Me
adscribo a los invitados a la fiesta mayor entre aquellos que llegaban al
primer repique de campana y se marchan cuando los músicos también se las piran.
Del pueblo, en Sant Joan de les Abadesses, se celebra el segundo domingo de
septiembre, a la Mercè que está a punto de empezar. Basta con dejar las
ventanas abiertas para que nos llegue el aroma de los canelones esplendorosos y
el del pollo en plena cocción en la cazuela mientras los invitados se van arrimando.
De las procesiones festivas de veintiún botones al minimalismo -absentismo- que
se ha impuesto edición tras edición. Programas de fiesta mayor, misa de oficio
cantada, sardana de honor, baile de pabordes.
Una saturación de actividades para el disfrute diverso de los conciudadanos.
Todo salpicado por el eco sugerente de la feria y las atracciones para las
criaturas con ojos abrumados y cara de velocidad descubriendo cómo la vida es
una rueda dando vueltas y más vueltas ajenas aún a la monotonía del resto de los
días así que el otoño asoma los cuernos coloreando un nuevo paisaje
marchitándose y los gigantes y cabezudos hibernando.
Perfume
de platos de siempre con fogones para veganos extremos y vegetarianos cautos
donde el desfile de platillos se ha convertido en degustación para paladares esterificados
y bagatelas comestibles de poca corporeidad y medido valor nutritivo. La fiesta
mayor ha adelgazado como el menú de cuando los comensales comían con glotonería
bajo el pretexto del encuentro anual para sacar el vientre de pena, para atiborrarse.
Días de celebración donde todo abunda. La fiesta de verdad se sitúa en la mesa
larga con una retahíla de invitados que solía sobrepasar el par de docenas. En
la pared del comedor el reloj, metrónomo implacable de la vida, administrando
las sillas aparentemente vacías, unos espacios etéreos ocupados -carruseles de
la memoria- que no engullen, pero que revolotean en la atmósfera y la anécdota.
¿Quién iba a decirlo?
Cada
año, en algunas fiestas muy especiales para mí pienso cómo se ha trastornado y
ha dado la vuelta casi todo. Cosas de la edad ya anunciadas por los antepasados
nos van atrapando. La ilusión con la que contaba -literalmente- los días se
ha convertido en hastío con un punto de obligación si no fuera porque
coincidimos aquellos que nos queremos, nos gusta compartir las fiestas y las
celebraciones impuestas por el calendario local. Desde la Virgen de Agosto hay
un goteo cíclico por la comarca. Cierro los ojos para escabullirme y entrar en el
entoldado en Sant Pau de Segúries donde la orquesta interpreta una música muy
rítmica y moderna, un Twist, retorciendo las parejas. Siento
envidia de aquellos músicos tan bien avenidos consiguiendo llenar el espacio de
alegría y atolondramiento. La sentía aún más por no ser uno de los que
sobresalían en ese ejercicio que requiere ímpetu, pero sobre todo, de no sentir
vergüenza.
Fiestas
mayores terminada la cosecha cuando ya refresca y son el pretexto para estrenar
el abrigo, una prenda -de antes del cambio climático- que se heredaba con aire
inmortal, nunca se estropeaba. De los hermanos a primos pasaba de generación en
generación con pequeñas modificaciones. Se arreglaba con un retoque la largura
de las mangas y, si tenías suerte, con un juego de botones nuevo. Al ser confeccionados
a medida no siempre eran adecuadas, ya que las estructuras de los respectivos
propietarios a menudo no eran compatibles. Era una pieza de lucimiento
fundamental en el oficio de fiesta mayor, una misa tan eterna como aquella prenda
de ropa. Misa y vermú. Empezaba el ritual de las comidas y las larguísimas tertulias.
