El 2025 no entrará en el repertorio de los calendarios
a codazos. No ha quebrado nada abruptamente ni ha impuesto un nuevo relato. Se
ha limitado a ocupar espacio, como suelen los trastos acumulados, sin pedir
permiso, con una persistencia agotadora. No será un año loado por sus hazañas
ni por derribos memorables, sino por una suma de decepciones en apariencia
menores que, reunidas, acaban creando un hato. No ha sido trágico ni glorioso.
Pero sí incómodo. Si el 2024 aún jugaba a sorprender, el 2025 ha apostado
directamente por el agotamiento. Algo, francamente, turbador.
La política del 2025 ha confirmado cómo la indignación
ya no moviliza, distrae. Gobiernos, oposiciones y creadores de opinión han
perfeccionado el arte de decir cosas sin aludir específicamente a ninguna. Se
ha hablado mucho de responsabilidad, de consenso y de futuro, tres palabras
que, combinadas, suelen indicar que no acontece gran cosa a corto plazo que no
sea almacenar amenazas con mucha chatarra armamentista. Los asuntos no han
empeorado lo suficiente para provocar alarma, pero sí para desgastar. Se ha
asumido con una rapidez que preocupa. No ha habido pánico, sólo gestos
pesimistas con un empeño casi rutinario. La política ha terminado por demostrar
que la exasperación ya no incendia nada; a lo sumo, ilumina breves espacios de
tiempo con astracanadas imperiales cautivadoras. Las palabras circulan con fluidez,
pero ingrávidas. Responsabilidad, consenso, futuro integran un léxico
tranquilizador, pronunciado en voz baja cuando hablar claro se
ha convertido en el patrimonio grosero del insulto. También se ha aprendido a
decir sin decir, a prometer sin implicarse para llenar un espacio sin
alterarlo.
Catalunya ha continuado instalada en este lugar
extraño en el que todo es importante, pero nada parece urgente, con mesas de
diálogo de gran gesticulación conceptual. Exiguas herramientas políticas. En
España, el relato fue el de la estabilidad frágil presentada como una hazaña
heroica. Pactar es un acto de valentía casi revolucionario y cumplir acuerdos,
como una opción sujeta a la disponibilidad emocional del momento. En el mundo,
la geopolítica ha seguido funcionando como una sesión mal moderada en la que
todo el mundo habla, nadie escucha y, de vez en cuando, se envía un mensaje vehemente.
Los conflictos se alargan, las soluciones se aplazan y la comunidad
internacional emite comunicados con la misma eficacia que un paraguas
agujereado.
La economía de 2025 ha sido un ejercicio colectivo de
malabarismo arancelario. Inflación que sube cuando no toca, precios que no
bajan nunca cuando toca, y sueldos que simulan que se estiran mientras
permanecen iguales. El mensaje oficial ha sido tranquilizador: "vamos
mejor". El mensaje real: "vamos resistiendo". Hablar de vivienda
ha sido como hablar del tiempo, todo el mundo se queja, nadie puede hacer gran
cosa y siempre acaba lloviendo donde más duele. Comprar es una fantasía,
alquilar es una carrera de obstáculos cuando emanciparse se ha convertido en
una temeridad. Las empresas han descubierto que la palabra "resiliencia"
sirve tanto para justificar despidos como para vender optimismo corporativo.
Mientras, los trabajadores han comprobado cómo la flexibilidad siempre es
obligatoria.
2025 ha sido el año en que la tecnología ha acabado de
convencernos de que puede hacerlo todo, salvo traernos la paz. La inteligencia
artificial redacta textos, hace diagnósticos, recomienda contenidos y toma
decisiones con una seguridad que ya querríamos muchos humanos. El problema no
es que se equivoque, es que a menudo no sabemos quién ha decidido dejarla
decidir. La privacidad ha continuado siendo ese valor abstracto que defendemos
con ímpetu hasta que aceptamos todas las galletas para leer un artículo
mediocre como éste. Las redes sociales, lejos de morir, han mutado en versiones
aún más adictivas, demostrando que el negocio no es conectar a personas, sino
retener la atención a cualquier precio.
La cultura en 2025 no ha salvado al mundo, pero ha
ayudado a no tirarlo a la papelera. Series, libros, teatro y conciertos han ejercido
de almohada emocional colectiva. Hemos consumido ficción apocalíptica para
relajarnos, como quien mira películas de desastres para recordar que siempre
podría ir a peor. En Catalunya, la cultura ha continuado haciendo equilibrios
entre la precariedad y la persistencia. Festivales llenos, creadores extenuados
e instituciones que llegan tarde, pero con discursos muy trabados. La lengua y
la identidad han estado presentes como un motor creativo.
Uno de los triunfos silenciosos de 2025 ha sido
convertirlo casi todo en ordinario, usual. La crisis climática, los conflictos
lejanos pero constantes, el cansancio compartido. Todo forma parte del paisaje
panorámico. Vivimos informados, pero emocionalmente a cierta distancia. Nos
activamos brevemente, opinamos con intensidad corta y después continuamos. No
por indiferencia, sino por supervivencia y -también- por salud mental.
El 2025 no se termina, se amontona y se arrastra. No
deja demasiados aprendizajes, sino hábitos. Nos hemos acostumbrado a todo -a
los precios absurdos, a los discursos vacíos, a las crisis eternas- con una
rapidez que debería preocupar más que tranquilizar. Hemos ligado adaptación con
resignación, sarcasmo con inteligencia y cansancio con plenitud. Reírnos del
desastre ayuda a digerirlo, pero no lo derrite. Sólo lo hace llevadero.
El 2026 llegará ofreciendo cambios, como siempre. El
problema es si todavía recordaremos lo que queríamos que cambiara. Porque
quizás lo peor que nos ha dejado el 2025 no es un mundo que funciona mal, sino
una sociedad que ya lo encuentra normal.
¡Buen 2026!
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