Tener que escribir algo desde la clausura
esta de la que cuesta tanto desembarazarse es un ejercicio temerario. No es que
habitualmente lo haga desde la escena del crimen, en directo, pero este
aislamiento tan profiláctico no permite contrastarlo. La situación, avalada por
las mascarillas, nos ha robado las sonrisas y el poder compartir desde el perfume
a la presencia de cuando nos achuchábamos las texturas. Nos han arrebatado las
sutiles complicidades que sustentaban las sospechas. Podemos, pues, asegurar
que el distanciamiento también ha aturdido el comadreo social y la presunción
de veracidad ahora -como siempre- también confinados. Hay que fiarse de las
ventanas asomados a los balcones de casa con un horizonte restringido.
Por eso no sé bien de qué hablar.
Algunos que conocéis esta manía personal sabéis que os he pedido en alguna
ocasión -¿Qué escribo?-. El síndrome de la pantalla en blanco -aseguraos de que
no se trata de un virus insolente- es tan frustrante como el reto de una hoja
de papel de toda la vida, analógica, desafiando lo que los inspirados señalan
como el requisito previo a la creación. ¿De qué hablo, pues?
Los síntomas, en luna menguante,
propician que la gaceta del desconfinamiento admita otros centros de interés
ajenos a la pandemia. Las secciones de los medios ya no son monotemáticas, se
va acabando referirse sólo al virus y al fútbol. La opinión y los editoriales van
arrinconando los diabólicos índices fluctuantes de la enfermedad y del juanete
de Messi en exclusiva a favor de la nueva
normalidad que ya ha hecho efectivo el disparo de salida así que los tribunales
han levantado las persianas y retoman la actividad manteniendo las distancias,
obviamente. ¡Pleitos tengas y los ganes!
Desconozco si el monarca
jubilado, el emérito, saldrá de ésta y qué efectos colaterales comportará. Si será
suficiente con la inviolabilidad preventiva ante la anunciada investigación de
la Fiscalía Suprema. La sentencia popular es otra cosa. Puede ir más allá del
concepto sacrosanto de la monarquía personificada en una trepidante biografía
repleta de asuntos diversos en la que alguien ya diseña los primeros planos
para una serie de intriga con muchos capítulos. De tótem nacional a truhan,
como un gorjeo de Julio Iglesias que remataría Raphael clamando aquello de ¡Escándalo, es un escándalo! Baladas sin
sospecha alguna para una probable banda sonora.
Cuestión de fe donde los dogmas
-también los ideológicos- sobrepasan las leyes de la física según el color de
los cristales con que nos lo contemplamos. Fijémonos sino en el único acto
heroico de Trump ante la revuelta cruzando a pie desde la Casa Blanca a una
iglesia cercana para exhibir una Biblia. Hay momentos y respuestas que
únicamente se pueden asumir -o manipular- desde la creencia, a ojos cerrados,
porque desafían todas las leyes de la racionalidad natural. Veremos, en ambos
casos, el de la corona y el de Trump, como finiquitan. Hará falta mucha fe e incinerar
muchos cirios a la muy nuestra Santa Rita y al ultramarino profeta
plenipotenciario de San Google.
En clave más cercana, la pitonisa
Pilar Rahola ya ha emitido sentencia respecto del testimonial regreso a los
centros escolares de este lunes. Lo resumió sin grises, con un garabato de
lápiz rojo muy grueso, como aquellas maestras severas que dejan deslizar las
gafas por la pendiente nasal antes de fulminarte con la predicción -¡Una
chapuza! Personalmente quiero dedicar un reconocimiento a los profesionales -y a
las familias también- que comprometen la paciencia y más ingredientes concibiendo
recursos. Con el gremio de la tiza -sea analógica o digital- todo el mundo se
atreve. Puestos a prevenir el futuro -o a juzgarlo- para superar la
"chapuza" espero que, en la maniobra de corresponsabilidad tremendamente
delicada entre la escuela y la familia, a los progenitores no se les exija,
para ejercer, una certificación de aptitud pedagógica.
La
Flaca,
en una esquina de La Habana, viste de coral negro el duelo por la pérdida de
Pau Donés. ¡Descansa en paz!
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