Días
de agosto sin demasiado músculo para unos diarios de papel delgaduchos, a
dieta, cargados de artículos informativos intrascendentes ya que el universo
cercano se permite bajar la persiana. Noticias intrascendentes de una
inmediatez cercana al satén en chanclas estivales retratando los privilegios mecidos
en un yate que pesca truchas de mar. Glamur y palomas -gaviotas de ciudad-
mientras lo más dramático consiste en las deposiciones de acera -no de piscina
o de Trump- en las arterias urbanas casi desérticas por el éxodo a las playas
asignadas con el recuento de ancianos ahogados por un corte de digestión propiciado
por una paella marinera de olas amorosas con cadencia de habanera. Perfumes de
ron quemado y de molusco, de aceites para friegas en las epidermis extranjeras
con pigmentos de gamba escaldada. Veranos de aventura transatlántica en la
barca de alquiler por horas -una palangana con pedales- bordeando la costa sin
perder la toalla de vista.
Este
que comienza a declinar anticipa sombras de otoño caliente y convulso con
titulares que desgraciadamente no pierden vigencia. La imagen del actual
presidente americano, Donald Trump, ejerciendo de maestrillo en el despacho
Oval, la sala del trono pontificio de la política occidental en la Casa Blanca,
es demoledora. Enfrente tiene sentados a los insignes dirigentes europeos con
Zelenski vestido de pretendiente para la ocasión en el rincón de pensar. La
imagen anacrónica de unos cortesanos rendidos al soberano tomando nota de la
lección magistral impartida nos sitúa frente al espejo. Los hago copiando a
mano con buena letra cien por mil veces “Donald es el más guapo y el más
inteligente”.
En
el ranking de la fotogenia, situados en el podio, en el momento actual
posiciono también a Vladímir Putin y a Benjamín Netanyahu. Jinetes rampantes de
un apocalipsis bélico con muchos candidatos -me decantaré por Xi Jinping- para
ocupar el cuarto puesto como aspirante o miembro honorario para jugar una
partida de cartas -a la ruleta o al golf- con apuestas muy fuertes. Cargados de
testosterona pujan la jugada como solían algunos individuos invitados a las
matanzas de cerdo de hace años que perdían cosechas y propiedades. En la
leyenda tristemente cierta algún perdedor conjurando el azar dejaba el anillo
de casado y más aún, la misma mujer -una pertenencia- como prenda cargada de
esperanza resuelta en una mala mano y perdedora estropeando el resopón, la
velada y la vida conyugal. ¡Qué poca fortuna! Me los imagino, a los cuatro
magnates rampantes, jugándose las esposas ajenas, la familia toda, la región
entera y una parte del mundo haciéndose trampas y faroles con estrategias que
involucran a todo el mundo. Los dados marcados van cargados de desgracia como
bombas precisas. La banca vuelve a ganar.
La
modesta geopolítica peninsular, más de andar por casa, ya se ha anticipado al
otoño caliente y convulso con una literalidad formidable. El noreste sufre una
ola incontrolada de incendios terribles. Fuego infernal, humo y desesperanza
concretados en la simultaneidad de los fuegos forestales durante muchos días
seguidos. Bomberos y militares luchando contra el enemigo que los rebasa con
una virulencia inaudita. Las temperaturas anormalmente altas, la baja humedad
con la masa forestal acumulada, promueven el desastre redondeado por la macabra
aritmética de unas 400.000 hectáreas quemadas, otro récord de superficie
arrasada.
Fuegos
de “sexta generación” causados por dos inercias: el cambio climático y el
abandono de la gestión forestal, una conjura alimentada por la biomasa
desbocada debido a la pérdida de población rural, del terreno cultivado por los
agricultores y del pastoreo por los ganaderos. Sin embargo, la gestión forestal
de un territorio atomizado por pequeños propietarios -latifundios al margen,
pero con problemas similares- reclama una gestión valiente. ¿Cuántos rebaños de
cabras funcionarias -o de asnos burocráticos- son necesarios para limpiar el
sotobosque? ¿Dónde los ejércitos de pastores y agricultores que deben mantener
limpios los bancales? El territorio vaciado no es “sostenible”, recuperarlo yo
diría que es casi imposible. Mientras, los políticos se pelean en disputas
inútiles que no apagarían un brasero.
¿Un
asunto público o privado? Promover un golpe de estado con mano militar puntual
no será demasiado eficiente si la tropa no dispone de las armas ni de la
preparación necesarias para reducir las llamas, con pólvora no se extingue un
incendio. Hacen falta bomberos y unidades militares como las existentes
específicas con recursos, sí, pero hace falta una nueva cultura forestal que
como promesa electoral no tiene demasiado gancho, es la Cenicienta de
los programas políticos porque la banca rampante negacionista vuelve a ganar.
De quién es competencia, que traducido significa expulsarse la culpa, de la
gestión nefasta o inexistente. Estos días de soluciones de despacho y de reproches
inflamados los monaguillos de Trump tienen el dilema de esta realidad tozuda
que embiste cíclicamente con la fuerza y la bravura que en la Piel de
Toro los recursos destinados a la promoción taurina no pueden lidiar
-ni quieren liderar-.
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