¿A dónde habéis ido el día que
nos han liberado de las cadenas del confinamiento? ¿Dónde estáis ahora mismo? ¿Habéis
huido del cautiverio? Y si sois de los que nos hemos vuelto adictos a la
seguridad domiciliada en las barricadas de los balcones a los que nos hemos
tenido que habituar, ¿os sentís más libres? Algunos estragos emocionales
cargados de angustias sombrías y de miedo difuso figurarán en el muestrario que
ha florecido en esta rara primavera que se marchita. Estamos justo, sin
embargo, en el punto de poder quemar en la hoguera de San Juan todos estos
fantasmas de mal agüero que nos han azotado. Al menos por venganza, en una
verbena íntima contemplando los destellos en el cielo -virtual o no- deberíamos
poder tirar a las brasas purificadoras todas las tinieblas hasta asarlas l’ast.
¡Que así sea!
Me guardaré bien de pronosticar
si hemos salido mejores o no. Si habremos aprendido algo o no. Cada uno con su
catálogo de vivencias y el balance que podamos hacer con la condición de que la
suma de todas ellas puede imponer nuevas tendencias en la sección de
oportunidades -segunda planta-.
Empaquetar, cargar y salir de la
ciudad se convierte en un nuevo ritual muy especial -como la nueva normalidad- porque esta primera
fuga puede convertirse en una especie de éxodo camino del redescubrimiento del
pueblo o de la aldea que tanto anhelábamos de reencontrar. La tierra prometida
de la infancia a menudo habitada aún por aquellos con los que hace meses que no
hemos podido compartirnos. Pongamos por caso los ojos de los abuelos
reflejándose en la estupefacción de las criaturas por la deslocalización
impuesta -¡Mira cómo ha crecido!
Pasear los lugares magnificados
por la privación, volver a afianzar lo que solíamos mientras esperamos nuestro
turno a la manera profiláctica cuando parecería que hemos aplazado la urgencia
y no viene de aquí si se nos cuelan en la cola del comercio mientras nos
explicamos cómo nos ha tratado este paréntesis. Bienaventurados los respetuosos
con la cuarentena que han llegado al pueblo sin un fardo cargado de recelo en
el maletero. Somos los supervivientes no sospechosos por decreto de la
pandemia. ¡Ahora sí! Y al contrario del temido rechazo hemos practicado -a hurtadillas-
algún abrazo furtivo en un decidido estallido clandestino. Qué alegría
comprobar cómo el pelotón enmascarado de los vulnerables aún pasta, vivito y coleando
como comparsas de este eterno carnaval, por las calles de la parroquia.
Con todo habremos aprendido a
navegar -ya que somos unos primeros espadas en los trastos de la comunicación-
por inmersión y con el agua al cuello en esta realidad que nos ha llegado para establecerse.
Rutinas de larga estancia a pensión completa que normalizan lo excepcional y
que desgraciadamente dejan un reguero de naufragios. Desde los archipiélagos de
islas desérticas donde nos hemos resguardado comienzan a flotar un sinnúmero de
botellas vacías con mensajes mecidas por los oleajes de la imprevisibilidad
optimista.
¡Un abrazo mientras queman, en la
noche más mágica, las pesadillas iluminando la esperanza!
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