Ahora
que el mundo se va arreglando con la "paz" en Gaza y el final a un tris
de "negociarla" en Ucrania, la humanidad respira más aliviada. Son
los gestos “diplomáticos” emanados del gran artífice, Donald Trump -y de sus
secuaces-. No acabo de entender cómo el Nobel de la Paz no fue merecidamente
otorgado a ese político con una trayectoria ejemplar y tan singular. Debe
acabar necesariamente contada en los libros de historia y en las enciclopedias
de las grandes hazañas del siglo XXI. Más allá de toda la Historia escrita en
mayúsculas, desde los prolegómenos en el país de los trogloditas hasta este
momento.
El
resto no son noticias, no hay galanes a la medida del NO-DO para hacer sombra a
este personaje, una hiperactiva fuente constante de ocurrencias, chascarrillos
y maneras que podrán reunirse en dicha enciclopedia universal. Un manual de
astucias -artimañas- de obligada lectura para los futuros líderes con anhelos
para dirigir el cotarro de la geopolítica de tamaño grande, calibre grueso, y
de alcance global. El resto, sólo bagatelas.
Éste
es el motivo por el que el relleno informativo debe acompañarse con
guarniciones y segundos platos con poco fundamento culinario. Anécdotas,
comparadas con las gestas heroicas tocadas por el mesianismo del actual
presidente estadounidense, podríamos pasarlas por alto y seguir respirando pese
a la relevancia con que Francia se empeña en levantar el dedo en las
contraportadas de los informativos. La envidia y el protagonismo desmesurados
le han llevado a inventarse grandes titulares. A la tendencia en horas bajas de
Emmanuel Macron, tras la derrota en la primera vuelta de su grupo Renacimiento.
De los problemas para postular a un primer ministro que sobreviva más de una
semana a las mociones de censura. Del protagonismo endeble, a menudo bajo la
sombra del flequillo de Trump, en materia internacional, cabe preguntarse si se
mantendrá o se irá al garete la grandeur gala, la huella
inveterada del país vecino en la cuerda floja de la decadencia.
La
entrada literal en prisión de Nicolás Sarkozy ha sido un buen ensayo para
reclamar la atención. La lección que podemos extraer es que en Francia todo el
mundo es igual ante la ley. La igualdad, uno de los lemas de la
Revolución Francesa, se ha demostrado vigente encarcelando a quien fue presidente
de la República. Sarkozy ingresando en el centro penitenciario con Carla Bruni
despidiéndole, lanzando besos a los seguidores. Apoyándole públicamente propicia
una imagen muy golosa para la prensa del corazón, exponiendo el perfil bueno de
la fotogénica compañera del recluso.
Macron
ha tenido un golpe de suerte para desenfocar su acción política y el grado de
apoyo precario. Un analista político de mostrador y vinazo tenía bastante claro
que el robo de las joyas en el Louvre habría sido una maniobra encubierta para
atenuar la realidad. Pan y circo mediáticos que ponen en segundo plano el resto
de asuntos trascendentes en Francia. Un montaje de Macron para llevarse las
joyas napoleónicas. El observador aventuraba, subiendo el volumen del argumento
entre cerveza y cerveza, que las joyas han sido un arancel más que se ha pagado
marginalmente. Ya hay montajes gráficos en las redes donde Donald Trump aparece
coronado y engalanado con los carísimos abalorios monárquicos sustraídos en el
Louvre. ¡Viva el emperador! Poco a poco, el patrimonio artístico migra en
extrañas circunstancias para construir museos exclusivos de incógnito. He
abandonado la conferencia cuando ascendía decidido, trago tras trago, por otra
posibilidad. Denunciaba furioso cómo muchas obras artísticas han sido
falsificadas para que las piezas originales se expongan en museos clandestinos
en la privatización galopante, ahora también del patrimonio cultural.
Buscar
afinidades, una cortina de humo en los convulsos momentos políticos actuales de
los Pirineos hasta Gibraltar, tiene muchas posibilidades y algunos
paralelismos. Examinando una verosímil, cercana, me hace decantar, saltando
fronteras y legislaciones, por la distopía imposible de imaginar cuál habría
sido la repercusión de una medida similar a la de Sarkozy aplicada al rey
emérito, el proscrito de la corona que reside como un prófugo alejado de sus súbditos.
Como nunca lo veremos, me declino por la frivolidad acerca de las últimas
ediciones del premio Planeta. Se ha decantado por las copias de
dudosa calidad cuando el galardón tenía prestigio y nivel literario reconocido.
Un repaso a la lista de galardonados durante la vigencia del premio es todo un
manifiesto al respecto, literatura de pacotilla aderezada en la cocina hogareña
del grupo Atresmedia. El premio mejor dotado del mundo permanece,
pues, en casa.
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