jueves, 11 de septiembre de 2025

Manual para buenos muchachos.

 

Las relaciones humanas deben tener pautas que nos protegen de los excesos ajenos y de nuestras intenciones perversas respecto de otros. Regulan la forma de vivir y convivir en sociedad en relación con cómo tratamos en teoría a los demás independientemente de su identidad, género, religión o edad de acuerdo con un sentimiento ético -positivo- que nos conduce a la armonía y al confort emocional. Todavía me ronda por el magín la sentencia según la cual la dictadura se exculpaba, “mi libertad termina justo donde empieza la tuya”; no acatar esta trivialidad era caer en el pecado capital del “libertinaje”, la forma en que habitan los que practican la intemperancia, el desenfreno o la perversión. El punto ponderado lo dispondría la báscula con la que los que mandan pesan y miden los delicados ingredientes.

Aquellos que practican la literatura de diario oficial -la grandilocuente aspiración inconfesable de algunos escritores- o de los poetas de los decretos, órdenes y resoluciones normativas tienen esa responsabilidad legítima -delegada democráticamente-. Lo que no se legisla no existe. Por tanto, la capacidad para sancionar siempre debe ser posterior a una norma que fundamenta y define las reglas del juego con un pequeño detalle muy suspicaz, la interpretación de lo que quisiéramos que dijera a nuestro favor en contraste con la redacción literal. Está demostrado que hacer bailotear una ley es todo un arte.

El corpus de normas europeas, las de alcance nacional, autonómico, municipal o las de una escalera de vecinos debe ser formidable y pantagruélico -si fuese comestible y ligero de digerir-. Todas las que están en activo, condicionadas por su vigencia, son como las personas: nacen, viven y mueren. Algunas tienen mala cara, sobreviven carcomidas, arrugadas y polvorientas. Otras tienen una vida corta y mucha demanda por el gobierno de turno a hacerlas danzar. De las que tienen mucho galanteo en los bailes de salón y han derramado mucha tinta son las de enseñanza en un abanico de solfas diversas como el tango, el pasodoble, el rock, el pop y últimamente el reggaeton; a todos los géneros musicales mencionados les subyace una tendencia osada hacia la milonga triste.

 El ejército legal para regular la tropa goza de rango estricto. De las que lucen corona a las más subordinadas dictadas por un cabo ascendido a sargento por la vía del chusco. De las municipales regulando el rompecabezas de la circulación a las de escalera prohibiendo los picnics de ascensor. Un abanico de mayor a menor trascendencia en la vida de la tropa -la ciudadanía- a las que está sometida. Seguro que en alguna ley de rango superior se determina que un alcalde no pueda disponer de alfombras rojas en la acera donde reside. La consecuencia de esta preeminencia legal, de mayor a menor alcance, comporta que las instituciones consideradas menores, tengan un recorrido corto o no demasiado esencial en la normativa que puede generar por iniciativa propia. Alternancia de vados semanales en las aceras u ordenanzas municipales para habilitar un pipican en determinados lugares. El complejo de inferioridad legal en algunos casos suele comportar una profusión de normativas irrelevantes; algunas, molestas y prescindibles, se convierten en leyes del amor propio para marcar autoridad territorial como los chuchos en las esquinas.

Hablando de leyes, este septiembre de vuelta a las aulas se inicia con novedades moduladas por la Conselleria del gremio de los maestros. Se prohíben los teléfonos móviles, los relojes inteligentes y las tabletas táctiles en las etapas de enseñanza obligatoria. Se da la vuelta a la tortilla y se declara alérgico a la pedagogía lo que funciona con batería enchufada a las redes libertinas. Tendencias con fuerte contraste de cuando las virtudes fundamentales del chip en la enseñanza eran, apenas hace cuatro días, imprescindibles. Del autismo social reflejados en una pantalla a la tiza y a la pizarra analógicos. Del gris oscuro retroiluminado a la hoja blanca de papel. Flota en el aula el ritmo sincopado de una milonga triste que me -nos- descoloca.

Más leyes. El gobierno español da un paso más para endurecer el cerco contra el tabaco. El consejo de ministros ha aprobado hace unos días un anteproyecto de ley que introduce nuevas restricciones. Amplía las zonas libres de humo a las terrazas de los bares, en el coche, en los parques públicos, estaciones de transporte, espectáculos y conciertos al aire libre, parques infantiles, sanitarios, educativos y sociales. Incluye en el anteproyecto las nuevas formas de fumar enchufadas a una batería, como los móviles. Para ser más concretos en la precisión legal, yo, adicto empedernido al cultivo del vicio del tabaco, pediría precisión, especificar sin ambigüedad en la interpretación de la ley, los lugares donde se nos permitirá encender ostensiblemente uno de papel legalmente.

No voy a discutir la ley. Es civilizado reprimir el derecho a fumar allí donde comienza el derecho a respirar sin humos del vecino de mesa o de parada de bus. Hace aproximadamente cuarenta y cinco años un cenicero hiperbólico presidía la mesa de los maestros en las aulas cuando empecé a ejercer la profesión. En la facultad la neblina propiciada por la humareda y el tufo a nicotina te hacían dudar de si eras corto de vista o de cabales. Ahora, remachando el clavo, la norma estipulará que los menores -menos de dieciocho años- no sólo no puedan comprar tabaco sino tampoco consumirlo. No es un ejercicio de melancolía, pero siempre he recordado cómo un maestro de la única escuela unitaria de Sant Pau de Segúries nos prohibió jugar a fútbol. Él era un entusiasta del baloncesto. Con qué manía buscábamos espacios discretos en la montaña para jugar clandestinamente a un deporte que se practica con los pies, entonces con porterías virtuales que no físicas. Poner barricadas en el mar es difícil en una sociedad heredera de cuando tirar el humo a los ojos de la chica que nos tenía el corazón cautivo era glamuroso. Hay que tener en cuenta que las tasas que gravan el vicio han subido el glamour al precio que destilan la gamba langostinera o el tomate ecológico fuera de temporada. Espero que mercadear tabaco a hurtadillas no promueva sustancias más sugerentes y clandestinas como practicar el fútbol en mi niñez en Sant Pau.

¡Leyes, normas! En la afición por promoverlas, modificarlas o derogarlas -dime ingenuo- no acabo de comprender cómo la humanidad no las ha redactado implacables, contundentes que eviten las maldades, las guerras y las pulsiones dictatoriales. Trump, por ejemplo, con la destreza dramática con que martillea los decretos firmándolos artísticamente emulando un potorro femenino, podría ser un ejemplo de bonhomía, como el dirigente israelí construyendo zonas residenciales con centros comerciales para palestinos. Ambos espejos en los que Putin se refleja para retornar el territorio arrebatado sino que les invitaría a una ronda de vodka con caviar gourmet.

 

1 comentario:

  1. Dicen que, "quien hace la ley, hace la trampa".
    ¿Sería posible un mundo sin leyes? No lo se.
    Un gran abrazo Pep.
    S

    las leyes son justas, ni sirven para todos los sumindosvalederas para todos los tiempos, ni validas

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