Donald Trump ha salido en la película del mundial de
cuerpo presente en la final, durante la entrega de la copa. También tuvo su
momento anterior de árbitro -refeere absoluto- interfiriendo
la decisión de un profesional respecto de una tarjeta anulada por mediación del
mandatario. ¿Quién conoce mejor el deporte que él mismo? Trump confirmó que
llamó al presidente de la FIFA, Giovanni Vincenzo Infantino, para revisar la
polémica tarjeta roja.
La infracción suponía la suspensión del futbolista de
la selección estadounidense en el siguiente partido. La pena fue revisada y
perdonada. Sin embargo, Donald, en una conferencia de prensa en el Despacho
Oval, ha admitido la llamada a Infantino. Algo que varios medios ya habían
anunciado. "He hablado con Infantino. Vi el partido, me gusta el deporte,
entiendo de deportes, eso no ha sido roja, no era ni falta". Con esta
locuaz severidad se permitió indultar al considerado mejor jugador de la
selección americana superada y descalificada por un resultado importante en
contra de Bélgica por 4 goles a 1. Algo que ha minimizado la intrusión
megalómana en exceso en el mundo de los balones de un experto que tuvo que
soportar cómo el equipo ganador imitaba las piruetas con las que este nos
halaga a menudo.
El momento estelar lo ostentó en la entrega de la copa
del mundo a España. Se pudo ver anticipadamente al emperador norteamericano
tras un cristal blindado saludando al rey, Felipe VI, y al presidente español,
Pedro Sánchez. Cordialidad y momentos grandilocuentes del presidente americano,
pretendiendo llevarse un buen trozo del protagonismo. El amigo Infantino lo
trasladó más allá de la primera línea de los focos mediáticos mientras la
selección no levantaba finalmente el trofeo de campeones del mundo sin Trump
reflejado en el objetivo, tan cercano como si fuera el entrenador. Es necesario
constatar la presencia de la presidenta mexicana y del presidente de Canadá.
Pero no Pedro Sánchez, que ya estaba representado en el acto por el monarca
español. Tampoco ha asistido Serrucho Milei, el presidente
argentino abrazando supuestas supersticiones con la vergüenza final por la rabiosa
derrota de los de la Pampa.
Geopolítica y balones, como los de Trump, en un
campeonato mundial donde hemos asistido también a la reivindicación de las
Islas Malvinas por Argentina. La política, los famosos invitados, las estrellas
diversas añadiendo a los estadios el alcance del momento. Algo grueso, con
mucha audiencia -y pausas para la hidratación- han convertido el suceso en algo
trascendente. Los ingenuos proponemos la mejora simbólica para la paz en el
supuesto de campeonatos regulares -cuando se considere oportuno- para
solucionar conflictos desde el punto de penalti. Imaginemos el glorioso reto
deportivo entre la selección rusa contra Ucrania. ¿A cuánto podrían revenderse
las entradas para una competición entre Israel y Palestina? Y Trump, entregando
el trofeo, bailando a todo tren mientras resuelve los problemas mundiales a
patadas. ¡Bravo, Donald!
Puestos a soñar, pienso en el conflicto entre
la selección española y una catalana para rehacer algunas diferencias
tradicionales. La intervención de los jugadores en ambos campeonatos mundiales
logrados se ha fundamentado en el peso específico de algunos componentes, como
el gol decisivo en la final en las prórrogas definitivas, han sido obra
importante -o clave- de los elementos que militan de ordinario en el Barça. Los
soñadores impetuosos no dejan de ver al supuesto equipo catalán luchando en una
final. Un disparo preciso de Lamine Yamal, juntando culturas y credos, una
utopía que por ahora no veremos concretada si nos acercamos a los criterios balompédicos empleados
por el señor Mariano Rajoy.
Ahora sí, ya tenemos dos estrellas -o dos meteoros en
el catálogo Michelin- de las selecciones que pueden lucirlas en el pecho, una
distinción de prestigio y de categoría deportivos.
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