domingo, 31 de agosto de 2025

Septiembre.

 

Inauguramos el año nuevo laboral, el inicio del curso en todos los ámbitos que se han permitido cerrar por vacaciones durante el inútil mes de agosto, un período estéril en el que solo permanecen en el puesto los novatos en la plaza forzados por razones habitualmente de antigüedad. Pardillos, algunos cargados de ilusión y de empuje, otros viven este período como la penitencia necesaria que el tiempo y la experiencia redimirán eximiéndoles de esa carga fuera de temporada alta. Siempre existe el optimista que comprueba cómo durante el mes de agosto la intensidad del trabajo y la responsabilidad en el trabajo bajan notablemente. ¿Quién enferma o se dedica a observarse los achaques crónicos con lupa tomando el sol mecido por las olas? Un lujo dudoso -tampoco un privilegio- que pocos queremos practicar. El mundo se detiene en seco o baja de revoluciones. ¡Agosto! Demorémoslo para septiembre.

La Noche Vieja estival mata el período de ocio y comienza el año nuevo con el perezoso y cruel primero de septiembre. Este año con una dosis de fatalismo añadido, cae en lunes. Un doble batacazo en el estado emocional para la reanudación. A algunos, el tiempo -o la vida- nos ha acabado redimiendo del todo, somos los pensionistas, el colectivo teóricamente ocioso con los calendarios -papel mojado- que confunde los lunes con los sábados. Como solía, me he permitido desear un buen curso también a aquellos a quienes la administración nos descabalga del derecho -o del deber- de trabajar activamente. Jubilados, pensionistas o clases pasivas, conceptos con matices. Los funcionarios pasamos a engrosar el poético concepto de pasivos, no activos; por tanto, somos aquellos que dejamos obrar a los demás sin hacer nada. Ciertamente, un privilegio condicionado por los “si no fuera...” la cantinela reiterada en las pistas de petanca o en los bancos públicos, atiborrando palomas o gallinas urbanas que anidan en las aceras en obras. 

Puesto que este período tiene mucho sentido para quienes realmente las viven empaquetadas en un período concreto, generalmente en agosto, a los pensionistas se les debería retirar esta prerrogativa por decreto. ¿Son propiamente vacaciones lo que practica este gremio? Quien se lo contempla desde la expectativa de celebrar la hora en que podrá prescindir de las obligaciones de tantos años, pensará que este personal ya se complace todo el año dejando trabajar a los demás. Efectivamente, es así. Deberíamos saber cómo lo valoran estos abuelos. Si me lo preguntan a mí responderé que hago vacaciones por solidaridad, algo compatible con la inclinación sindicalista. He visto a algunos jubilados levantando el puño y reclamando mejoras en todos los sentidos, como el derecho a disfrutar -pensión digna también- de las olas en primera línea de mar junto a las atléticas socorristas.

Perfumes de verano que se marchitan en la rueda vital de la naturaleza. Septiembre es el preludio del frío y del letargo. La antesala de una hibernación con un punto gafe que debería ser reparadora antes de que vuelva el estallido luminoso y verde con el que nos sorprenderá la renovada primavera poderosa, un canto a la vida. ¡Cuántos lunes tendremos que deshojar para llegar! No nos abatiéramos, encendemos las luces y la esperanza, también esa ilusión propia de los principiantes, pero con experiencia. 

¡Buen curso!

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