta perpetuo. Las alarmas del tiempo son sólo el símbolo visible de una tormenta mucho más profunda en un mundo que ha aprendido antes a reaccionar que a entender. Quizás por eso los días sin alerta nos parecen insípidos. La calma debe de ser sospechosa.

¿Y si un día el cielo enmudece? Imaginemos que el cielo se estabiliza, que no hay avisos ni alertas, ni gotas frías ni olas de calor. ¿Qué haríamos sin esa adrenalina? Quizás nos obligaría a mirar a otras tormentas: las humanas, las de dentro, las que no salen en el radar. Mientras, el cielo seguirá haciendo la suya con un ojo puesto en la nube y el otro en la notificación. Somos vulnerables. ¿Seremos capaces de enderezarlo? Debe haber un lugar tranquilo de alerta verde -si existiera- donde simplemente llueve. Sin titulares. Sólo agua que cae, y un mundo que respira si no hubiéramos perdido la llave del cielo, esa que los lugareños de antes reivindicaban. Pero me temo mucho que esta llave la hemos deteriorado.

 

viernes, 31 de octubre de 2025

Día de los Difuntos conviviendo con la memoria.

 

Hay días que no parecen días, sino silencios con fecha. El Día de los Difuntos es uno de ellos. Más que celebrarlo, lo respetamos. Lo atravesamos en una jornada concebida con calma forzada y pensamientos. Una pausa por el reposo de los difuntos. Incluso la luz parece más suave, como si la claridad tuviera consideración por los ausentes decorando el cielo con túnicas de fantasma deshilachadas. El Día de los Difuntos deja de ser un diálogo con la muerte para convertirse en un monólogo sobre la vida... nuestra vida. Ir al cementerio es asistir a una ceremonia sin discurso. Traemos flores, recordamos nombres, simulamos que todo sigue igual. Pero en el fondo sabemos que no es verdad. Las flores se secan, los nombres se borran, y nosotros no somos los mismos.

El cementerio es una metrópoli paralela, silenciosa, ordenada, meticulosa en su reposo. Hay callejuelas, monumentos, placas relucientes y esquinas con cipreses como plazas. Si te paseas con calma, descubres una extraña forma de convivencia. De hecho, es el único lugar donde todo el mundo acaba hallando la paz -o al menos nadie protesta- ya que los egos se borran y las discusiones sobran. Todo lo que había sido urgente, decisivo, pierde importancia. Será esto lo que nos incomoda, ver nuestra vida abocada a una fecha de entrada determinada cuando las circunstancias nos empadronen.

Hay quien visita a los suyos con devoción litúrgica, como si las flores fueran plegarias. Otros acuden para no sentirse culpables. Hay quien prefiere no ir, no por falta de cariño, sino porque no necesita una tumba para recordar. Los recuerdos son más ligeros que el mármol de una lápida o las cenizas en una urna biodegradable.

Pero el día de los difuntos no es sólo un ejercicio de memoria. Es también una forma de mirarnos en el espejo del tiempo. Es un inventario de vida con un punto de arrepentimiento por todo lo que no hemos hecho, por los sueños pendientes y, fundamentalmente, por las conversaciones y gestos escatimados. Y, sin embargo, existe una belleza extraña -enigmática- en el ritual. Entre las lápidas todo respira orden, proporción, silencio. No hay prisas, ni tráfico, ni anuncios. Sólo el viento moviendo las flores secas y el eco lejano de las campanadas a muertos. El mundo decide hacer una pausa que recuerda su fragilidad.

Los visitantes, siempre tan organizados, queremos tener la muerte bajo control. La coloreamos, la volvemos poética, le traemos flores y redactamos epitafios ingeniosos. La convertimos en patrimonio familiar, objeto de diseño. Pero ella, terca, no se deja amansar. Se empeña en enseñarnos su lección, todo acaba.

En estos tiempos, incluso la muerte se ha puesto al día. Hay lápidas con códigos QR que enlazan a vídeos, a perfiles conmemorativos en las redes, flores que no se secan y luces LED que se encienden con temporizador. Hemos convertido el duelo en una aplicación más. Quizá sea nuestro intento de alejar el vértigo, de creer que la tecnología -la barca funeraria- nos puede acercar a la eternidad. Con la animación de las estáticas fotos en blanco y negro añadimos una verosimilitud inquietante. Pero el recuerdo no se basa en las redes sociales. Un aroma, una canción, una fotografía descolorida pueden hacer más que un disco duro cargado de memoria y parpadeo. A veces recordar es sólo sentir un vacío familiar, una presencia incorpórea que te acompaña cuando menos te lo esperas. Los difuntos, de hecho, nunca se marchan del todo, cambian de dirección con nuestra complicidad aunque hayamos vaciado su significado original para llenarlo con nuestro narcisismo.

Y sin embargo, cuando salimos del cementerio, nos sentimos más ligeros. No porque hayamos dejado nada ahí dentro, sino porque hemos recordado lo esencial: que todavía respiramos, que todavía tenemos hambre, frío, trabajo, gente que nos quiere y gente a la que amar. Que cada instante es frágil y, por eso, inmenso. Quizás éste es el verdadero sentido del Día de los Difuntos: no tanto mirar atrás, sino mirar mejor el presente. Entender que la muerte no es un final, sino un recuerdo íntimo. Que vivir es una forma de despedirse lentamente, pero con estilo. Que cada gesto amable, cada sonrisa compartida, cada silencio sincero son las flores que también nos dejarán, tarde o temprano, en algún rincón de la memoria de otro.

Y así, año tras año, volvemos al cementerio como quien visita a ese viejo maestro sabio. Porque, en el fondo, los muertos nos habían querido enseñar lo que no hemos aprendido todavía, que la prisa es poco útil, que los quebraderos de cabeza se desbaratan, y que la vida -con sus urgencias, sus errores y sus aciertos- es demasiado breve para no estar con ternura e intensidad. Cuando salimos, el tiempo nos acaricia con un adiós discreto. Detrás de nosotros, el silencio permanece en su sitio, volvemos a la aldea de los vivos con la sensación, difícil de explicar pero tan humana, que esa quietud nos ha sacudido. Quizá por eso volvamos cada año -no por ellos, sino por nosotros-. Para sentirnos vivos, que estamos de paso, y que el mejor homenaje que podemos hacer a los difuntos es aprender, de una vez, a vivir con la misma serenidad con la que ellos deben reposar.

 

viernes, 24 de octubre de 2025

Grandes hazañas del siglo XXI.

 

Ahora que el mundo se va arreglando con la "paz" en Gaza y el final a un tris de "negociarla" en Ucrania, la humanidad respira más aliviada. Son los gestos “diplomáticos” emanados del gran artífice, Donald Trump -y de sus secuaces-. No acabo de entender cómo el Nobel de la Paz no fue merecidamente otorgado a ese político con una trayectoria ejemplar y tan singular. Debe acabar necesariamente contada en los libros de historia y en las enciclopedias de las grandes hazañas del siglo XXI. Más allá de toda la Historia escrita en mayúsculas, desde los prolegómenos en el país de los trogloditas hasta este momento.

El resto no son noticias, no hay galanes a la medida del NO-DO para hacer sombra a este personaje, una hiperactiva fuente constante de ocurrencias, chascarrillos y maneras que podrán reunirse en dicha enciclopedia universal. Un manual de astucias -artimañas- de obligada lectura para los futuros líderes con anhelos para dirigir el cotarro de la geopolítica de tamaño grande, calibre grueso, y de alcance global. El resto, sólo bagatelas.

Éste es el motivo por el que el relleno informativo debe acompañarse con guarniciones y segundos platos con poco fundamento culinario. Anécdotas, comparadas con las gestas heroicas tocadas por el mesianismo del actual presidente estadounidense, podríamos pasarlas por alto y seguir respirando pese a la relevancia con que Francia se empeña en levantar el dedo en las contraportadas de los informativos. La envidia y el protagonismo desmesurados le han llevado a inventarse grandes titulares. A la tendencia en horas bajas de Emmanuel Macron, tras la derrota en la primera vuelta de su grupo Renacimiento. De los problemas para postular a un primer ministro que sobreviva más de una semana a las mociones de censura. Del protagonismo endeble, a menudo bajo la sombra del flequillo de Trump, en materia internacional, cabe preguntarse si se mantendrá o se irá al garete la grandeur gala, la huella inveterada del país vecino en la cuerda floja de la decadencia.

La entrada literal en prisión de Nicolás Sarkozy ha sido un buen ensayo para reclamar la atención. La lección que podemos extraer es que en Francia todo el mundo es igual ante la ley. La igualdad, uno de los lemas de la Revolución Francesa, se ha demostrado vigente encarcelando a quien fue presidente de la República. Sarkozy ingresando en el centro penitenciario con Carla Bruni despidiéndole, lanzando besos a los seguidores. Apoyándole públicamente propicia una imagen muy golosa para la prensa del corazón, exponiendo el perfil bueno de la fotogénica compañera del recluso.

