domingo, 11 de enero de 2026

Quebraderos futuros de cabeza.

 

El nuevo año llega cargado de desafíos que obligarían a gobiernos, empresas y al personal en general a tomar decisiones cada vez menos aplazables. Las propuestas delicadas son medidas impopulares; aquéllas que exigen repensar preferencias, asumir costes y aceptar que implican renuncias. El debate es especialmente relevante en un contexto global marcado por tensiones geopolíticas, transformaciones tecnológicas galopantes y una crisis climática que ya no admite dilaciones.

En la vertiente más personal he pedido este año a los reyes magos menos carbón y más energía positiva. Unos cielos limpios con más gorriones que aviones rasgando el horizonte y respeto por las acciones que nos alejen de las catástrofes climáticas. Una voluntad contradictoria si no consigo dejar de fumar. Más que acumular objetivos, quisiera simplificar, elegir mejor y valorar lo que realmente importa. Poner algunos límites para ser capaz de proteger el tiempo, la energía y la paz conmigo mismo. Sin fugas, ceremonias complicadas ni tener que abrazar árboles centenarios. Sólo un espacio íntimo, una especie de refugio en el que cobijarme de las expectativas externas a la vez que me permitan cultivar las relaciones significativas -las que importan-. Quisiera alejarme de la urgencia y de la inmediatez apremiantes. 

No quiero perder la curiosidad. Continuar siendo un aprendiz de la vida con intención. Quizás hacer menos, pero intentarlo un poco mejor buscando el apoyo de aquellas personas que nos hacen sentir bien y en paz, fieles con nosotros mismos. Debería ser un año para vivir con mayor voluntad. Hacer menos, pero cumplir con intensidad. Elegir proyectos que nos ilusionen, rodearnos de personas que nos hagan crecer y dedicar tiempo a lo que nos aporta sosiego. Sin embargo, si algún propósito se pierde por el camino, siempre podemos volver a intentarlo. A pesar de la apacible monotonía, todos los días pueden ser una oportunidad.

La primera de las intenciones, no tan personal como dejar de fumar e ir al gimnasio, debería ser desactivar a Trump y a su big band. Un festival de polémicas escandalosas con aranceles que han desguazado la economía, deportaciones masivas, insultos virales y decisiones extravagantes que han encendido medio mundo. Tensiones comerciales con los mercados inquietos. Mano dura migratoria con medidas severas -y asesinas- altamente criticadas por las ONG y algunos gobiernos extranjeros. Insultos y salidas de tono, incluyendo comentarios machistas y demandas grotescas como querer el Nobel de la Paz. Regalos y favores muy sospechosos, el de un avión de 400 millones procedente de Qatar que encendió muchas alarmas. Caos institucional, con el cierre de gobierno más largo de la historia en un año lleno de barullos encadenados. Una sinfonía de despropósitos con la guinda de Venezuela -un regalo de Fin de Año-, o la brújula que le lleva a la locura de pretender asaltar Groenlandia. El bocazas de Trump afirma que el único límite que tiene es su propia conciencia: "Mi propia moralidad. Mi propio criterio. Es lo único que puede detenerme". Concluye: "No necesito el derecho internacional".

Hacía tiempo que la inquietud y la incertidumbre no campaban tan abiertamente en el momento actual. El impacto de la influencia de los factores geográficos, económicos y políticos persistentes sobre las relaciones internacionales viven una época de vacas flacas colgando de un hilo finísimo. No es ningún capricho, pues, que en los deseos de paz y felicidad entren en conflicto cuando una es condición para la otra. También lo he puesto en la carta a sus majestades de oriente, aunque sea un manifiesto a la inocencia o un tratado en papel mojado de buena voluntad cargado de ingenuidad.

 

 

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