Hay
un momento fascinante en los telediarios -un ritual colectivo-, cuando el
hombre del tiempo aparece con ademán grave y voz solemne anunciando que “se
activa la alerta naranja”. Y entonces, el país se detiene. O mejor
dicho, el país entra en un leve pánico sostenido. No es el fin del mundo, pero
tampoco hace falta ir a trabajar si puedes quedarte en casa contemplando el
radar como quien mira una serie de Netflix. Vivimos tiempos de
alertas. No sólo meteorológicas -de hecho, las demás nos afectan menos-. Pero
las del tiempo tienen un aura especial, combinan espectáculo, tecnología y
supervivencia. El cielo es el centro de interés en las redes, una sucesión de
imágenes que nos hacen sentir parte de una epopeya climática. "Alerta
amarilla en toda Cataluña por fuertes lluvias". Y tú, que sólo has visto
cuatro gotas, sospechas que quizá el amarillo se ha devaluado.
Este
mundo, donde los abuelos vivimos de rituales exactos, compartimos el nivel televisivo
álgido cuando hacemos la digestión del plato de sopas sin sal antes de
acostarnos. Estamos pendientes de lo que dirá el hombre del tiempo y de la
ración de píldoras que debemos engullir -en este orden-. Nos levantamos al día
siguiente por la mañana con los calcetines de lana y la bufanda puestos porque
el meteorólogo ha anunciado, en el telediario de ayer, que hará un frío como para
templar violines.
El
sistema de colores ha creado una suerte de significación emocional colectiva.
El amarillo nos inquieta, el naranja nos alarma, y el rojo nos convierte en
protagonistas de un episodio del día después de mañana. En el fondo, nos gusta
que nos avisen. Nos encanta ser el objeto de una alerta -los protagonistas-. Es
como recibir un mensaje diciéndonos que la naturaleza piensa en -o contra-
nosotros. Y esto tiene un componente psicológico cautivador en una época en la
que todo parece imprevisible -la política, la economía, el precio del café-, ya
que el tiempo parecería el único caos que podemos administrar con un mapa de colores.
Cada tormenta es un espectáculo con fotos apocalípticas, vídeos de ríos
furiosos, persianas rotas. Hemos convertido el cielo en una serie coral en la
que somos actores secundarios -poetas del cierzo- como testigos de un temporal.
Los
meteorólogos antes predecían el tiempo con prudencia razonable anunciando que
podía llover. Ahora todo parece más épico cuando notifican que se avecina
una borrasca con potencial destructivo. Después comprobamos cómo ha
llovido sólo un ratito, ¡pero qué minuto más intenso! El lenguaje de la
meteorología ha entrado en una nueva dimensión. Si antes queríamos que el sol
saliera, ahora queremos que ocurra algo. La tranquilidad es aburrida, poco
participativa -solo conversación de ascensor-. Un cielo azul no genera estruendo.
Sin embargo, una “dana explosiva” puede convertir cualquier día laborable en un
hito de calendario.
Se
trata de un fenómeno global. En Estados Unidos, la prensa compite por quien redacta
el adjetivo más apocalíptico. En Francia, las alertas de Météo France se
han convertido en paisaje cultural, como el queso o las huelgas. Y en Italia,
donde el drama es patrimonio nacional, cualquier tormenta lleva un nombre que
parece sacado de una ópera: Borrasca Attila, Tormenta Beatrice, Ciclone
Medea. Nosotros todavía no hemos llegado a tanto. De momento, ya tenemos la
“Dana”, que suena más a influencer que a fenómeno meteorológico. Una DANA
-Depresión Aislada en Niveles Altos-, cada otoño asoma los cuernos por el
horizonte mientras el personal agota el papel de váter y las legumbres en conserva
de los estantes del supermercado como si tuviéramos que pasar el invierno en un
refugio del Himalaya.
El
tiempo no es neutral. Ni la lluvia. Es un campo de batalla ideológico. Cuando
llueve demasiado, es culpa del cambio climático -según unos-. Cuando no llueve,
es culpa del gobierno -según otros-. Y cuando llueve poco es culpa de la sequía
y del ministro de turno. En Cataluña, ya es un tema de Estado. El agua ha
pasado de ser un recurso natural a ser materia política. Cada pantano, cada
trasvase, cada gota tiene partidarios y detractores. Y así, mientras esperamos
que llueva, discutimos de quién es competencia. Además, existe la cuestión de
las restricciones en las duchas cronometradas, de los jardines secos o de las
piscinas sin agua, monumentos al surrealismo. Nos han enseñado a vivir con la
conciencia ecológica inflamada: "Atención, el agua no cae del
cielo". Y esto es cierto, pero también es extenuante.
