viernes, 21 de noviembre de 2025

El negocio de las azoteas en Sarajevo.

 

Cuando se habla del asedio de Sarajevo -1.425 días bajo el fuego de los morteros, los cortes de suministro y el miedo espeso en las calles - se repiten escenas que ya forman parte del imaginario colectivo con gente corriendo entre los edificios, ancianos atravesando avenidas con bolsas llenas de miseria, niños que aprendían a calcular la trayectoria de una bala antes que a multiplicar. Pero hay un capítulo -tabú-, el de los francotiradores que pagaban por disparar. Personajes -excepcionalmente algunos extranjeros- que, por un precio acordado, podían subir a una azotea y “probar” un rifle de precisión contra la población civil sitiada.

La historia es inquietante, pero existió. La corroboran testigos que no quieren aparecer con nombre y apellidos, informes orales recogidos por los primeros periodistas que entraron en la ciudad y, sobre todo, la lógica económica perversa que aparece en cualquier guerra, todo lo que se puede comprar, se vende. Y en un asedio en el que faltaba comida, medicinas, gasolina y esperanza, la violencia también cotizó en la bolsa de los horrores más execrables. Según testigos recogidos en notas de prensa de la época y en conversaciones informales con corresponsales de guerra, el procedimiento era siempre similar. No había anuncios. Solo palabras insinuadas entre combatientes irregulares, mercenarios u hombres con conexiones con las milicias. Un extranjero –a menudo venido de Serbia, Croacia o, más raramente, de algún país europeo– preguntaba si era posible “ver la línea de fuego”. El intermediario, que solía ser alguien con acceso a las azoteas o zonas altas de los suburbios ocupados, lo facilitaba.

El precio variaba según la intensidad del conflicto, la disponibilidad de armas o el grado de atrocidad que se buscaba. Algunas fuentes hablan del equivalente a unos 50 o 100 euros actuales para poder realizar varios disparos. En emociones más intensas, las cantidades eran mucho mayores si se garantizaba un rifle de buena calidad o una posición con “visibilidad”. El dinero, como suele ocurrir, se movía sin dejar rastro. El "cliente" subía hasta un edificio destruido donde un combatiente le enseñaba a utilizar el fusil, le mostraba una ventana sin cristales y señalaba la calle. Los testigos coinciden, el consumidor casi nunca sabía contra lo que disparaba. Podía ser un contenedor, un coche abandonado o una figura lejana que se movía. En algunos casos, podía ser una persona. Era un mercado mayorista de adrenalina.

Algunos de estos "clientes" eran mercenarios que querían probar armamento real. Otros, aficionados a las armas provenientes de países en los que la guerra era un espectáculo televisivo. Hombres que habían visto demasiadas películas y que no distinguían entre una pantalla y la realidad. También había, según testigos de la ONU, miembros de unidades paramilitares que ofrecían esta “experiencia” como forma de recaudar dinero, de hacer negocio con la curiosidad morbosa de algunos turistas bélicos. En todos los casos, existía un elemento común, la deshumanización de la ciudad. Sarajevo no era vista como un sitio lleno de familias, sino como un tablero de juego con la muerte para satisfacer fantasías violentas. Y eso, a ojos de quienes intentaban sobrevivir, era una doble condena, sufrir el asedio y, además, la indiferencia de quienes les apuntaban -con mira telescópica- como una atracción en la feria de la repugnancia.

La vida en las calles mantenía una rutina imposible. Los habitantes de Sarajevo habían convertido los movimientos más simples, ir a buscar agua o conseguir pan, en operaciones calculadas. Había un mapa implícito de la ciudad que sólo entendían los que la caminaban. Una calle era segura hasta las 11:00 -la hora que abría la atracción-, una esquina se convertía en peligrosa si el sol estaba alto o, así mismo, la avenida que debía atravesarse en zigzag, sin dudar. Por eso, muchos ciudadanos aprendieron a andar pegados a las paredes, como si fueran sombras. Las fachadas mostraban cientos de marcas, cada una testigo de un disparo que quizá no había encontrado a una víctima. O quizás sí. Los habitantes recuerdan que, algunos días, las balas surcaban erráticas como si el francotirador fuera un torpe. Ese día disparaban mal.

Algunos soldados de las fuerzas de paz de la ONU también habían percibido esta actividad, pero no se quiso intervenir de forma directa ni decidida alegando que la ciudad era demasiado grande, el asedio demasiado denso y la cadena de responsabilidades demasiado confusa. La negligencia internacional, combinada con el caos interno, había creado un ecosistema -un infierno- en el que incluso la crueldad más abyecta tenía precio.

Hoy, más de treinta años después, la mayoría de quienes vivieron el asedio prefieren hablar de resistencia, solidaridad y supervivencia. Mencionar a los francotiradores de pago es remover el lodo moral que todavía salpica esas calles. Pero negar su existencia será falsear la historia. Sarajevo no sólo fue víctima de un asedio militar, sino también de una industria oscura que algunos hicieron muy rentable.

Sarajevo sobrevivió a todo esto. Sí, pero el hecho de que, en algún momento, hubiera alguien dispuesto a pagar por apretar el gatillo, dice mucho sobre la condición humana. Al horror del conflicto cabe añadir la perversidad sin objetivos bélicos. Sólo una experiencia que, espero, nunca expliquen ni se vanaglorien de ella. Que el eco de aquellos disparos no les deje dormir ni existir en paz consigo mismos. Una condena mínima y razonable.

 

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