Hace
unos días me permitía jugar con el dicho de que en verano todo bicho-garrapata
lo titulaba- subsiste. Es cierto y razonable pensarlo mientras unas
estadísticas sin ánimo de crear opinión, sin intereses electorales, no
demuestren lo contrario. Toda criatura vive, pues. Trasladando el postulado a
la vertiente humana nos lleva a formularnos la pregunta estacional pertinente.
¿Qué hacemos, en verano, con los mocosos y los abuelos? Cuántos viajes y
aventuras osadas se frustran o se aplazan mientras la personita desvalida no
alcanza la edad de poder asumir el reto. La solución de los que para viajar
necesitan de complementos ortopédicos diversos es más cruel y puede eternizarse
si hacemos caso a las estadísticas referentes a la esperanza de vida de
aquellos mortales también indefensos. Que los viejos no acabamos de morir
nunca, vamos. No me centraré demasiado en la diversidad de seres que también
pueden conformar la unidad familiar, los que caminan de cuatro patas, los que aletean
o aquellos que naufragan en las limitadísimas peceras ornamentales del
comedor-sala de estar que también se convierten en un estorbo para ver mundo.
La
cosa viene a cuento en relación a lo sucedido en el aeropuerto de El Prat a
finales de julio. Una pareja que viajaba con dos hijos subió al avión con sólo
uno, abandonando al de diez años en la terminal ya que no disponía de la documentación
pertinente para volar. Todo funcionaba como suele en estos procedimientos de
embarque del pasaje cuando una llamada urgente alertó a los tripulantes de que
había un menor solo y desconsolado sentado en la terminal con una bolsa de
patatas fritas y un refresco. La criatura confesó que sus padres y su hermano
ya se hallaban dentro del avión. El comandante -Armando Rampas, como recitan
los Antònia Font- preguntó a los pasajeros si alguien se había olvidado del
niño que estaba en la sala de embarque. Ante el silencio y el estupor colectivo
como respuesta se alertó a la Guardia Civil, quien tiene las competencias en
materia de seguridad y control en los aeropuertos para deshacer el entuerto.
Una
conocida del gremio sanitario explica que deben de estar en alerta durante las
consultas ambulatorias o en las de urgencias en los períodos de vacaciones para
que no les dejen al abuelo o a la abuela en la sala de espera como un chucho
sin chip en cualquier gasolinera de una carretera secundaria. Desentenderse del
estorbo estival en un centro sanitario tiene como eximente, el pretexto para
hacernos sentir menos despiadados, que no lo abandonamos en el sentido estricto
de la palabra, sólo lo dejamos en préstamo -un libro viejo saturado de batallitas
repetitivas- en un lugar donde se garantiza el control de la tensión arterial
con un menú a primera línea de quirófano consistente en una sopa triste sin sal, una rodaja de merluza
hervida y una manzana ácida. Una buena estrategia para depositarlos -sea al abuelo
o a la yaya- es haciéndonos el sueco con el pretexto de ir a tomarnos un café
que el camarero habrá tardado quince días, como mínimo, en servirnos -¡Ahora volvemos,
abuela!- Una recomendación, el éxito de esta opción pasa por dejarlos estar sin
ningún tipo de documentación habiéndolos despojado previamente de los
audiófonos y la dentadura postiza si fuera el caso. La demencia senil es una
buena aliada, muy efectiva, a falta de empadronamientos emocionales para las
largas vacaciones de agosto.
-¿Cuándo
llegamos? -es la pregunta repetida constantemente que comienza a rayar los
límites del nivel paternal de tolerancia. Nuestros hijos, de pequeños, no
suelen entender las leyes del movimiento en relación con el tiempo necesario empleado.
En la escuela todavía no han llegado a los problemas para resolver cuestiones
de distancia, velocidad y del tiempo que les corresponderá soportar para alcanzar
el destino. Agotado el recurso de la casete de gasolinera con ese toro
enamorado de la luna con efectos anestésicos propiciando unos minutos
de tranquilidad en el asiento trasero acuerdan interpretar a capela una
y otra vez el “Cuándo llegamos” a dos o más voces. El viaje se les hace muy
pesado transitando por unas carreteras infinitamente rectas y soleadas. Ni las
promesas a cumplir nada más llegar ni los requerimientos producen demasiado
efecto. En uno de los "cuándo llegamos" -perdida la cuenta y, sobre
todo, la paciencia- se puede detener expeditivamente el vehículo -¡Ya habéis
llegado, podéis bajar! La sorpresa por la inesperada reacción
puede ser efectiva o no. De serlo, la reacción -verificada- puede consistir en
un lamento tristísimo que rompe el corazón -No nos dejéis...
De
visita a determinados países es frecuente detectar la cantidad de perros que
van a lo suyo, sin techo ni oficio ni beneficio. Mendigan con maestría
levantando la pata delantera a modo de saludo aprendido antes de que los
despidieran como mascotas domésticas. No son agresivos, no ladran, se acercan
sumisos con el rabo entre las piernas ofreciendo la pata o ejecutando una
voltereta ingeniosa pero con los ojos tristes cargados de legañas y de pulgas.
Parece que quieran decir: -No nos dejéis... El día en que las mascotas puedan
votar -todo llegará- los candidatos animalistas se disputarán la presidencia.
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