Las
relaciones humanas deben tener pautas que nos protegen de los excesos ajenos y
de nuestras intenciones perversas respecto de otros. Regulan la forma de vivir
y convivir en sociedad en relación con cómo tratamos en teoría a los demás
independientemente de su identidad, género, religión o edad de acuerdo con un
sentimiento ético -positivo- que nos conduce a la armonía y al confort
emocional. Todavía me ronda por el magín la sentencia según la cual la
dictadura se exculpaba, “mi libertad termina justo donde empieza la tuya”; no
acatar esta trivialidad era caer en el pecado capital del “libertinaje”, la
forma en que habitan los que practican la intemperancia, el desenfreno o la
perversión. El punto ponderado lo dispondría la báscula con la que los que
mandan pesan y miden los delicados ingredientes.
Aquellos
que practican la literatura de diario oficial -la grandilocuente aspiración
inconfesable de algunos escritores- o de los poetas de los decretos, órdenes y
resoluciones normativas tienen esa responsabilidad legítima -delegada
democráticamente-. Lo que no se legisla no existe. Por tanto, la capacidad para
sancionar siempre debe ser posterior a una norma que fundamenta y define las
reglas del juego con un pequeño detalle muy suspicaz, la interpretación de lo
que quisiéramos que dijera a nuestro favor en contraste con la redacción literal.
Está demostrado que hacer bailotear una ley es todo un arte.
El
corpus de normas europeas, las de alcance nacional, autonómico, municipal o las
de una escalera de vecinos debe ser formidable y pantagruélico -si fuese
comestible y ligero de digerir-. Todas las que están en activo, condicionadas
por su vigencia, son como las personas: nacen, viven y mueren. Algunas tienen
mala cara, sobreviven carcomidas, arrugadas y polvorientas. Otras tienen una
vida corta y mucha demanda por el gobierno de turno a hacerlas danzar. De las
que tienen mucho galanteo en los bailes de salón y han derramado mucha tinta
son las de enseñanza en un abanico de solfas diversas como el tango, el
pasodoble, el rock, el pop y últimamente el reggaeton; a todos los
géneros musicales mencionados les subyace una tendencia osada hacia la milonga
triste.
El
ejército legal para regular la tropa goza de rango estricto. De las que lucen
corona a las más subordinadas dictadas por un cabo ascendido a sargento por la
vía del chusco. De las municipales regulando el rompecabezas de la circulación
a las de escalera prohibiendo los picnics de ascensor. Un abanico de mayor a
menor trascendencia en la vida de la tropa -la ciudadanía- a las que está
sometida. Seguro que en alguna ley de rango superior se determina que un
alcalde no pueda disponer de alfombras rojas en la acera donde reside. La
consecuencia de esta preeminencia legal, de mayor a menor alcance, comporta que
las instituciones consideradas menores, tengan un recorrido corto o no
demasiado esencial en la normativa que puede generar por iniciativa propia. Alternancia
de vados semanales en las aceras u ordenanzas municipales para habilitar un pipican en
determinados lugares. El complejo de inferioridad legal en algunos casos suele
comportar una profusión de normativas irrelevantes; algunas, molestas y
prescindibles, se convierten en leyes del amor propio para marcar autoridad
territorial como los chuchos en las esquinas.
Hablando
de leyes, este septiembre de vuelta a las aulas se inicia con novedades
moduladas por la Conselleria del gremio de los maestros. Se prohíben los
teléfonos móviles, los relojes inteligentes y las tabletas táctiles en las
etapas de enseñanza obligatoria. Se da la vuelta a la tortilla y se declara
alérgico a la pedagogía lo que funciona con batería enchufada a las redes libertinas.
Tendencias con fuerte contraste de cuando las virtudes fundamentales del chip
en la enseñanza eran, apenas hace cuatro días, imprescindibles. Del autismo
social reflejados en una pantalla a la tiza y a la pizarra analógicos. Del gris
oscuro retroiluminado a la hoja blanca de papel. Flota en el aula el ritmo
sincopado de una milonga triste que me -nos- descoloca.
Más
leyes. El gobierno español da un paso más para endurecer el cerco contra el
tabaco. El consejo de ministros ha aprobado hace unos días un anteproyecto de
ley que introduce nuevas restricciones. Amplía las zonas libres de humo a las
terrazas de los bares, en el coche, en los parques públicos, estaciones de
transporte, espectáculos y conciertos al aire libre, parques infantiles,
sanitarios, educativos y sociales. Incluye en el anteproyecto las nuevas formas
de fumar enchufadas a una batería, como los móviles. Para ser más concretos en
la precisión legal, yo, adicto empedernido al cultivo del vicio del tabaco,
pediría precisión, especificar sin ambigüedad en la interpretación de la ley,
los lugares donde se nos permitirá encender ostensiblemente uno de papel
legalmente.
No
voy a discutir la ley. Es civilizado reprimir el derecho a fumar allí donde
comienza el derecho a respirar sin humos del vecino de mesa o de parada de bus.
Hace aproximadamente cuarenta y cinco años un cenicero hiperbólico presidía la
mesa de los maestros en las aulas cuando empecé a ejercer la profesión. En la
facultad la neblina propiciada por la humareda y el tufo a nicotina te hacían
dudar de si eras corto de vista o de cabales. Ahora, remachando el clavo, la
norma estipulará que los menores -menos de dieciocho años- no sólo no puedan
comprar tabaco sino tampoco consumirlo. No es un ejercicio de melancolía, pero
siempre he recordado cómo un maestro de la única escuela unitaria de Sant Pau
de Segúries nos prohibió jugar a fútbol. Él era un entusiasta del
baloncesto. Con qué manía buscábamos espacios discretos en la montaña para
jugar clandestinamente a un deporte que se practica con los pies, entonces con
porterías virtuales que no físicas. Poner barricadas en el mar es difícil en
una sociedad heredera de cuando tirar el humo a los ojos de la chica que nos
tenía el corazón cautivo era glamuroso. Hay que tener en cuenta que las tasas
que gravan el vicio han subido el glamour al precio que destilan la gamba
langostinera o el tomate ecológico fuera de temporada. Espero que mercadear
tabaco a hurtadillas no promueva sustancias más sugerentes y clandestinas como
practicar el fútbol en mi niñez en Sant Pau.
¡Leyes,
normas! En la afición por promoverlas, modificarlas o derogarlas -dime ingenuo-
no acabo de comprender cómo la humanidad no las ha redactado implacables,
contundentes que eviten las maldades, las guerras y las pulsiones
dictatoriales. Trump, por ejemplo, con la destreza dramática con que martillea
los decretos firmándolos artísticamente emulando un potorro femenino, podría
ser un ejemplo de bonhomía, como el dirigente israelí construyendo zonas
residenciales con centros comerciales para palestinos. Ambos espejos en los que
Putin se refleja para retornar el territorio arrebatado sino que les invitaría
a una ronda de vodka con caviar gourmet.
Dicen que, "quien hace la ley, hace la trampa".
ResponderEliminar¿Sería posible un mundo sin leyes? No lo se.
Un gran abrazo Pep.
S
las leyes son justas, ni sirven para todos los sumindosvalederas para todos los tiempos, ni validas