Uno de los placeres de este verano demasiado caliente
en general es vivir en el Prepirineo, en el Ripollès o en Sant Joan de les
Abadesses. Por las noches o por las madrugadas da gusto no tener que ponerse al
amparo de un ventilador. Circula un fresco regalado, como decían antes, suavizando
los ambientes. Alguna tarde hemos visto caer cuatro gotas contadas, sólo
cuatro, recordándonos cómo la lluvia existe, aunque sólo sea para remojar justo
las calles.
Un contraste, vistos los fuegos chamuscando espacios
naturales y confinando poblaciones. ¡Ay, el fuego! Este año, excepcionalmente
peligroso por la cantidad de vegetación acumulada. Hablad con gente del país
ligada a un pasado de payés para significar la cantidad de vegetación, de
bosque, que se ha desperdigado por todas las vertientes montañosas. Los veréis mostrar
la línea desde donde existían campos con escasos árboles y algún matorral en los
márgenes, hitos vegetales marcando el rompecabezas de los campos y de las
propiedades diversas, hoy un amasijo de una espesa textura frondosa.
La aplicación ornamental del mosaico vegetal entre los
diversos cultivos ha sido abandonada al por mayor. Los campos y bancales han
sido invadidos por el bosque y el sotobosque en una mancha verde trepando por
todos los rincones de la montaña hasta ese punto en el que ya no hay árboles;
aquí se inician los pastos de verano para los migrados rebaños de vacas y de
ovejas que todavía utilizan durante la temporada de verano. Desde la
perspectiva de casa observo lo peladas que están las montañas más elevadas con
el Taga, la cima singular de la región, sin árboles. El pino negro es la
especie fronteriza que anuncia cómo los puntos más elevados sólo poseen hierba,
esos eran los pastos estivales.
No ha pasado medio siglo, cincuenta años, que todavía
se oía hablar -vivían de ello- de mozos en general, a payés, vaqueros,
pastores, yeguaceros y porquerizos que conducían por turnos a los lugares
diferentes y bien organizados donde el ganado comía el sotobosque. De este
estado de cosas, hace menos de cincuenta años, los bosques eran explotados al
milímetro podando las ramas bajas de los árboles para hacer leña. ¿Cuántos
árboles muertos por el viento y otras circunstancias hacen vida inútil allí
donde se han extinguido sin sacarles provecho? Del árbol caído no todo el mundo
hace leña.
Los abuelos sabios predicaban que el bosque no quiere
ver ni al dueño. Dejar la naturaleza ejerciendo su curso para obtener altos y pulposos
ejemplares alejando a los animales que se comían o estropeaban los vástagos de
pino o de encina. Pero no los pastores y vaqueros que estaban más por tener
espacios anchos sin estorbos. Campos bien limpios donde crecía una mar verde
donde apacentar la vacada y las yeguas. Estos sabios -aquellos abuelos- todavía
tienen en la cabeza cómo algunos pastores encendían espacios para convertirlos
en campos de pasto sin estorbos arbóreos. Maneras de entender y favorecer los
provechos particulares de cada gremio. Los del bosque y los del pasto. La
guerra que ponía en bandos diferentes a las civilizaciones de cazadores versus
la de los agricultores.
Eran días, aquéllos, de escopeta o de rozadera. Del
golpe oclusivo y letal de una escopetada como un hachazo a la desbrozadora, una
herramienta agrícola de mango largo que llevaba en el extremo una hoz de podar
firme para despejar el sotobosque, cortar setos o desbrozar caminos. Una
herramienta manual, impulsada por el concentrado de alubias y por la butifarra,
que mantenía los campos libres de bosques inútiles. Cuántas casas o cabañas
vivían más alejadas de los fuegos malintencionados causados por aquellos
pastores expertos en manejar este trasto, la rozadera.
Ya veremos cómo las autoridades, jueces de la
escopetada o de la desbrozadora, planifican las directrices para poner cordura
-y recursos- en el lamentable estado; lo que se denuncia cada vez que el fuego
asoma rabiosamente la cabeza por nuestra región. Hacía tiempo que no oía la
razonable sentencia -ya me perdonarán los ecologistas urbanos- que, tal vez, es
necesario arrancar la maldad de la tierra por las raíces. ¿Habría que sembrar
más árboles en el Ripollès cuando tenemos un excedente temerario?
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