martes, 23 de septiembre de 2025

Fiestas mayores de otoño.

 

Me adscribo a los invitados a la fiesta mayor entre aquellos que llegaban al primer repique de campana y se marchan cuando los músicos también se las piran. Del pueblo, en Sant Joan de les Abadesses, se celebra el segundo domingo de septiembre, a la Mercè que está a punto de empezar. Basta con dejar las ventanas abiertas para que nos llegue el aroma de los canelones esplendorosos y el del pollo en plena cocción en la cazuela mientras los invitados se van arrimando. De las procesiones festivas de veintiún botones al minimalismo -absentismo- que se ha impuesto edición tras edición. Programas de fiesta mayor, misa de oficio cantada, sardana de honor, baile de pabordes. Una saturación de actividades para el disfrute diverso de los conciudadanos. Todo salpicado por el eco sugerente de la feria y las atracciones para las criaturas con ojos abrumados y cara de velocidad descubriendo cómo la vida es una rueda dando vueltas y más vueltas ajenas aún a la monotonía del resto de los días así que el otoño asoma los cuernos coloreando un nuevo paisaje marchitándose y los gigantes y cabezudos hibernando.

Perfume de platos de siempre con fogones para veganos extremos y vegetarianos cautos donde el desfile de platillos se ha convertido en degustación para paladares esterificados y bagatelas comestibles de poca corporeidad y medido valor nutritivo. La fiesta mayor ha adelgazado como el menú de cuando los comensales comían con glotonería bajo el pretexto del encuentro anual para sacar el vientre de pena, para atiborrarse. Días de celebración donde todo abunda. La fiesta de verdad se sitúa en la mesa larga con una retahíla de invitados que solía sobrepasar el par de docenas. En la pared del comedor el reloj, metrónomo implacable de la vida, administrando las sillas aparentemente vacías, unos espacios etéreos ocupados -carruseles de la memoria- que no engullen, pero que revolotean en la atmósfera y la anécdota. ¿Quién iba a decirlo?

Cada año, en algunas fiestas muy especiales para mí pienso cómo se ha trastornado y ha dado la vuelta casi todo. Cosas de la edad ya anunciadas por los antepasados ​​nos van atrapando. La ilusión con la que contaba -literalmente- los días se ha convertido en hastío con un punto de obligación si no fuera porque coincidimos aquellos que nos queremos, nos gusta compartir las fiestas y las celebraciones impuestas por el calendario local. Desde la Virgen de Agosto hay un goteo cíclico por la comarca. Cierro los ojos para escabullirme y entrar en el entoldado en Sant Pau de Segúries donde la orquesta interpreta una música muy rítmica y moderna, un Twist, retorciendo las parejas. Siento envidia de aquellos músicos tan bien avenidos consiguiendo llenar el espacio de alegría y atolondramiento. La sentía aún más por no ser uno de los que sobresalían en ese ejercicio que requiere ímpetu, pero sobre todo, de no sentir vergüenza.

Fiestas mayores terminada la cosecha cuando ya refresca y son el pretexto para estrenar el abrigo, una prenda -de antes del cambio climático- que se heredaba con aire inmortal, nunca se estropeaba. De los hermanos a primos pasaba de generación en generación con pequeñas modificaciones. Se arreglaba con un retoque la largura de las mangas y, si tenías suerte, con un juego de botones nuevo. Al ser confeccionados a medida no siempre eran adecuadas, ya que las estructuras de los respectivos propietarios a menudo no eran compatibles. Era una pieza de lucimiento fundamental en el oficio de fiesta mayor, una misa tan eterna como aquella prenda de ropa. Misa y vermú. Empezaba el ritual de las comidas y las larguísimas tertulias. De los pasantes airosos con músicos indolentes interpretando la alegría que corresponde. Fiesta mayor es el encuentro familiar para celebrar lo que no se podía en otros eventos de obligada asistencia, los funerales. Se va reuniendo paulatinamente la parentela. Era un congreso de tíos y primos que tenían que pasar la noche apretujados en los aposentos y rincones de la casa, por todas partes colchones alineados. La casa se convertía en un laberinto extraño de personas que dormían cada una acostumbrada según las manías a ir tarde o a madrugar con el primer canto del gallo. Un caos vital, pero gozoso. 

Acabado el baile un año por Sant Miquel en la Sierra de Cavallera por el camino de regreso hacia la masía, una subida abrupta, presencié el espectáculo impresionante -me conmovió mucho- de un cielo de otoño limpio y claro como el agua cristalina. Es uno de esos momentos que quedan fijados como referente de una perfección inalcanzable en una noche sin luna por no hacer la competencia a aquel sembrado de estrellas suspendidas, flotando en la oscuridad recortadas por el horizonte montañoso. Un cielo vivo donde cada uno de los puntos de luz latía dulcemente con vida propia. Se podía jugar, de ser posible, a contarlos por la aparente cercanía y lejanía de unos respecto de los otros. El espejismo de poder abarcarlos sólo alzando un brazo, tomándolos con la mano para llevarse escondida en el bolsillo una de esas lucecitas que permanecerían encendidas para la eternidad. Los mayores estaban por otras historias, de quien había bailado con quien, de furtivos despatarres, cuidando de no tropezar con los obstáculos de la vida o del camino. Efectivamente, el calendario campesino celebraba el fin de año particular, el suyo. Empezaba un nuevo ciclo coincidiendo con la evasión de algunos invitados, después de comer, hacia los respectivos destinos. Yo era, sin embargo, uno de los asistentes de estancia larga

Un día despejado con el cielo azul en un pueblecito deshilachado, pequeñito, la Ral. Los tejados recortándose también vestidos de diada particular. La juventud enarbolaba las banderolas y las ilusiones de balcón a balcón. Guirnaldas de boj como almenas vegetales para el cadalso donde trepaban los músicos. Ristras de colorines cuelgan como flequillos columpiando la música con un gesto de una panza gloriosa. Las farolas se han vuelto globos rizados como del oriente. Todo mágico. El gorjeo de la orquesta, la chiquillería estorbando entre las piernas de los bailarines. Madres velando a sus muñecas de porcelana frágil. La pareja de la guardia civil no danza. El perfume del pollo asado y del cordero a la brasa. Ritmos que hacen mover los pies. ¡Chis-pum! ¡Chis-pum! Es un pasodoble airoso donde la trompeta destila estridencias alegres de falsete festivo. Quien con pies planos contonea con gracia y fanfarronería. ¡Chis-pum! ¡Chis-pum! Sacudir compasadamente, arriba y abajo, con un sutil roce de medias. Niños contemplándolo como quien mira un escaparate. ¡Fiesta mayor! El último domingo de agosto, cuando había que llevar abrigo porque refresca. En la plaza, bajo de las bombillas, estrellas cercanas de alegría, se condensa la música y la alegría con el humo del tabaco, los requiebros halagadores, ingeniosos. Quien no está por estos rituales de apareamiento, aprovecha para hablar del tiempo, de la juventud, de los parientes. Los afortunados proponen pasear por los huertos con el pretexto de ir a hurtar manzanas de finales de agosto, ácidas y verdes. También los músicos en esos descansos sin resolver cargaban las maletas de solfas, ciruelas y manzanas. Recuerdo, yo soy el niño adormilado de la escena, como el vocalista baila con una rubia de mentira vestida de blanco princesa con topos rojos grandes. Cuando estaba por el trabajo de cantar lucía repeinado con los pelos grasientos recién surcados por un peine espeso amarrado al atril como si fuera la cinturilla de la rubia de mentira.

¡Feliz fiesta mayor! 

No hay comentarios:

Publicar un comentario