De los pasantes airosos con músicos indolentes interpretando la alegría que
corresponde. Fiesta mayor es el encuentro familiar para celebrar lo que no se
podía en otros eventos de obligada asistencia, los funerales. Se va reuniendo
paulatinamente la parentela. Era un congreso de tíos y primos que tenían que pasar
la noche apretujados en los aposentos y rincones de la casa, por todas partes
colchones alineados. La casa se convertía en un laberinto extraño de personas
que dormían cada una acostumbrada según las manías a ir tarde o a madrugar con
el primer canto del gallo. Un caos vital, pero gozoso.
Acabado
el baile un año por Sant Miquel en la Sierra de Cavallera por el camino de regreso
hacia la masía, una subida abrupta, presencié el espectáculo impresionante -me
conmovió mucho- de un cielo de otoño limpio y claro como el agua cristalina. Es
uno de esos momentos que quedan fijados como referente de una perfección
inalcanzable en una noche sin luna por no hacer la competencia a aquel sembrado
de estrellas suspendidas, flotando en la oscuridad recortadas por el horizonte
montañoso. Un cielo vivo donde cada uno de los puntos de luz latía dulcemente
con vida propia. Se podía jugar, de ser posible, a contarlos por la aparente
cercanía y lejanía de unos respecto de los otros. El espejismo de poder
abarcarlos sólo alzando un brazo, tomándolos con la mano para llevarse
escondida en el bolsillo una de esas lucecitas que permanecerían encendidas
para la eternidad. Los mayores estaban por otras historias, de quien había
bailado con quien, de furtivos despatarres, cuidando de no tropezar con los
obstáculos de la vida o del camino. Efectivamente, el calendario campesino
celebraba el fin de año particular, el suyo. Empezaba un nuevo ciclo
coincidiendo con la evasión de algunos invitados, después de comer, hacia los
respectivos destinos. Yo era, sin embargo, uno de los asistentes de estancia
larga
Un
día despejado con el cielo azul en un pueblecito deshilachado, pequeñito, la
Ral. Los tejados recortándose también vestidos de diada particular. La juventud
enarbolaba las banderolas y las ilusiones de balcón a balcón. Guirnaldas de boj
como almenas vegetales para el cadalso donde trepaban los músicos. Ristras de
colorines cuelgan como flequillos columpiando la música con un gesto de una panza
gloriosa. Las farolas se han vuelto globos rizados como del oriente. Todo
mágico. El gorjeo de la orquesta, la chiquillería estorbando entre las piernas
de los bailarines. Madres velando a sus muñecas de porcelana frágil. La pareja
de la guardia civil no danza. El perfume del pollo asado y del cordero a la
brasa. Ritmos que hacen mover los pies. ¡Chis-pum! ¡Chis-pum! Es un pasodoble
airoso donde la trompeta destila estridencias alegres de falsete festivo. Quien
con pies planos contonea con gracia y fanfarronería. ¡Chis-pum! ¡Chis-pum!
Sacudir compasadamente, arriba y abajo, con un sutil roce de medias. Niños
contemplándolo como quien mira un escaparate. ¡Fiesta mayor! El último domingo
de agosto, cuando había que llevar abrigo porque refresca. En la plaza, bajo de
las bombillas, estrellas cercanas de alegría, se condensa la música y la alegría
con el humo del tabaco, los requiebros halagadores, ingeniosos. Quien no está
por estos rituales de apareamiento, aprovecha para hablar del tiempo, de la
juventud, de los parientes. Los afortunados proponen pasear por los huertos con
el pretexto de ir a hurtar manzanas de finales de agosto, ácidas y verdes.
También los músicos en esos descansos sin resolver cargaban las maletas de
solfas, ciruelas y manzanas. Recuerdo, yo soy el niño adormilado de la escena,
como el vocalista baila con una rubia de mentira vestida de blanco princesa con
topos rojos grandes. Cuando estaba por el trabajo de cantar lucía repeinado con
los pelos grasientos recién surcados por un peine espeso amarrado al atril como
si fuera la cinturilla de la rubia de mentira.
¡Feliz
fiesta mayor!
No hay comentarios:
Publicar un comentario