domingo, 12 de julio de 2026

Rozaderas.

 

Uno de los placeres de este verano demasiado caliente en general es vivir en el Prepirineo, en el Ripollès o en Sant Joan de les Abadesses. Por las noches o por las madrugadas da gusto no tener que ponerse al amparo de un ventilador. Circula un fresco regalado, como decían antes, suavizando los ambientes. Alguna tarde hemos visto caer cuatro gotas contadas, sólo cuatro, recordándonos cómo la lluvia existe, aunque sólo sea para remojar justo las calles. 

Un contraste, vistos los fuegos chamuscando espacios naturales y confinando poblaciones. ¡Ay, el fuego! Este año, excepcionalmente peligroso por la cantidad de vegetación acumulada. Hablad con gente del país ligada a un pasado de payés para significar la cantidad de vegetación, de bosque, que se ha desperdigado por todas las vertientes montañosas. Los veréis mostrar la línea desde donde existían campos con escasos árboles y algún matorral en los márgenes, hitos vegetales marcando el rompecabezas de los campos y de las propiedades diversas, hoy un amasijo de una espesa textura frondosa.

La aplicación ornamental del mosaico vegetal entre los diversos cultivos ha sido abandonada al por mayor. Los campos y bancales han sido invadidos por el bosque y el sotobosque en una mancha verde trepando por todos los rincones de la montaña hasta ese punto en el que ya no hay árboles; aquí se inician los pastos de verano para los migrados rebaños de vacas y de ovejas que todavía utilizan durante la temporada de verano. Desde la perspectiva de casa observo lo peladas que están las montañas más elevadas con el Taga, la cima singular de la región, sin árboles. El pino negro es la especie fronteriza que anuncia cómo los puntos más elevados sólo poseen hierba, esos eran los pastos estivales.

No ha pasado medio siglo, cincuenta años, que todavía se oía hablar -vivían de ello- de mozos en general, a payés, vaqueros, pastores, yeguaceros y porquerizos que conducían por turnos a los lugares diferentes y bien organizados donde el ganado comía el sotobosque. De este estado de cosas, hace menos de cincuenta años, los bosques eran explotados al milímetro podando las ramas bajas de los árboles para hacer leña. ¿Cuántos árboles muertos por el viento y otras circunstancias hacen vida inútil allí donde se han extinguido sin sacarles provecho? Del árbol caído no todo el mundo hace leña.

Los abuelos sabios predicaban que el bosque no quiere ver ni al dueño. Dejar la naturaleza ejerciendo su curso para obtener altos y pulposos ejemplares alejando a los animales que se comían o estropeaban los vástagos de pino o de encina. Pero no los pastores y vaqueros que estaban más por tener espacios anchos sin estorbos. Campos bien limpios donde crecía una mar verde donde apacentar la vacada y las yeguas. Estos sabios -aquellos abuelos- todavía tienen en la cabeza cómo algunos pastores encendían espacios para convertirlos en campos de pasto sin estorbos arbóreos. Maneras de entender y favorecer los provechos particulares de cada gremio. Los del bosque y los del pasto. La guerra que ponía en bandos diferentes a las civilizaciones de cazadores versus la de los agricultores.

Eran días, aquéllos, de escopeta o de rozadera. Del golpe oclusivo y letal de una escopetada como un hachazo a la desbrozadora, una herramienta agrícola de mango largo que llevaba en el extremo una hoz de podar firme para despejar el sotobosque, cortar setos o desbrozar caminos. Una herramienta manual, impulsada por el concentrado de alubias y por la butifarra, que mantenía los campos libres de bosques inútiles. Cuántas casas o cabañas vivían más alejadas de los fuegos malintencionados causados ​​por aquellos pastores expertos en manejar este trasto, la rozadera.

Ya veremos cómo las autoridades, jueces de la escopetada o de la desbrozadora, planifican las directrices para poner cordura -y recursos- en el lamentable estado; lo que se denuncia cada vez que el fuego asoma rabiosamente la cabeza por nuestra región. Hacía tiempo que no oía la razonable sentencia -ya me perdonarán los ecologistas urbanos- que, tal vez, es necesario arrancar la maldad de la tierra por las raíces. ¿Habría que sembrar más árboles en el Ripollès cuando tenemos un excedente temerario?

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario