De
acuerdo con el boletín oficial de las liturgias, el tiempo de adviento comienza
el cuarto domingo antes de la fiesta de Navidad. El encendido de luces, entre
las rivalidades por quién eleva el árbol más alto, más grueso y más iluminado,
ensancha el período en una competencia casi desleal para exhibirlo en cada
edición más cargada de connotaciones fálicas que beatíficas. ¿Quién lo tendrá
más largo? Si descartamos el plantado permanentemente por la escuela gaudiniana
en la Sagrada Familia -culminada casi la torre de Jesucristo con la cruz-, la
palma se la lleva el empinado alcalde de Badalona.
Inmersos
en el consumismo de este tiempo de burbujas y guiños, la laicidad gana terreno
pese a la implacable oscuridad impuesta por el solsticio de invierno. El nombre
sí hace la cosa en la intención trascendente de los creyentes irradiados por la
buena nueva: el hijo de Dios ha nacido. Un paseo por las ferias de Navidad en
las grandes ciudades ilustra y permite llenar los rincones del hogar con
guirnaldas y elementos decorativos donde el resplandor, los colores y todo tipo
de accesorios compiten para calentar la frialdad ambiental de los días. Elementos
de temporada que salen y reviven año tras año. El tió, Papá Noel, los abetos y uno que tiene -o tenía- especial
protagonismo, el pesebre. Éste representa el microcosmos en miniatura del
momento en que nace el Salvador. Un mapa, una representación estática a escala
de los personajes bíblicos que le van a adorar. Son todavía muchos los lugares
donde se representa y recrea la escena con belenes vivientes.
Este
año, en Barcelona, no existe el tradicional pesebre que el Ayuntamiento armaba
en la plaza de Sant Jaume. Los críticos y los devotos de la iniciativa han
perdido los argumentos, no hay una referencia física convocando el espíritu
navideño desde las tendencias y estéticas diversas que lucían las ediciones
anteriores, cuando se instalaba. Muerto el perro, muerta la rabia, pues.
Perduran los pesebres de siempre desempolvados Navidad tras Navidad en lugares
e iglesias donde la tradición no es susceptible de ser interpretada. Belenes
como es debido, sin irreverencias, murmura una bienaventurada abuela admirando los
mofletes tiernos del Niño Jesús. Si pudiera acercarse, se lo comería a besos.
Estas
Navidades, el consistorio barcelonés ha puesto el foco, según fuentes bien
informadas, a lo ancho de toda la ciudad. Toda Barcelona es un belén, del
Llobregat al Besòs y desde Montjuïc -de la Font del Gat- al Moll de la Fusta.
Toda la cuadrícula de Cerdà con las irregularidades excepcionales, a la vez,
territorio propicio para un pesebre -no me atrevo a llamarlo viviente- con el
epicentro incuestionable en la fachada del Nacimiento de Gaudí. Mientras
algunos quieren llegar al cielo trepando rama a rama, Barcelona ha sido
distinguida como Capital Europea de la Navidad 2026. Un reconocimiento internacional
esquivando el vértigo de las alturas que este año el Ayuntamiento empieza a
ensayar.
Barcelona,
capital del belén europeo, mapa nocturno de calles resplandecientes siguiendo
la proporción de un urbanismo racional con puntos significados para atraer a
miles y miles de pastorcillos con zurrón de ruedas desafinando villancicos por
las aceras. La Navidad también nos avanza vertiginosamente -cuidado, pajes por
la derecha en patinete- mientras viajan los tres Reyes Magos guiando un tropel
veloz de misiles como estrellas. Se acercan majestuosamente el rubio de
epidermis enfermiza -azafranada-, el blanco que se parecería a Putin con barba
blanca postiza y uno negro pintado de manera torpe siguiendo nuestra costumbre,
que podría ser tanto el dirigente chino como el presidente israelí. En el
decorado festivo, la Torre Agbar, o como se llame ahora -la conocida como el
supositorio- es un faro para los aviones -camellos presidenciales- rumbo a la
Ricarda, donde los patos astutos han migrado huyendo de las cazuelas con nabos
de la cocina festiva. A Trump le da la impresión desde las alturas que el mojón
deslumbrante de la torre es la deposición literal del tió donde se proyecta un flequillo enredado y unas patillas de
vocalista patético; podría ser Milei con los pantalones bajados en actitud poco
digna.
Según
las citadas fuentes municipales, desde la gerencia del Área de Movilidad,
Infraestructuras y Servicios Urbanos del Ayuntamiento de Barcelona se trabaja y
se está al caso respecto de aupar Barcelona al nivel de Vigo o de Badalona. Más
allá todavía, deben poder arrugarlas. Los responsables de la movilidad le dan
vueltas. Analizan el impacto de los rótulos de la calle Aragó, por ejemplo, del
"Vens per Nadal?", "Busca el caganer!", "Més escudella!", "I demà, canelons", "Quants serem?", "Qui porta el cava?", al que cierra
la serie "A dormir d'hora", un guiño rompedor en la cronología
narrativa de les sucesivas fiestas desde el día de Navidad a la festividad de
Reyes. Los índices de topetazos leves a causa de las distracciones, cuando se
encienden los rótulos luminosos de esta calle, han subido notablemente. Ya hay
quien, de cara al 2026, ha propuesto retirarlos matando dos pájaros -no dos
patos de la Ricarda- de un tiro. Se trataría de rechazar la tentación
provinciana por los mensajes -en catalán- y ahorrar sustos y actos de
conciliación por los testarazos leves en carrocerías sensibles.
Detectados
a vista de pájaro los colapsos circulatorios por las huelgas recientes, los
responsables están rumiando la posibilidad de exigir medidas adicionales para
autorizar estos disturbios gremiales en la calle coincidiendo con la nominación
de Capital Europea de la Navidad 2026. Los taxistas deberán manifestarse
disfrazados de elfos traviesos con los vehículos tuneados de trineo con renos mientras
los médicos enojados de bata blanca deberán mimetizarse con el paisaje urbano
navideño como si fueran muñecos de nieve con gafas y una zanahoria por nariz.
¡Buen
adviento!
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