martes, 30 de junio de 2020

Perfume de tarde luminosa.


Barcelona sin turistas -pero con fútbol-. Qué época aquella, cuando estuve a punto de promover una plataforma antiguiris. Quién no recuerda con nostalgia, al principio de la invasión bárbara, como todavía nos deteníamos para que un extranjero con sandalias y calcetines indagara y encuadrara las sombras favorables al perfil de la compañera contrastada en un monumento. Después, coincidiendo con la tentación de la frustrada plataforma, con aires de persona ajetreada cruzábamos por delante del objetivo sin demasiada consideración. Es por eso que debo figurar en muchos álbumes y reportajes familiares de todo el mundo como un personaje más, el típico tipo ocasional apresurado yendo o volviendo del trabajo con cara de perro. 

En Barcelona ya no se respira ese intenso olor a protección solar. Aquellos cuerpos nórdicos soleados en exceso y rebozados con la arena de la Barceloneta son platos que se han tenido que descolgar del menú cosmopolita de la ciudad. Cuánto echo de menos el piso turístico cercano y la convivencia festiva que radiaba todo de risas y de desinhibición aliadas con la nocturnidad etílica en permanente estado festivo. ¿Dónde las sonatas para el verano de los pentagramas dibujados en el cielo por las estelas de los aviones? Del mismo modo, los hoteles permanecen a la deriva como barcos fantasma con las luces de navegación apagadas.

¡Pero con fútbol! La frenética actividad deportiva nos acerca a una relativa normalidad –virtual- donde los partidos ya no son lo que eran, se diría que las rivalidades se resuelven en un patio de escuela con derecho a barbacoa -virtual también-. Sin embargo, el Barça se convierte en la precisa metáfora decadente de esta reanudación tan inusual para paliar la tormenta en el universo del balón profesional. La vuelta asmática al verde color césped del Barça confirmaría que tampoco ha sido bendecida por el artefacto tecnológico que revisa, desde la latencia embotellada y nada fresca, las jugadas delicadas. Ante la previsible derrota barcelonista siempre podremos reprochar al Real Madrid que es un equipo mucho más fotogénico para las asistencias arbitrales, ya que sale en los retratos mucho más artísticamente favorecido.

Estos son días de reanudación en una ciudad floreciente, todo verdura en un estallido intenso -como el césped húmedo y sudado del Camp Nou-, del chirriar empoderado de las golondrinas mientras las chismosas gaviotas en el puerto son testigos de cómo la tarde empapa con un perfume intensamente luminoso los abrazos furtivos de reencuentros largamente aplazados. ¡Barcelona y la mar! 

Amortiguada y postrada ciudad que se afana, una vez más, por distraer la resaca de la turbación recluida y de las verbenas marchitas con petardos sin demasiado público -¡Han cerrado la Rambla! -exclamó Jaume Sisa apelando a la soledad de esta arteria ahora medio huérfana de paellas bastardas y sin la demanda urgente de cálices colosales con sangría aguada. La normalidad empieza a asomar las narices por los establecimientos que se arriesgan a abrir, por volverse razonables en los precios y por permitir sentarse en las atalayas de toda la vida, las terrazas con vistas al paisaje urbano que las pasea, sin tener que empeñar el almuerzo obligado con preferencia por los foráneos con derecho, eso sí, a ser inmortalizados por la pericia fotográfica de un políglota camarero avispado.

Con todo ello hemos perdido la personalidad y media fisonomía tapados con las mascarillas. Cuántos vecinos de los de toda la vida no nos reconocemos a primera vista. Entre la protección del tapabocas sanitario, las gafas de sol y la gorra -¡Ah, eres tú!-soltamos así que nos hemos repuesto del sobresalto y aparcamos la precaución de un choque inquietante con un cangaceiro asalta azoteas. Un punto intrigante, pues, que pone en valor la ventana del alma, los ojos, y compromete los murmullos en la distancia -como el bolero-. 

A pesar de todo estamos en verano. Dejémonos calar por el perfume de cualquier tarde luminosa mientras una música mágica nace del dedo de Colón allí, en el puerto -pregona Jaume Sisa-.

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