Hay
días que no parecen días, sino silencios con fecha. El Día de los Difuntos es
uno de ellos. Más que celebrarlo, lo respetamos. Lo atravesamos en una jornada concebida
con calma forzada y pensamientos. Una pausa por el reposo de los difuntos.
Incluso la luz parece más suave, como si la claridad tuviera consideración por
los ausentes decorando el cielo con túnicas de fantasma deshilachadas. El Día
de los Difuntos deja de ser un diálogo con la muerte para convertirse en un
monólogo sobre la vida... nuestra vida. Ir al cementerio es asistir a una
ceremonia sin discurso. Traemos flores, recordamos nombres, simulamos que todo
sigue igual. Pero en el fondo sabemos que no es verdad. Las flores se secan,
los nombres se borran, y nosotros no somos los mismos.
El
cementerio es una metrópoli paralela, silenciosa, ordenada, meticulosa en su
reposo. Hay callejuelas, monumentos, placas relucientes y esquinas con cipreses
como plazas. Si te paseas con calma, descubres una extraña forma de
convivencia. De hecho, es el único lugar donde todo el mundo acaba hallando la
paz -o al menos nadie protesta- ya que los egos se borran y las discusiones
sobran. Todo lo que había sido urgente, decisivo, pierde importancia. Será esto
lo que nos incomoda, ver nuestra vida abocada a una fecha de entrada
determinada cuando las circunstancias nos empadronen.
Hay
quien visita a los suyos con devoción litúrgica, como si las flores fueran
plegarias. Otros acuden para no sentirse culpables. Hay quien prefiere no ir,
no por falta de cariño, sino porque no necesita una tumba para recordar. Los
recuerdos son más ligeros que el mármol de una lápida o las cenizas en una urna
biodegradable.
Pero
el día de los difuntos no es sólo un ejercicio de memoria. Es también una forma
de mirarnos en el espejo del tiempo. Es un inventario de vida con un punto de
arrepentimiento por todo lo que no hemos hecho, por los sueños pendientes y,
fundamentalmente, por las conversaciones y gestos escatimados. Y, sin embargo,
existe una belleza extraña -enigmática- en el ritual. Entre las lápidas todo
respira orden, proporción, silencio. No hay prisas, ni tráfico, ni anuncios.
Sólo el viento moviendo las flores secas y el eco lejano de las campanadas a
muertos. El mundo decide hacer una pausa que recuerda su fragilidad.
Los
visitantes, siempre tan organizados, queremos tener la muerte bajo control. La coloreamos,
la volvemos poética, le traemos flores y redactamos epitafios ingeniosos. La
convertimos en patrimonio familiar, objeto de diseño. Pero ella, terca, no se
deja amansar. Se empeña en enseñarnos su lección, todo acaba.
En
estos tiempos, incluso la muerte se ha puesto al día. Hay lápidas con códigos
QR que enlazan a vídeos, a perfiles conmemorativos en las redes, flores que no
se secan y luces LED que se encienden con temporizador. Hemos convertido el
duelo en una aplicación más. Quizá sea nuestro intento de alejar el vértigo, de
creer que la tecnología -la barca funeraria- nos puede acercar a la eternidad.
Con la animación de las estáticas fotos en blanco y negro añadimos una
verosimilitud inquietante. Pero el recuerdo no se basa en las redes sociales.
Un aroma, una canción, una fotografía descolorida pueden hacer más que un disco
duro cargado de memoria y parpadeo. A veces recordar es sólo sentir un vacío
familiar, una presencia incorpórea que te acompaña cuando menos te lo esperas.
Los difuntos, de hecho, nunca se marchan del todo, cambian de dirección con
nuestra complicidad aunque hayamos vaciado su significado original para
llenarlo con nuestro narcisismo.
Y
sin embargo, cuando salimos del cementerio, nos sentimos más ligeros. No porque
hayamos dejado nada ahí dentro, sino porque hemos recordado lo esencial: que
todavía respiramos, que todavía tenemos hambre, frío, trabajo, gente que nos quiere
y gente a la que amar. Que cada instante es frágil y, por eso, inmenso. Quizás
éste es el verdadero sentido del Día de los Difuntos: no tanto mirar atrás,
sino mirar mejor el presente. Entender que la muerte no es un final, sino un
recuerdo íntimo. Que vivir es una forma de despedirse lentamente, pero con
estilo. Que cada gesto amable, cada sonrisa compartida, cada silencio sincero
son las flores que también nos dejarán, tarde o temprano, en algún rincón de la
memoria de otro.
Y
así, año tras año, volvemos al cementerio como quien visita a ese viejo maestro
sabio. Porque, en el fondo, los muertos nos habían querido enseñar lo que no
hemos aprendido todavía, que la prisa es poco útil, que los quebraderos de
cabeza se desbaratan, y que la vida -con sus urgencias, sus errores y sus
aciertos- es demasiado breve para no estar con ternura e intensidad. Cuando
salimos, el tiempo nos acaricia con un adiós discreto. Detrás de nosotros, el
silencio permanece en su sitio, volvemos a la aldea de los vivos con la
sensación, difícil de explicar pero tan humana, que esa quietud nos ha sacudido.
Quizá por eso volvamos cada año -no por ellos, sino por nosotros-. Para sentirnos
vivos, que estamos de paso, y que el mejor homenaje que podemos hacer a los
difuntos es aprender, de una vez, a vivir con la misma serenidad con la que
ellos deben reposar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario