sábado, 13 de diciembre de 2025

Pesebre viviente.

 

De acuerdo con el boletín oficial de las liturgias, el tiempo de adviento comienza el cuarto domingo antes de la fiesta de Navidad. El encendido de luces, entre las rivalidades por quién eleva el árbol más alto, más grueso y más iluminado, ensancha el período en una competencia casi desleal para exhibirlo en cada edición más cargada de connotaciones fálicas que beatíficas. ¿Quién lo tendrá más largo? Si descartamos el plantado permanentemente por la escuela gaudiniana en la Sagrada Familia -culminada casi la torre de Jesucristo con la cruz-, la palma se la lleva el empinado alcalde de Badalona.

Inmersos en el consumismo de este tiempo de burbujas y guiños, la laicidad gana terreno pese a la implacable oscuridad impuesta por el solsticio de invierno. El nombre sí hace la cosa en la intención trascendente de los creyentes irradiados por la buena nueva: el hijo de Dios ha nacido. Un paseo por las ferias de Navidad en las grandes ciudades ilustra y permite llenar los rincones del hogar con guirnaldas y elementos decorativos donde el resplandor, los colores y todo tipo de accesorios compiten para calentar la frialdad ambiental de los días. Elementos de temporada que salen y reviven año tras año. El tió, Papá Noel, los abetos y uno que tiene -o tenía- especial protagonismo, el pesebre. Éste representa el microcosmos en miniatura del momento en que nace el Salvador. Un mapa, una representación estática a escala de los personajes bíblicos que le van a adorar. Son todavía muchos los lugares donde se representa y recrea la escena con belenes vivientes.

Este año, en Barcelona, ​​no existe el tradicional pesebre que el Ayuntamiento armaba en la plaza de Sant Jaume. Los críticos y los devotos de la iniciativa han perdido los argumentos, no hay una referencia física convocando el espíritu navideño desde las tendencias y estéticas diversas que lucían las ediciones anteriores, cuando se instalaba. Muerto el perro, muerta la rabia, pues. Perduran los pesebres de siempre desempolvados Navidad tras Navidad en lugares e iglesias donde la tradición no es susceptible de ser interpretada. Belenes como es debido, sin irreverencias, murmura una bienaventurada abuela admirando los mofletes tiernos del Niño Jesús. Si pudiera acercarse, se lo comería a besos.

Estas Navidades, el consistorio barcelonés ha puesto el foco, según fuentes bien informadas, a lo ancho de toda la ciudad. Toda Barcelona es un belén, del Llobregat al Besòs y desde Montjuïc -de la Font del Gat- al Moll de la Fusta. Toda la cuadrícula de Cerdà con las irregularidades excepcionales, a la vez, territorio propicio para un pesebre -no me atrevo a llamarlo viviente- con el epicentro incuestionable en la fachada del Nacimiento de Gaudí. Mientras algunos quieren llegar al cielo trepando rama a rama, Barcelona ha sido distinguida como Capital Europea de la Navidad 2026. Un reconocimiento internacional esquivando el vértigo de las alturas que este año el Ayuntamiento empieza a ensayar.

Barcelona, capital del belén europeo, mapa nocturno de calles resplandecientes siguiendo la proporción de un urbanismo racional con puntos significados para atraer a miles y miles de pastorcillos con zurrón de ruedas desafinando villancicos por las aceras. La Navidad también nos avanza vertiginosamente -cuidado, pajes por la derecha en patinete- mientras viajan los tres Reyes Magos guiando un tropel veloz de misiles como estrellas. Se acercan majestuosamente el rubio de epidermis enfermiza -azafranada-, el blanco que se parecería a Putin con barba blanca postiza y uno negro pintado de manera torpe siguiendo nuestra costumbre, que podría ser tanto el dirigente chino como el presidente israelí. En el decorado festivo, la Torre Agbar, o como se llame ahora -la conocida como el supositorio- es un faro para los aviones -camellos presidenciales- rumbo a la Ricarda, donde los patos astutos han migrado huyendo de las cazuelas con nabos de la cocina festiva. A Trump le da la impresión desde las alturas que el mojón deslumbrante de la torre es la deposición literal del tió donde se proyecta un flequillo enredado y unas patillas de vocalista patético; podría ser Milei con los pantalones bajados en actitud poco digna.

Según las citadas fuentes municipales, desde la gerencia del Área de Movilidad, Infraestructuras y Servicios Urbanos del Ayuntamiento de Barcelona se trabaja y se está al caso respecto de aupar Barcelona al nivel de Vigo o de Badalona. Más allá todavía, deben poder arrugarlas. Los responsables de la movilidad le dan vueltas. Analizan el impacto de los rótulos de la calle Aragó, por ejemplo, del "Vens per Nadal?", "Busca el caganer!", "Més escudella!", "I demà, canelons", "Quants serem?", "Qui porta el cava?", al que cierra la serie "A dormir d'hora", un guiño rompedor en la cronología narrativa de les sucesivas fiestas desde el día de Navidad a la festividad de Reyes. Los índices de topetazos leves a causa de las distracciones, cuando se encienden los rótulos luminosos de esta calle, han subido notablemente. Ya hay quien, de cara al 2026, ha propuesto retirarlos matando dos pájaros -no dos patos de la Ricarda- de un tiro. Se trataría de rechazar la tentación provinciana por los mensajes -en catalán- y ahorrar sustos y actos de conciliación por los testarazos leves en carrocerías sensibles.

Detectados a vista de pájaro los colapsos circulatorios por las huelgas recientes, los responsables están rumiando la posibilidad de exigir medidas adicionales para autorizar estos disturbios gremiales en la calle coincidiendo con la nominación de Capital Europea de la Navidad 2026. Los taxistas deberán manifestarse disfrazados de elfos traviesos con los vehículos tuneados de trineo con renos mientras los médicos enojados de bata blanca deberán mimetizarse con el paisaje urbano navideño como si fueran muñecos de nieve con gafas y una zanahoria por nariz.

¡Buen adviento!

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