Macron ha tenido un golpe de suerte para desenfocar su acción política y el grado de apoyo precario. Un analista político de mostrador y vinazo tenía bastante claro que el robo de las joyas en el Louvre habría sido una maniobra encubierta para atenuar la realidad. Pan y circo mediáticos que ponen en segundo plano el resto de asuntos trascendentes en Francia. Un montaje de Macron para llevarse las joyas napoleónicas. El observador aventuraba, subiendo el volumen del argumento entre cerveza y cerveza, que las joyas han sido un arancel más que se ha pagado marginalmente. Ya hay montajes gráficos en las redes donde Donald Trump aparece coronado y engalanado con los carísimos abalorios monárquicos sustraídos en el Louvre. ¡Viva el emperador! Poco a poco, el patrimonio artístico migra en extrañas circunstancias para construir museos exclusivos de incógnito. He abandonado la conferencia cuando ascendía decidido, trago tras trago, por otra posibilidad. Denunciaba furioso cómo muchas obras artísticas han sido falsificadas para que las piezas originales se expongan en museos clandestinos en la privatización galopante, ahora también del patrimonio cultural.

Buscar afinidades, una cortina de humo en los convulsos momentos políticos actuales de los Pirineos hasta Gibraltar, tiene muchas posibilidades y algunos paralelismos. Examinando una verosímil, cercana, me hace decantar, saltando fronteras y legislaciones, por la distopía imposible de imaginar cuál habría sido la repercusión de una medida similar a la de Sarkozy aplicada al rey emérito, el proscrito de la corona que reside como un prófugo alejado de sus súbditos. Como nunca lo veremos, me declino por la frivolidad acerca de las últimas ediciones del premio Planeta. Se ha decantado por las copias de dudosa calidad cuando el galardón tenía prestigio y nivel literario reconocido. Un repaso a la lista de galardonados durante la vigencia del premio es todo un manifiesto al respecto, literatura de pacotilla aderezada en la cocina hogareña del grupo Atresmedia. El premio mejor dotado del mundo permanece, pues, en casa. 

 

jueves, 9 de octubre de 2025

Un poema mercantil.

 

Ahora mismo debería echar un vistazo a cómo cotiza en las casas de juegos la OPA del BBVA en contra del Sabadell. La Oferta Pública de Adquisición es una maniobra legal por la que un inversor ofrece públicamente a los accionistas de otra empresa comprar sus participaciones a un precio superior a su valor de cotización. El objetivo es evidente, eliminar la empresa comprada del mercado o reducir su competencia en un sector, en este caso, el de la banca. 

Nunca el despliegue de seducción mediático, la propaganda por tierra, por mar y por las nubes había sido tan intensa y reiterativa. ¿Alguien ha contado los anuncios solo en televisión emitidos por una y otra entidad bancaria? El marketing al respecto es abrumador, casi se solapan, uno tras otro, espacios que si no estás al acecho se pueden llegar a confundir por el formalismo -o el minimalismo- gráfico y visual con predominio de los grises. La bolsa, de hecho, no tiene una gama de color surtida, sólo verde y rojo. Ya hace tiempo que la pugna se dirime en una audiencia mayoritariamente inocente. Sí, inocente, porque yo y un porcentaje elevadísimo de los espectadores a los que van realmente dirigidos estos mensajes cautivadores -tentadores- no tenemos ningún interés y, por supuesto, ni una triste acción. Practicamos la técnica que en el mundo de los toros consiste en contemplar la sangría desde la barrera -o desde el sofá de casa-.

Soy un lego en materia bursátil, un ignorante de la macroeconomía, pero como en el fútbol, ​​pese a no ser socio ni encarnizado seguidor de ningún equipo, sí tengo mis simpatías cuando se disputa un partido del siglo del cual si no has visto la retransmisión, la vida social te destierra. En este caso me ocurre algo similar, por lo de la camiseta sudada por el espíritu de David contra Goliat, me decanto a favor del Sabadell. ¡Ya se verá! Si la cosa del dinero tuviera una poética con sus metáforas y sus rimas, me he dado cuenta de que Sabadell permite una rima consonante, dura, con clatell, cogote. ¿Una metonimia nada sentimental que podría profetizar la colleja que se avecina?

