La
semana santa tiene un punto -perdido o relajado con los años- de eclosión
mística, de levitación fervorosa que quiere reunir a multitudes, los que las contemplan
y los actores, los que encarnan a los personajes bíblicos, los protagonistas
escénicos. Las religiones mayoritariamente participan de un doble diálogo,
el íntimo o personal; y aquél que necesita de la expresión colectiva,
donde el ritual -siempre el mismo y cíclico- sirve de punto de encuentro como
una especie de expresión impúdica de la vertiente privada. Un juego
trascendente con dos facetas, la del diálogo con los dioses de cara a cara y la
que necesita exteriorizarlo, demostrarlo participando en comunidad, lo más
multitudinaria posible, en los actos del ciclo litúrgico.
Navidad
y Semana Santa representan el círculo o la expresión más significativa del
nacimiento y la pasión del dios encarnado en hombre que nos redime, según la
creencia, de los pecados y de las debilidades humanas. En estos días de
celebración pascual proliferan las procesiones, algunas han entrado en declive
y otras se han recuperado. Lejos pero de aquellas décadas en las que no
había pueblo sin desfile de penitentes mientras los santos deambulaban por las
calles cargados de cirios. En nuestras comarcas el teatro popular -y
religioso- también figuran los Pastorets
navideños y en algunas poblaciones la representación de la Pasión o las
singulares Dances de la Mort, una
cantera para formar aprendices de actor que ha sido muy eficaz para nutrir los
escenarios profesionales. Nos sorprendería la lista de actores que en Cataluña
han interpretado Hamlet habiendo alimentado la voz i el movimiento escénico
vestidos con la capa principesca después de haber declamado a Lluquet con una
zamarra de rabadán delante de un público parroquial.
Las
procesiones de estos lugares cercanos no tienen ese punto meridional o de la Meseta
propios de las tierras andaluzas o castellanas que participan de una emoción
más exaltada levantando pasos que, como los pecados, pesan mucho, son
extraordinariamente pesados y difíciles de maniobrar. Me sorprenden los
solemnes desfiles con legionarios de verdad cuando alzan, marcialmente y con la
precisión de esos novios de la muerte, la cruz con el crucificado entre el
fervor popular embravecido.
Por
hablar de pueblos cercanos, Sant Joan de les Abadesses -una de las villas que
me ha acogido- celebra desde hace más de medio siglo una singular procesión
motorizada. Tradicionalmente, ya se puede decir porque este año se cumple
la 51 edición, se celebran, coincidiendo con estas fiestas, los 3
días de Trial de Santigosa. Un hito futurista inspirado por Marinetti
donde los motoristas salen disciplinados, uno tras otro, para trepar márgenes
imposibles y pedruscos estratégicamente dispuestos con cuidado de no caer o poner
un pie en el suelo, una cruz que también los penaliza. Este perfume de
gasolina contrasta con el incienso y el repique de las matracas porque las
campanas han enmudecido. Ya hace años que no hay procesiones en Sant Joan,
sólo un discreto Vía Crucis en el claustro del monasterio. En el lateral
de la magnífica iglesia románica se dispone año tras año el monumento de semana
santa donde los devotos queman cera porque quien no lleva un cirio, al
monumento, todo el año le va horrendo. Mejor fortuna ha tenido la
recuperada procesión de Camprodon. Una insólita vigorizada con soldados romanos
de mentira bélicamente disciplinados i con la participación, desde los inicios
de la reanudación, de los sufridos payeses de Freixanet en el papel de los
judíos.
Se
acabaron las fiestas, hemos regalado la mona a los ahijados y ya estamos
pendientes de la próxima, la magnífica fiesta del libro y la rosa, Sant
Jordi. Deberemos recluir las imágenes y reprimir las grandes
procesiones. Sólo podremos sacar a la calle aquéllas que desfilan por
dentro.
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