martes, 23 de diciembre de 2025

Inmigración en Catalunya.

 

Un día de principios de los años sesenta mi padre me dijo que quizás vendría a vivir a casa una familia andaluza que buscaba trabajo y alojamiento. Un evento que no se concretó porque las circunstancias les fueron favorables. En un rincón de la memoria infantil borrosa guardo el agradecimiento de aquella gente. Media eternidad después recuerdo cómo la Inspección de Educación me anunció que había sido propuesto para dirigir un centro de alta complejidad en Badalona, ​​el B9. La incertidumbre y mi asombro sólo duró tres días, un profesor del claustro asumió la responsabilidad. Ahora, el instituto B9 -cerrado- es portada en los medios por la contundencia con que se ha desalojado, porque hace frío, porque bajo los puentes también llueve a cántaros y porque es Navidad. Dickens y el señor Scrooge cobran vigencia más allá de las representaciones edulcoradas en formato cuento de Navidad.  

Me duele Badalona -que bonita es Badalona, ​​se cantaba- ciudad donde trabajé durante siete cursos desde el postolímpico 1992. Entre el fulgor y los árboles de Navidad de récord, sufre un episodio de desalojo que, como mínimo, se da de bofetadas. Badalona no es ajena al fenómeno migratorio. De aquél con el que se compartía nacionalidad y creencia, a pesar del estigma social impuesto por la diferencia de clase y de origen geográfico peninsular, que definía el -hoy- descatalogado charnego, hemos llegado al moro o al negro. Sólo un par de cromos en el gran catálogo del álbum étnico en el metro en horas punta, por ejemplo. De la huida de la miseria -que ahora también lo es- a escapar de los conflictos y las desigualdades globales Norte-Sur buscando oportunidades y proyectos para rehacer vidas.

  Los protagonistas son siempre los débiles, los pobres. Los de esa época provenían mayoritariamente de Andalucía, Extremadura, Murcia y Castilla-La Mancha. En mi pueblo en el Ripollès cercano a Francia los llamábamos los de las Castillas, un plural que englobaba la totalidad de orígenes quizás porque todos hablaban castellano. La oleada actual es heterogénea. De Marruecos, de América Latina, de la Europa del Este, del África subsahariana, o de Asia. Esta diversidad aporta una pluralidad de lenguas, religiones y de costumbres en una confluencia extraordinariamente compleja. La llegada masiva de los años cincuenta pilló las ciudades catalanas desprevenidas. Barraquismo inicial y, más tarde, la construcción de grandes polígonos de bloques de pisos en zonas periféricas. Eran barrios dormitorio con graves carencias de servicios básicos y de urbanismo, donde la lucha vecinal fue clave para conseguir escuelas, ambulatorios, asfalto o alcantarillados.

La inmigración ya no construye frágiles chabolas, pero se enfrenta a la precariedad heredada de los centros históricos degradados o los propios barrios periféricos construidos en los años sesenta. Pisos patera sobreocupados con elevados precios del alquiler. Aunque los barrios cuentan con servicios, el riesgo de segregación escolar y residencial es una realidad. De los hombres viniendo a buscar trabajo a la fábrica o en la construcción para traer a la mujer y a los hijos una vez instalados a la inmigración actual donde la feminización es un rasgo distintivo. Muchas mujeres inician el proyecto migratorio, especialmente las de origen latinoamericano, viniendo solas para trabajar en el sector de los cuidados y el servicio doméstico.

Los inmigrantes de los años cincuenta entraron en una economía industrial en expansión pese a sus duras condiciones. Había una expectativa real de movilidad social ascendente: el padre era peón, pero el hijo podía llegar a la universidad. Hoy, el mercado laboral es mucho más inestable. Los inmigrantes suelen ocupar el sector servicios, hostelería y otros trabajos sin prestigio social ni demanda. El ascenso social es mucho más lento y difícil a causa de las crisis económicas cíclicas y la burocracia legal, la losa que a menudo condena a muchas personas a la economía sumergida durante años. El ascensor social se ha oxidado si todavía funciona.

Durante el franquismo, el catalán era una lengua perseguida que con la llegada de castellanohablantes fue utilizada por el régimen para intentar diluir la identidad nacional catalana. Sin embargo, muchos hijos de aquellos inmigrantes se catalanizaron a través de la escuela y el ascenso social, haciendo suya la consigna: "Es catalán todo aquel que vive y trabaja en Cataluña”. Actualmente, el contexto es distinto. El catalán es lengua oficial y vehicular en la escuela, pero compite en un mundo globalizado con el castellano y el inglés. Para los nuevos migrantes aprender catalán es una herramienta de integración, pero no siempre es su prioridad. La diversidad lingüística actual es un rompecabezas que incide de lleno en la cohesión social.

Catalunya ha pasado de ser una sociedad que integraba a otros españoles a ser una sociedad que debe incorporar el mundo entero. La inmigración de los 50 y 60 sentó las bases de la Catalunya moderna y demostró que la identidad catalana es maleable e inclusiva. La inmigración actual nos plantea un reto de mayor escala, pasar de la coexistencia a la convivencia real. El éxito de la Catalunya del futuro dependerá, como ocurrió en el pasado, de la capacidad de garantizar la igualdad de oportunidades para todos, independientemente de su lugar de nacimiento. Redefiniendo el mensaje, porque las migajas que caen de la mesa del feroz personalismo ultraconservador y populista son recogidas con una xenofobia rampante, como una mancha de aceite, también en esta orilla del Atlántico y del Ebro arriba. Persona también debe ser quien malvive y busca una oportunidad en el mundo.

Los profundos cambios económicos, políticos y culturales provocados por este fenómeno en las sociedades receptoras nos conducen a la gran cuestión. ¿Existirán voluntades y soluciones inteligentes, innovadoras y eficaces para afrontarla?

 

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