Barcelona sin turistas -pero con
fútbol-. Qué época aquella, cuando estuve a punto de promover una plataforma antiguiris. Quién no recuerda con
nostalgia, al principio de la invasión bárbara, como todavía nos deteníamos
para que un extranjero con sandalias y calcetines indagara y encuadrara las
sombras favorables al perfil de la compañera contrastada en un monumento.
Después, coincidiendo con la tentación de la frustrada plataforma, con aires de
persona ajetreada cruzábamos por delante del objetivo sin demasiada
consideración. Es por eso que debo figurar en muchos álbumes y reportajes familiares
de todo el mundo como un personaje más, el típico tipo ocasional apresurado
yendo o volviendo del trabajo con cara de perro.
En Barcelona ya no se respira ese
intenso olor a protección solar. Aquellos cuerpos nórdicos soleados en exceso y
rebozados con la arena de la Barceloneta son platos que se han tenido que
descolgar del menú cosmopolita de la ciudad. Cuánto echo de menos el piso
turístico cercano y la convivencia festiva que radiaba todo de risas y de
desinhibición aliadas con la nocturnidad etílica en permanente estado festivo. ¿Dónde
las sonatas para el verano de los pentagramas dibujados en el cielo por las
estelas de los aviones? Del mismo modo, los hoteles permanecen a la deriva como
barcos fantasma con las luces de navegación apagadas.
¡Pero con fútbol! La frenética
actividad deportiva nos acerca a una relativa normalidad –virtual- donde los
partidos ya no son lo que eran, se diría que las rivalidades se resuelven en un
patio de escuela con derecho a barbacoa -virtual también-. Sin embargo, el
Barça se convierte en la precisa metáfora decadente de esta reanudación tan
inusual para paliar la tormenta en el universo del balón profesional. La vuelta
asmática al verde color césped del Barça confirmaría que tampoco ha sido
bendecida por el artefacto tecnológico que revisa, desde la latencia embotellada
y nada fresca, las jugadas delicadas. Ante la previsible derrota barcelonista
siempre podremos reprochar al Real Madrid que es un equipo mucho más fotogénico
para las asistencias arbitrales, ya que sale en los retratos mucho más
artísticamente favorecido.
Estos son días de reanudación en
una ciudad floreciente, todo verdura en un estallido intenso -como el césped
húmedo y sudado del Camp Nou-, del chirriar empoderado de las golondrinas
mientras las chismosas gaviotas en el puerto son testigos de cómo la tarde
empapa con un perfume intensamente luminoso los abrazos furtivos de
reencuentros largamente aplazados. ¡Barcelona y la mar!
Amortiguada y postrada ciudad que
se afana, una vez más, por distraer la resaca de la turbación recluida y de las
verbenas marchitas con petardos sin demasiado público -¡Han cerrado la Rambla!
-exclamó Jaume Sisa apelando a la soledad de esta arteria ahora medio huérfana
de paellas bastardas y sin la demanda urgente de cálices colosales con sangría
aguada. La normalidad empieza a asomar las narices por los establecimientos que
se arriesgan a abrir, por volverse razonables en los precios y por permitir
sentarse en las atalayas de toda la vida, las terrazas con vistas al paisaje
urbano que las pasea, sin tener que empeñar el almuerzo obligado con
preferencia por los foráneos con derecho, eso sí, a ser inmortalizados por la
pericia fotográfica de un políglota camarero avispado.
Con todo ello hemos perdido la
personalidad y media fisonomía tapados con las mascarillas. Cuántos vecinos de
los de toda la vida no nos reconocemos a primera vista. Entre la protección del
tapabocas sanitario, las gafas de sol y la gorra -¡Ah, eres tú!-soltamos así
que nos hemos repuesto del sobresalto y aparcamos la precaución de un choque
inquietante con un cangaceiro asalta azoteas. Un punto intrigante, pues, que
pone en valor la ventana del alma, los ojos, y compromete los murmullos en la
distancia -como el bolero-.
A pesar de todo estamos en verano.
Dejémonos calar por el perfume de cualquier tarde luminosa mientras una música
mágica nace del dedo de Colón allí, en el puerto -pregona Jaume Sisa-.
Genial.
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