jueves, 6 de abril de 2023

¡Agua, Señor, que vino ya tenemos!

 

De la experiencia acumulada en materia meteorológica, por estas fechas, coincidiendo con la voluble Semana Santa en cuanto al calendario, solía llover. En algunas ediciones de estas fiestas, la palma, los palmones o el ramo de laurel se bendecían al amparo de un paraguas para que la lluvia intensa no diluyera el agua bendita con la que el cura las aspergía. Recuerdo que después las colgábamos en las barandillas de hierro forjado de los balcones convertidas en tótems sagrados que debían proteger la casa y a sus moradores hasta el próximo domingo de Ramos. Conocida por todos es la preceptiva incineración de la palma antigua, ya que los objetos salpicados por la mano de los dioses no se deben desechar. De hecho, tampoco existen contenedores celestiales donde reciclarlos.

Recreando la escena   bíblica, los elementos se alineaban con el calendario litúrgico y estaban también de luto, el cielo lloraba con desespero y desconsuelo. Truenos, lluvias intensas que solían durar hasta el día de Resurrección, la radiante Pascua florida, anunciando la primavera exuberante. Era tiempo de vestir los pantalones cortos, el uniforme de los críos, aunque refrescase si no habían salido ya de los armarios el domingo anterior de Ramos para lucir las rodillas sin rozaduras, blancas y limpias como la leche, mientras bendecíamos la palma con un guiño de inmaculado angelote barroco.

Los árboles escupían, cansados ​​y un poco hartos, el agua que insistía en empaparlos sin tregua, noche y día. Nubes grises, con chicha y panzudas, a menudo acunadas por una niebla meona, lo calaban todo. Si los robles, los más sabios de la naturaleza, asomaban los primeros rebrotes, el renacimiento ufano de la verdura y de la vegetación era un hecho, ya no volvería a helar. Efectivamente, era la declaración de la primavera sin obstáculos ni más frioleras. Qué gozada de campos verdes esperando el sol y las hogueras de San Juan mientras el viento de la lluvia los despeinaba amoroso en una danza ufana de abundancia. Allí, encaramado en un repecho oteando el prodigio, la sombra roída por la niebla del campesino con el paraguas abierto era un faro conjurando tormentas. Las señales no fallaban, se confirmaban los indicios verificando el mapa meteorológico local estación tras estación -¡Mañana lloverá!- preveía experimentadamente y con conocimiento de causa.

Los más viejos el lugar podían contar con los dedos de una mano aquellos años catastróficos que permanecían en el recuerdo, los que dejan umbrales escalofriantes de las lluvias o sequías ásperas de tierra quemada, de mal pasar, de hambre. Fuentes tristes o secas, ríos y torrentes sedientos. Caminos polvorientos, ribazos marchitos y abrasados por el sol. Árboles anticipándose al otoño que abatían o perdían las hojas a destiempo, Labriegos con el cuello extenuado de tanto contemplar el cielo donde las señales se habían desleído como las lluvias que hacían falta. Cielos limpios, limpísimos, planos y calmados -parados- eran el espejo en el infinito de la sequía terrenal en los valles.

Los más viejos, explican cómo una especie de cuento al amor de la lumbre, que sus padres y abuelos recordaban todavía como a principios del siglo XX hubo una sequía extraordinaria en las comarcas del Pirineo Oriental -quizás era de alcance más general -. Que fundamentalmente los campesinos del Ripollès y comarcas vecinas, un sábado, subieron en procesión al santuario de Núria. Promovieron, ante el desespero, una rogativa o algún tipo de oración para que lloviera. Cuentan que de regreso se formaron unos castillos de nubes que descargaron un pedrisco que arrasó todos los cultivos. ¡Quién pudiera tener la llave del cielo para regular a voluntad un caudal dócil y sin catástrofes! 

Sacar a los santos en procesión o ir a Núria han sido recursos practicados en los valles del Ripollès cuando la exasperación y la falta de agua superan la paciencia y las tribulaciones de las personas creyentes que lo habitan apelando con fervor a la gracia divina. Ofrendas asociadas al sacrificio para obtener réditos celestiales. Dicen que el cura, en una de estas ocasiones, sugirió un catálogo de intrepideces cercanas al martirio personal. Calvarios fuera de temporada alejados de las romerías festivas que tienen lugar por la festividad de la Mª de Déu de Núria, a principios de septiembre. Del surtido de penitencias inspiradas por el párroco se llevó la palma la de subir al santuario descalzo o bien con las suelas de los recios zapatos rellenos con garbanzos. Las pesadumbres transitaron del espíritu a los pies, ¡qué dolor más malvado! Los roces, las ampollas y las úlceras se exhibían como prueba de fe. Sólo el vaquero de Cal Magre subió fresco como una rosa. Justificó la proeza, que lo era, con el argumento y las recomendaciones del buen clérigo, quien en ningún momento de la prédica aclaró si la legumbre debía ser seca o estar cocida.

Como este año ya he oído cantar el cuco, yo también pediré agua, Señor, que vino ya tenemos.

4 comentarios:

  1. Carmen Mañá Escarihuela6 de abril de 2023 a las 11:30

    Genial com sempre.

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  2. Hermoso lo que escribiste... realmente es triste que falte el agua, acá recién hace un mes que nos dio agua... tremenda sequía

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