viernes, 14 de abril de 2023

Cuando las procesiones van por fuera.

 

La semana santa tiene un punto -perdido o relajado con los años- de eclosión mística, de levitación fervorosa que quiere reunir a multitudes, los que las contemplan y los actores, los que encarnan a los personajes bíblicos, los protagonistas escénicos. Las religiones mayoritariamente participan de un doble diálogo, el íntimo o personal; y aquél que necesita de la expresión colectiva, donde el ritual -siempre el mismo y cíclico- sirve de punto de encuentro como una especie de expresión impúdica de la vertiente privada. Un juego trascendente con dos facetas, la del diálogo con los dioses de cara a cara y la que necesita exteriorizarlo, demostrarlo participando en comunidad, lo más multitudinaria posible, en los actos del ciclo litúrgico.

Navidad y Semana Santa representan el círculo o la expresión más significativa del nacimiento y la pasión del dios encarnado en hombre que nos redime, según la creencia, de los pecados y de las debilidades humanas. En estos días de celebración pascual proliferan las procesiones, algunas han entrado en declive y otras se han recuperado. Lejos pero de aquellas décadas en las que no había pueblo sin desfile de penitentes mientras los santos deambulaban por las calles cargados de cirios. En nuestras comarcas el teatro popular -y religioso- también figuran los Pastorets navideños y en algunas poblaciones la representación de la Pasión o las singulares Dances de la Mort, una cantera para formar aprendices de actor que ha sido muy eficaz para nutrir los escenarios profesionales. Nos sorprendería la lista de actores que en Cataluña han interpretado Hamlet habiendo alimentado la voz i el movimiento escénico vestidos con la capa principesca después de haber declamado a Lluquet con una zamarra de rabadán delante de un público parroquial.

Las procesiones de estos lugares cercanos no tienen ese punto meridional o de la Meseta propios de las tierras andaluzas o castellanas que participan de una emoción más exaltada levantando pasos que, como los pecados, pesan mucho, son extraordinariamente pesados ​​y difíciles de maniobrar. Me sorprenden los solemnes desfiles con legionarios de verdad cuando alzan, marcialmente y con la precisión de esos novios de la muerte, la cruz con el crucificado entre el fervor popular embravecido.

Por hablar de pueblos cercanos, Sant Joan de les Abadesses -una de las villas que me ha acogido- celebra desde hace más de medio siglo una singular procesión motorizada. Tradicionalmente, ya se puede decir porque este año se cumple la 51 edición, se celebran, coincidiendo con estas fiestas, los 3 días de Trial de Santigosa. Un hito futurista inspirado por Marinetti donde los motoristas salen disciplinados, uno tras otro, para trepar márgenes imposibles y pedruscos estratégicamente dispuestos con cuidado de no caer o poner un pie en el suelo, una cruz que también los penaliza. Este perfume de gasolina contrasta con el incienso y el repique de las matracas porque las campanas han enmudecido. Ya hace años que no hay procesiones en Sant Joan, sólo un discreto Vía Crucis en el claustro del monasterio. En el lateral de la magnífica iglesia románica se dispone año tras año el monumento de semana santa donde los devotos queman cera porque quien no lleva un cirio, al monumento, todo el año le va horrendo. Mejor fortuna ha tenido la recuperada procesión de Camprodon. Una insólita vigorizada con soldados romanos de mentira bélicamente disciplinados i con la participación, desde los inicios de la reanudación, de los sufridos payeses de Freixanet en el papel de los judíos.

Se acabaron las fiestas, hemos regalado la mona a los ahijados y ya estamos pendientes de la próxima, la magnífica fiesta del libro y la rosa, Sant Jordi. Deberemos recluir las imágenes y reprimir las grandes procesiones. Sólo podremos sacar a la calle aquéllas que desfilan por dentro. 

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