El nuevo año llega cargado de desafíos que obligarían
a gobiernos, empresas y al personal en general a tomar decisiones cada vez menos
aplazables. Las propuestas delicadas son medidas impopulares; aquéllas que
exigen repensar preferencias, asumir costes y aceptar que implican renuncias.
El debate es especialmente relevante en un contexto global marcado por
tensiones geopolíticas, transformaciones tecnológicas galopantes y una crisis
climática que ya no admite dilaciones.
En la vertiente más personal he pedido este año a los
reyes magos menos carbón y más energía positiva. Unos cielos limpios con más
gorriones que aviones rasgando el horizonte y respeto por las acciones que nos
alejen de las catástrofes climáticas. Una voluntad contradictoria si no consigo
dejar de fumar. Más que acumular objetivos, quisiera simplificar, elegir mejor
y valorar lo que realmente importa. Poner algunos límites para ser capaz de
proteger el tiempo, la energía y la paz conmigo mismo. Sin fugas, ceremonias
complicadas ni tener que abrazar árboles centenarios. Sólo un espacio íntimo,
una especie de refugio en el que cobijarme de las expectativas externas a la vez
que me permitan cultivar las relaciones significativas -las que importan-.
Quisiera alejarme de la urgencia y de la inmediatez apremiantes.
No quiero perder la curiosidad. Continuar siendo un
aprendiz de la vida con intención. Quizás hacer menos, pero intentarlo un poco
mejor buscando el apoyo de aquellas personas que nos hacen sentir bien y en
paz, fieles con nosotros mismos. Debería ser un año para vivir con mayor
voluntad. Hacer menos, pero cumplir con intensidad. Elegir proyectos que nos
ilusionen, rodearnos de personas que nos hagan crecer y dedicar tiempo a lo que
nos aporta sosiego. Sin embargo, si algún propósito se pierde por el camino,
siempre podemos volver a intentarlo. A pesar de la apacible monotonía, todos
los días pueden ser una oportunidad.
La primera de las intenciones, no tan personal como
dejar de fumar e ir al gimnasio, debería ser desactivar a Trump y a su big band. Un festival de polémicas escandalosas con aranceles que han desguazado la
economía, deportaciones masivas, insultos virales y decisiones extravagantes
que han encendido medio mundo. Tensiones comerciales con los mercados
inquietos. Mano dura migratoria con medidas severas -y asesinas- altamente
criticadas por las ONG y algunos gobiernos extranjeros. Insultos y salidas de
tono, incluyendo comentarios machistas y demandas grotescas como querer el
Nobel de la Paz. Regalos y favores muy sospechosos, el de un avión de 400
millones procedente de Qatar que encendió muchas alarmas. Caos institucional,
con el cierre de gobierno más largo de la historia en un año lleno de barullos
encadenados. Una sinfonía de despropósitos con la guinda de Venezuela -un
regalo de Fin de Año-, o la brújula que le lleva a la locura de pretender
asaltar Groenlandia. El bocazas de Trump afirma que el único límite que tiene
es su propia conciencia: "Mi propia moralidad. Mi propio criterio. Es lo
único que puede detenerme". Concluye: "No necesito el derecho
internacional".
Hacía tiempo que la inquietud y la incertidumbre no
campaban tan abiertamente en el momento actual. El impacto de la influencia de
los factores geográficos, económicos y políticos persistentes sobre las
relaciones internacionales viven una época de vacas flacas colgando de un hilo finísimo.
No es ningún capricho, pues, que en los deseos de paz y felicidad entren en
conflicto cuando una es condición para la otra. También lo he puesto en la
carta a sus majestades de oriente, aunque sea un manifiesto a la inocencia o un
tratado en papel mojado de buena voluntad cargado de ingenuidad.
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