Cuando
se habla del asedio de Sarajevo -1.425 días bajo el fuego de los morteros, los
cortes de suministro y el miedo espeso en las calles - se repiten escenas que
ya forman parte del imaginario colectivo con gente corriendo entre los
edificios, ancianos atravesando avenidas con bolsas llenas de miseria, niños
que aprendían a calcular la trayectoria de una bala antes que a multiplicar.
Pero hay un capítulo -tabú-, el de los francotiradores que pagaban por
disparar. Personajes -excepcionalmente algunos extranjeros- que, por un
precio acordado, podían subir a una azotea y “probar” un rifle de precisión
contra la población civil sitiada.
La
historia es inquietante, pero existió. La corroboran testigos que no quieren
aparecer con nombre y apellidos, informes orales recogidos por los primeros
periodistas que entraron en la ciudad y, sobre todo, la lógica económica
perversa que aparece en cualquier guerra, todo lo que se puede comprar, se
vende. Y en un asedio en el que faltaba comida, medicinas, gasolina y esperanza, la
violencia también cotizó en la bolsa de los horrores más execrables. Según
testigos recogidos en notas de prensa de la época y en conversaciones
informales con corresponsales de guerra, el procedimiento era siempre similar.
No había anuncios. Solo palabras insinuadas entre combatientes irregulares,
mercenarios u hombres con conexiones con las milicias. Un extranjero –a menudo
venido de Serbia, Croacia o, más raramente, de algún país europeo– preguntaba
si era posible “ver la línea de fuego”. El intermediario, que solía ser alguien
con acceso a las azoteas o zonas altas de los suburbios ocupados, lo
facilitaba.
El
precio variaba según la intensidad del conflicto, la disponibilidad de armas o
el grado de atrocidad que se buscaba. Algunas fuentes hablan del
equivalente a unos 50 o 100 euros actuales para poder realizar varios disparos.
En emociones más intensas, las cantidades eran mucho mayores si se garantizaba
un rifle de buena calidad o una posición con “visibilidad”. El dinero,
como suele ocurrir, se movía sin dejar rastro. El "cliente" subía
hasta un edificio destruido donde un combatiente le enseñaba a utilizar el
fusil, le mostraba una ventana sin cristales y señalaba la calle. Los testigos
coinciden, el consumidor casi nunca sabía contra lo que disparaba. Podía
ser un contenedor, un coche abandonado o una figura lejana que se movía. En
algunos casos, podía ser una persona. Era un mercado mayorista de adrenalina.
Algunos
de estos "clientes" eran mercenarios que querían probar armamento
real. Otros, aficionados a las armas provenientes de países en los que la
guerra era un espectáculo televisivo. Hombres que habían visto demasiadas
películas y que no distinguían entre una pantalla y la realidad. También había,
según testigos de la ONU, miembros de unidades paramilitares que ofrecían
esta “experiencia” como forma de recaudar dinero, de hacer negocio con la
curiosidad morbosa de algunos turistas bélicos. En todos los casos, existía un
elemento común, la deshumanización de la ciudad. Sarajevo no era vista como
un sitio lleno de familias, sino como un tablero de juego con la muerte para
satisfacer fantasías violentas. Y eso, a ojos de quienes intentaban
sobrevivir, era una doble condena, sufrir el asedio y, además, la indiferencia
de quienes les apuntaban -con mira telescópica- como una atracción en la feria
de la repugnancia.
La
vida en las calles mantenía una rutina imposible. Los habitantes de Sarajevo
habían convertido los movimientos más simples, ir a buscar agua o conseguir
pan, en operaciones calculadas. Había un mapa implícito de la ciudad que sólo
entendían los que la caminaban. Una calle era segura hasta las 11:00 -la hora
que abría la atracción-, una esquina se convertía en peligrosa si el sol estaba
alto o, así mismo, la avenida que debía atravesarse en zigzag, sin dudar. Por
eso, muchos ciudadanos aprendieron a andar pegados a las paredes, como si
fueran sombras. Las fachadas mostraban cientos de marcas, cada una testigo de
un disparo que quizá no había encontrado a una víctima. O quizás sí. Los habitantes
recuerdan que, algunos días, las balas surcaban erráticas como si el
francotirador fuera un torpe. Ese día disparaban mal.
Algunos
soldados de las fuerzas de paz de la ONU también habían percibido esta
actividad, pero no se quiso intervenir de forma directa ni decidida alegando
que la ciudad era demasiado grande, el asedio demasiado denso y la cadena de
responsabilidades demasiado confusa. La negligencia internacional, combinada
con el caos interno, había creado un ecosistema -un infierno- en el que incluso
la crueldad más abyecta tenía precio.
Hoy,
más de treinta años después, la mayoría de quienes vivieron el asedio prefieren
hablar de resistencia, solidaridad y supervivencia. Mencionar a los
francotiradores de pago es remover el lodo moral que todavía salpica esas
calles. Pero negar su existencia será falsear la historia. Sarajevo no sólo fue
víctima de un asedio militar, sino también de una industria oscura que algunos
hicieron muy rentable.
Sarajevo
sobrevivió a todo esto. Sí, pero el hecho de que, en algún momento, hubiera
alguien dispuesto a pagar por apretar el gatillo, dice mucho sobre la condición
humana. Al horror del conflicto cabe añadir la perversidad sin objetivos
bélicos. Sólo una experiencia que, espero, nunca expliquen ni se vanaglorien de
ella. Que el eco de aquellos disparos no les deje dormir ni existir en paz
consigo mismos. Una condena mínima y razonable.
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