Suelo leer el diario de ayer mientras desayuno, porque las noticias adquieren un poco la textura de los yogures caducados, pierden la desgarradora punzada de la inmediatez en la rabiosa actualidad estremecedora -catastrófica- que describen. Ya hace días, quizás meses, que uno y otro banco llenan páginas completas, o dobles, dedicadas a anunciar sus virtudes con contundente firmeza. El comprador habla de beneficios, decantarse por la opa dando el salto a la otra entidad, es como cruzar la frontera de Jauja. Mientras, el banco asaltado o agredido se rebela denunciando la mentira, "que no te engañen". Marchar con un portazo sonoro a causa de una infidelidad contable bajo la promesa de mucha tierra en La Habana, es de traidores y de cobardes. Asistimos, pues, a un fascinante apocalipsis en los parqués.

La escena tiene un punto de película del lejano oeste con ladronzuelos de vacas o de caballos y malhechores a cara cubierta que atracan la sucursal de la aldea a perdigonadas. Vistos los vientos que soplan, no descarto que se recupere el cine de cowboys ya que tiene un punto de intersección con escenas actuales donde no falta el prepotente matón que entra en la taberna provocando y poniendo a prueba la rapidez de los abatidos con un disparo diestro y con mucha puntería. La palabra “hostil” es la que me provoca esta asociación mental, ya me disculparéis. El diccionario, que sirve para regular y poner orden en la maraña de las palabras, define literalmente el adjetivo como lo “propio de un enemigo, que muestra la disposición o la inspiración de este”.

La jugada sutil es, pues, disfrazar la hostilidad de la opa salpimentada con los beneficios y ventajas a cuenta de la fusión impuesta, no de buen grado. El mundo financiero no necesita pintarse de color rosa. El dinero es frío y esquivo, no está por romances. No tiene alma ni espíritu. Ostenta, en papel -o virtual- el poder exacto y supremo en las transacciones con unas normas y regulaciones que pueden escapar al sentido común permitiendo comprar lo que no se tiene o en el mercado de futuros lo que no ha nacido todavía, como las cosechas de trigo o la producción de la algarroba de secano. Batallas en una guerra sin tregua que pueden convertir a la tropa en zombis de la indigencia si te olvidas de devolver los créditos o la hipoteca. Sociedades anónimas sin rostro a menos que sea el de los generales, cargados de medallas y de mucha ambición, exhibiendo sin pudor quien tiene el rendimiento más largo. Dirigentes capaces de encuentros sin planes de paz con ademán y talante deportivos cuando, en sociedad, no dejan de representar el papel de amigables colegas.

¿Quién se llevará el gato al agua? Incertidumbre, ya que la cartera sólo se arrima al corazón cuando la llevamos en el bolsillo de la camisa.

 

PD: Contemplado desde la ingenuidad desnuda de complejidades pienso en lo que está sucediendo, en Palestina, en la invasión de Ucrania o en las maniobras del cowboy Donald Trump, tiene algo de OPA -¡pero que muy hostil!- para neutralizar o eliminar los objetivos propuestos.

 

martes, 30 de septiembre de 2025

Migrantes premium

 

La derecha y la más derecha todavía, con la casa madre en Washington bajo el pontificado de Donald Trump, interpretan las homilías de éste -“urbi et orbi”- irradiando ideas a bocajarro a todo trapo. Poco a poco la gota malaya se convierte en tormenta eficaz y perfecta, calando para alcanzar sus objetivos, ya que las suyas son verdades absolutas e indiscutibles en la defensa -declaran sin vergüenza- de la libertad y de la democracia para poner orden, entre otras cuestiones, al revoltijo étnico. Asuntos de entrañas.

La propuesta última del dirigente popular Alberto Núñez Feijóo le posiciona como un alumno aventajado con recetas propias a la gallega. Tiene la intención de instaurar un “visado por puntos”, un plan que no acaba de concretarse con detalle -como el tentáculo intrépido de un pulpo con grelos- empeñado en reconducir y agarrotar a la inmigración. La presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso aporta la sal gruesa y el pimentón para darle un poco de color y una salida una pizca humanitaria que le honra: “la inmigración hispana no es inmigración” ¡Qué pase más torero agarrando por los cuernos el problema! Un abrazo amigo y entrañable fundamentado en los vínculos históricos con América Latina. Piensa en las comunidades latinoamericanas que tienen en común la lengua castellana -seguro que ella ha dicho “española”-. "Un argentino o un venezolano en Madrid no es inmigrante. Lo será por cuestión de papeles, pero no lo es a ningún efecto". Únicamente se ha ahorrado apuntar que las personas son personas, independientemente de si viven en Buenos Aires, en Caracas o en el barrio de Salamanca.

Ya hay quien critica la ternura acogedora de Ayuso por una medida formidable, borrando a los simpapeles de un manotazo. Un planteamiento que también debería afectar a los mexicanos herederos de Hernán Cortés y la Malinche, a los que Trump repele de sus fronteras sin demasiadas contemplaciones. Habrá que hablar y pactar con la administración norteamericana, no vaya a ser que nos pisáramos las callosidades por pequeños detalles de nada. Feijóo quisiera hurgar y elegir en el supermercado de la inmigración al por mayor decantándose por los establecimientos de confianza, las conocidas como tiendas de ultramarinos con productos más nuestros a los que tenemos el paladar acostumbrado con tolerancia cero por la fruta picada y las papas demasiado maduras, que serán devueltas inmediatamente.  

En la iniciativa -loable y original- podemos encontrar ciertas similitudes con la impuesta por Trump con los aranceles. Hago a Feijóo, si llega el momento de mandar de verdad, con un cartel grande con la lista de la compra exhibiéndola a los periodistas. Exigente como un cliente en una selecta delicatessen pondrá condiciones, marcará las unidades y efectuará el pedido si se corresponde con el peso ideal. Todo retransmitido en directo por lo de la transparencia en una especie de concurso como Supervivientes o la Isla de los Afamados. Quienes obtengan el visado tendrán garantía porque un jurado de funcionarios con la solvencia contrastada los habrá observado y entrevistado rigurosamente mientras desfilan para una revisión dental, una de vigor muscular y la morfológica en general, la decisiva, por lo del aspecto -que se queden los feos, como decían los Sírex-. En las mujeres puntuará excepcionalmente la condición de fértil.

Este proceso de reclutamiento me lo imagino como una especie de concurso oposición y de méritos que deberá garantizar la libre concurrencia con publicidad. Es evidente que la igualdad de condiciones es el meollo y el eslabón débil sobre el que bascula la elección. Ya se verán cuáles serán los requisitos para acogerse y poder presentarse. La Ayuso ya ha declarado exentos a los argentinos y venezolanos que residen en la calle de Serrano en Madrid. Yo auguro una serie de recursos con enmiendas a la totalidad o a algunas de las cláusulas. Si todos los naturales de aquel desaparecido imperio, siempre soleado porque no se ponía el sol, deben ser plausibles candidatos; me pregunto dónde están los filipinos agraviados por los privilegios de los cubanos y de los puertorriqueños. ¡Los últimos de todos en el desastre de 1898 volverán a ser de Filipinas!

Qué haremos con los guineanos y saharianos y por extensión con los subsaharianos que no pudimos colonizar no por falta de voluntad ni de ardor bélico, sino porque estos territorios ya habían sido pillados por las potencias emergentes europeas. ¿Acumularán puntos estos? Aunque declamen el Asturias patria querida con buena entonación, lo tendrán crudo. Avanzando en el razonamiento, pero dándole la vuelta, ¿los musulmanes, que nos conquistaron durante ocho siglos, tienen derecho a ser acogidos? Quien nos trajo claridad, ciencia, filosofía, arte y el cultivo del agua cuando aquí nos vestíamos sólo con lana cochambrosa y oscuridad medieval; ¿se les admitirá algún tipo de mérito o de reconocimiento?

En la hermandad cultural histórica constan fundamentalmente la lengua y las creencias, la religión. Primordiales para el visado por puntos que favorecerán a los que además aporten merecimientos como el grado de licuación del fenotipo indígena en el ADN de los conquistadores o el punto de contraste óptimo con la epidérmica paleta cromática europea. Los que llamamos expats, como otras personas sin precariedades, que residen por razones de trabajo puntuales, amor, aventura o jubilación, podríamos alojarlos, sin lugar a dudas, en los contenedores de los migrantes premium. La cuenta corriente diluye de forma formidable la condición incierta de inmigrante con una mano delante y otra detrás.

Hace poco en una conversación con una amiga a la que aprecio, Teresa, una payesa nonagenaria de toda la vida -se acuerda de la guerra civil y de vivir sus consecuencias- me soltó una sentencia para meditar, una buena síntesis del momento presente: “tant els del Paper com els del cartó” s’han ben begut l’enteniment.