La nueva normalidad tiene algo de coche de segunda mano habituado a
los vicios mecánicos heredados de una conducción tosca, con el asiento del
conductor chamuscado por los rescoldos de cigarrillo que aterrizan fortuitamente
y con el cristal de una ventana atrancado. Quería decir que las evidencias de
la nueva realidad recién reeditada
llegan con demasiados defectos de fábrica agravadas por la degradación del
modelo anterior que ya andaba cerca del desguace.
Asistimos al estreno de la
representación en un escenario grandilocuente que se tambalea acompasadamente
por un ataque de tos inoportuno en el primer acto de la tragedia mientras el
protagonista tropieza en el monólogo. El aturdimiento por el desenlace nos
tiene fascinados y, al mismo tiempo, bastante acojonados porque desconfiamos de
cómo puede terminar este drama, con la platea tiesa.
Incertidumbre, rotulado en el luminoso
llamativo de neón, es el título de la obra escénica proyectada en la inmensa
pantalla panorámica de cine al aire libre de verano a la que asistimos,
inusualmente despanzurrados, desde nuestro vehículo, un Laberinto -el vehículo de la gama crossover- recién salido de la factoría Desconcierto versión híbrida.
Incertidumbre o enredo, como prefiráis,
es el mismo. Otra mercancía de la cadena de producción de la casa Desconcierto, una multinacional on line al margen del costalazo
económico; al contrario, con los valores trepando como la espuma por los
índices bursátiles. Incertidumbre es también una infalible bola de cristal turbia
-de ahí el éxito- que pretende predecir -a la vez que ornamentar- qué nos
espera en todos los ámbitos empleada con cuartelaria retórica populista por el
presidente brasileño, Jair Bolsonaro, cuando asocia el uso de la mascarilla a
un asunto propio de gais.
Incertidumbre sanitaria, social,
política, económica... a la larga, personal. ¿Alguien es capaz de planificar
una ruta de navegación inmediata con acierto y precaución? Esto parece no tener
fin mientras decidimos por qué dirección nos decantamos, la protección extrema
contra el virus con un probable segundo confinamiento o por la reanudación
relativa de la actividad con el riesgo que esto puede conllevar. Asumir este
peligro puede tener un coste elevado si el contagio se dispara incontrolado y
galopante a pesar de la calor y el freno estacional que se le suponía.
Estamos donde estábamos con un
poco más de experiencia, pero más cansados y menos heroicos. Espero que no
tengamos que salir a agradecer a los sanitarios de nuevo la hazaña formidable
que desarrollan. Deseo que no nos vuelvan a poner a prueba, a nosotros y a los
médicos, porque la capacidad de resistencia tiene unos límites. Sobre todo
cuando la tropa vuelve de una batalla con demasiadas bajas, herida de espíritu
y muy agotada.
Continúa, pues, la guerra contra
el implacable bichito invisible y traidor mientras los generales se las tienen
por si lo quieren rendido, cautivo y, puestos a ser contundentes, aniquilado o
nos tendremos que acostumbrar a convivir con la prudencia y las medidas que
deberemos ser capaces de soportar. ¡Mascarillas rosas, si se necesitan y son
efectivas, también!
En otros ámbitos de la vida
nacional, con o sin corona-virus, quien tiene quebraderos de cabeza sobrepuestos
y graves es la monarquía española contagiada por la herencia de una carroza de
segunda mano -o muchas manos- bastante abollada y carcomida. Cómo evolucionará
el asunto es otro enigma incierto que podría llegar a convertirse en una
pandemia republicana.
Mientras, seamos todo lo felices que
nos permita el momento. Disfrutemos de aquellos instantes especiales, de las
compañías que nos fortalecen o, sencillamente, nos hacen sentir bien, amparados
y menos solos en los miedos que nos acechan en las esquinas nocturnas que,
desde aquí, conjuro para que no vuelvan.
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