Un
día de principios de los años sesenta mi padre me dijo que quizás vendría a
vivir a casa una familia andaluza que buscaba trabajo y alojamiento. Un evento
que no se concretó porque las circunstancias les fueron favorables. En un
rincón de la memoria infantil borrosa guardo el agradecimiento de aquella
gente. Media eternidad después recuerdo cómo la Inspección de Educación me
anunció que había sido propuesto para dirigir un centro de alta complejidad en
Badalona, el B9. La incertidumbre y mi asombro sólo duró tres días, un
profesor del claustro asumió la responsabilidad. Ahora, el instituto B9
-cerrado- es portada en los medios por la contundencia con que se ha
desalojado, porque hace frío, porque bajo los puentes también llueve a cántaros
y porque es Navidad. Dickens y el señor Scrooge cobran vigencia más allá de las
representaciones edulcoradas en formato cuento de Navidad.
Me
duele Badalona -que bonita es Badalona, se cantaba- ciudad donde trabajé
durante siete cursos desde el postolímpico 1992. Entre el fulgor y los árboles
de Navidad de récord, sufre un episodio de desalojo que, como mínimo, se da de
bofetadas. Badalona no es ajena al fenómeno migratorio. De aquél con el que se
compartía nacionalidad y creencia, a pesar del estigma social impuesto por la
diferencia de clase y de origen geográfico peninsular, que definía el -hoy-
descatalogado charnego, hemos llegado al moro o
al negro. Sólo un par de cromos en el gran catálogo del álbum
étnico en el metro en horas punta, por ejemplo. De la huida de la miseria -que
ahora también lo es- a escapar de los conflictos y las desigualdades globales
Norte-Sur buscando oportunidades y proyectos para rehacer vidas.
Los
protagonistas son siempre los débiles, los pobres. Los de esa
época provenían mayoritariamente de Andalucía, Extremadura, Murcia y
Castilla-La Mancha. En mi pueblo en el Ripollès cercano a Francia los
llamábamos los de las Castillas, un plural que englobaba la
totalidad de orígenes quizás porque todos hablaban castellano. La oleada actual
es heterogénea. De Marruecos, de América Latina, de la Europa del Este,
del África subsahariana, o de Asia. Esta diversidad aporta una pluralidad de
lenguas, religiones y de costumbres en una confluencia extraordinariamente
compleja. La llegada masiva de los años cincuenta pilló las ciudades catalanas
desprevenidas. Barraquismo inicial y, más tarde, la construcción de
grandes polígonos de bloques de pisos en zonas periféricas. Eran barrios
dormitorio con graves carencias de servicios básicos y de urbanismo, donde la
lucha vecinal fue clave para conseguir escuelas, ambulatorios, asfalto o
alcantarillados.
La
inmigración ya no construye frágiles chabolas, pero se enfrenta a
la precariedad heredada de los centros históricos degradados o los
propios barrios periféricos construidos en los años sesenta. Pisos patera
sobreocupados con elevados precios del alquiler. Aunque los barrios cuentan con
servicios, el riesgo de segregación escolar y residencial es una realidad. De
los hombres viniendo a buscar trabajo a la fábrica o en la construcción para traer
a la mujer y a los hijos una vez instalados a la inmigración actual donde
la feminización es un rasgo distintivo. Muchas mujeres inician el
proyecto migratorio, especialmente las de origen latinoamericano, viniendo
solas para trabajar en el sector de los cuidados y el servicio doméstico.
Los
inmigrantes de los años cincuenta entraron en una economía industrial en
expansión pese a sus duras condiciones. Había una expectativa real de movilidad
social ascendente: el padre era peón, pero el hijo podía llegar a la
universidad. Hoy, el mercado laboral es mucho más inestable. Los inmigrantes
suelen ocupar el sector servicios, hostelería y otros trabajos sin prestigio
social ni demanda. El ascenso social es mucho más lento y difícil a causa de
las crisis económicas cíclicas y la burocracia legal, la losa que a menudo
condena a muchas personas a la economía sumergida durante años. El ascensor
social se ha oxidado si todavía funciona.
Durante
el franquismo, el catalán era una lengua perseguida que con la llegada de castellanohablantes
fue utilizada por el régimen para intentar diluir la identidad nacional
catalana. Sin embargo, muchos hijos de aquellos inmigrantes
se catalanizaron a través de la escuela y el ascenso social, haciendo
suya la consigna: "Es catalán todo aquel que vive y trabaja en
Cataluña”. Actualmente, el contexto es distinto. El catalán es lengua oficial y
vehicular en la escuela, pero compite en un mundo globalizado con el castellano
y el inglés. Para los nuevos migrantes aprender catalán es una herramienta de
integración, pero no siempre es su prioridad. La diversidad lingüística actual
es un rompecabezas que incide de lleno en la cohesión social.
Catalunya
ha pasado de ser una sociedad que integraba a otros españoles a
ser una sociedad que debe incorporar el mundo entero. La inmigración de los 50
y 60 sentó las bases de la Catalunya moderna y demostró que la identidad
catalana es maleable e inclusiva. La inmigración actual nos plantea un reto de
mayor escala, pasar de la coexistencia a la convivencia real. El éxito de la
Catalunya del futuro dependerá, como ocurrió en el pasado, de la capacidad de
garantizar la igualdad de oportunidades para todos, independientemente de su
lugar de nacimiento. Redefiniendo el mensaje, porque las migajas que caen de la
mesa del feroz personalismo ultraconservador y populista son recogidas con una
xenofobia rampante, como una mancha de aceite, también en esta orilla del
Atlántico y del Ebro arriba. Persona también debe ser quien malvive y busca una
oportunidad en el mundo.
Los
profundos cambios económicos, políticos y culturales provocados por este
fenómeno en las sociedades receptoras nos conducen a la gran cuestión.
¿Existirán voluntades y soluciones inteligentes, innovadoras y eficaces para
afrontarla?
No hay comentarios:
Publicar un comentario