Las
inquietudes meteorológicas se han infiltrado. Ya no estamos nerviosos, vivimos
en alerta emocional. El cerebro moderno funciona como Protección Civil, analiza
las nubes en el WhatsApp, calcula la probabilidad de tormenta
sentimental y activa el protocolo adecuado. Vivimos, pues, en estado de
agitación constante, y el tiempo es el reflejo más literal de esa sensación. El
cielo se ha convertido en una metáfora perfecta de nuestro estado de ánimo
colectivo: inestable, cambiante, saturado de información y nubes digitales.
Quizá por eso nos atraen tanto los radares de la lluvia. Es como mirar al
futuro en una predicción imperfecta con un punto de bola de cristal llena de
esperanza.
El
sonido de las sirenas es hipnótico, una mezcla de seguridad y de inquietud. Nos
recuerda que vivimos en un mundo que necesita avisarnos de todo porque algo
sucede. El problema es que, a base de ensayos, llega un momento en que ya no
sabemos distinguir la prueba de la realidad. El cuento de Pedro y el lobo.
Ruido informativo devaluándose por si estamos viviendo un episodio histórico o
una simulación más.
La
economía del pánico leve es muy rentable, mueve dinero en seguros, kits de
emergencia, generadores... Las grandes marcas lo saben, un buen temporal es una
oportunidad. Cuando nieva -nevaba- en la ciudad, las empresas de cadenas para
coches se frotan las manos. Cuando llueve, los bazares chinos hacen su agosto
vendiendo paraguas. Y cuando hay sequía, los supermercados acarrean más
garrafas de agua. El clima se ha convertido en una industria narrativa, en un
relato para vender seguridad. Porque si el mundo es imprevisible, por lo menos
podemos comprar una sensación de control. Las aplicaciones meteorológicas, con
sus gráficos minimalistas y porcentajes de probabilidad, se han convertido en
unos oráculos modernos -con patrocinio-.
Cada
generación tiene su recuerdo meteorológico a menudo con muescas en las paredes
hasta dónde llegó la riada. Hay un detalle importante, hoy, cada episodio deja
rastro digital. Las lluvias ya no pasan, se documentan. La memoria colectiva
vive -literalmente- en la nube. Las alarmas son el espejo perfecto de los
tiempos que corren. Reflejan nuestra necesidad de control, nuestra fascinación
por el riesgo y nuestra dependencia a la alerta. Pero también son un guiño sarcástico
recordándonos lo hipnótico que puede ser el miedo representado en gráficos y
colorines. El espejo que nos muestra el progreso en la ciencia que anticipa
fenómenos, la tecnología que nos protege, la sociedad que se organiza. Sin
embargo, también nos alerta de la saturación, del ruido y del pánico generado.
Hay una línea muy fina entre estar preparados y estar obsesionados. Y nosotros
hace tiempo que la pisamos calzados con botas de agua.
Quizás
el problema radica en la meteorología existencial. Vivimos pendientes de cuándo
llegará la próxima tormenta, la política, la económica, la judicial o la
tecnológica. Y cada nuevo aviso -sea una borrasca o una crisis- refuerza la
sensación de que el mundo está en estado de alerta perpetuo. Las alarmas del
tiempo son sólo el símbolo visible de una tormenta mucho más profunda en un
mundo que ha aprendido antes a reaccionar que a entender. Quizás por eso los
días sin alerta nos parecen insípidos. La calma debe de ser sospechosa.
¿Y
si un día el cielo enmudece? Imaginemos que el cielo se estabiliza, que no
hay avisos ni alertas, ni gotas frías ni olas de calor. ¿Qué haríamos sin esa
adrenalina? Quizás nos obligaría a mirar a otras tormentas: las humanas, las de
dentro, las que no salen en el radar. Mientras, el cielo seguirá haciendo la
suya con un ojo puesto en la nube y el otro en la notificación. Somos
vulnerables. ¿Seremos capaces de enderezarlo? Debe haber un lugar tranquilo de
alerta verde -si existiera- donde simplemente llueve. Sin titulares. Sólo agua
que cae, y un mundo que respira si no hubiéramos perdido la llave del cielo,
esa que los lugareños de antes reivindicaban. Pero me temo mucho que esta llave
la hemos deteriorado.
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