viernes, 24 de octubre de 2025

Grandes hazañas del siglo XXI.

 

Ahora que el mundo se va arreglando con la "paz" en Gaza y el final a un tris de "negociarla" en Ucrania, la humanidad respira más aliviada. Son los gestos “diplomáticos” emanados del gran artífice, Donald Trump -y de sus secuaces-. No acabo de entender cómo el Nobel de la Paz no fue merecidamente otorgado a ese político con una trayectoria ejemplar y tan singular. Debe acabar necesariamente contada en los libros de historia y en las enciclopedias de las grandes hazañas del siglo XXI. Más allá de toda la Historia escrita en mayúsculas, desde los prolegómenos en el país de los trogloditas hasta este momento.

El resto no son noticias, no hay galanes a la medida del NO-DO para hacer sombra a este personaje, una hiperactiva fuente constante de ocurrencias, chascarrillos y maneras que podrán reunirse en dicha enciclopedia universal. Un manual de astucias -artimañas- de obligada lectura para los futuros líderes con anhelos para dirigir el cotarro de la geopolítica de tamaño grande, calibre grueso, y de alcance global. El resto, sólo bagatelas.

Éste es el motivo por el que el relleno informativo debe acompañarse con guarniciones y segundos platos con poco fundamento culinario. Anécdotas, comparadas con las gestas heroicas tocadas por el mesianismo del actual presidente estadounidense, podríamos pasarlas por alto y seguir respirando pese a la relevancia con que Francia se empeña en levantar el dedo en las contraportadas de los informativos. La envidia y el protagonismo desmesurados le han llevado a inventarse grandes titulares. A la tendencia en horas bajas de Emmanuel Macron, tras la derrota en la primera vuelta de su grupo Renacimiento. De los problemas para postular a un primer ministro que sobreviva más de una semana a las mociones de censura. Del protagonismo endeble, a menudo bajo la sombra del flequillo de Trump, en materia internacional, cabe preguntarse si se mantendrá o se irá al garete la grandeur gala, la huella inveterada del país vecino en la cuerda floja de la decadencia.

La entrada literal en prisión de Nicolás Sarkozy ha sido un buen ensayo para reclamar la atención. La lección que podemos extraer es que en Francia todo el mundo es igual ante la ley. La igualdad, uno de los lemas de la Revolución Francesa, se ha demostrado vigente encarcelando a quien fue presidente de la República. Sarkozy ingresando en el centro penitenciario con Carla Bruni despidiéndole, lanzando besos a los seguidores. Apoyándole públicamente propicia una imagen muy golosa para la prensa del corazón, exponiendo el perfil bueno de la fotogénica compañera del recluso.

Macron ha tenido un golpe de suerte para desenfocar su acción política y el grado de apoyo precario. Un analista político de mostrador y vinazo tenía bastante claro que el robo de las joyas en el Louvre habría sido una maniobra encubierta para atenuar la realidad. Pan y circo mediáticos que ponen en segundo plano el resto de asuntos trascendentes en Francia. Un montaje de Macron para llevarse las joyas napoleónicas. El observador aventuraba, subiendo el volumen del argumento entre cerveza y cerveza, que las joyas han sido un arancel más que se ha pagado marginalmente. Ya hay montajes gráficos en las redes donde Donald Trump aparece coronado y engalanado con los carísimos abalorios monárquicos sustraídos en el Louvre. ¡Viva el emperador! Poco a poco, el patrimonio artístico migra en extrañas circunstancias para construir museos exclusivos de incógnito. He abandonado la conferencia cuando ascendía decidido, trago tras trago, por otra posibilidad. Denunciaba furioso cómo muchas obras artísticas han sido falsificadas para que las piezas originales se expongan en museos clandestinos en la privatización galopante, ahora también del patrimonio cultural.

Buscar afinidades, una cortina de humo en los convulsos momentos políticos actuales de los Pirineos hasta Gibraltar, tiene muchas posibilidades y algunos paralelismos. Examinando una verosímil, cercana, me hace decantar, saltando fronteras y legislaciones, por la distopía imposible de imaginar cuál habría sido la repercusión de una medida similar a la de Sarkozy aplicada al rey emérito, el proscrito de la corona que reside como un prófugo alejado de sus súbditos. Como nunca lo veremos, me declino por la frivolidad acerca de las últimas ediciones del premio Planeta. Se ha decantado por las copias de dudosa calidad cuando el galardón tenía prestigio y nivel literario reconocido. Un repaso a la lista de galardonados durante la vigencia del premio es todo un manifiesto al respecto, literatura de pacotilla aderezada en la cocina hogareña del grupo Atresmedia. El premio mejor dotado del mundo permanece, pues, en casa. 

 

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