Lo
monárquico calentando motores. Reavivar y mantener la llama en las viejas
casas reales debe ser un ejercicio agotador y caro. Justo ahora se
reanudará un centro de interés informativo que nos mantendrá entretenidos días
y días hasta el momento en que Carlos III sea coronado. Un evento de
aquellos que no puedes perderte porque es historia viva del Reino Unido que
será exhibido en todo el universo mediático. La BBC, bien rodada tras los
funerales de Isabel II, volverá a retransmitir para el mundo el instante en el
que el monarca será el nuevo depositario de la corona. Un ritual de
cuentos de hadas y de príncipes azules -un poco desleídos- que nos hará
soñar. Edulcorados directos con lo mejor de cada casa real
europea. Pamelas, vestidos, uniformes, desfiles y carrozas doradas como la
corona real que no se transforman en calabazas. Los hechizos son
permanentes, vitalicios y se dejan en herencia. Atributos de determinadas
cunas de casta privilegiada por la gracia divina.
Un
rey maduro que ha permanecido una eternidad esperando a que su madre
abdicara. Los hechos y la terquedad de la reina se alinearon en una muerte
sobre los escenarios casi literal, hasta casi el último suspiro su majestad
ostentó con una rigidez marca de la casa una autoridad numismática que será
difícil de igualar por el sucesor. Tampoco la biografía está de su parte,
separado y viudo de una princesa que no encajaba en ese palacio cargado de
polvo histórico. Dicen que las relaciones con los hijos, alguno de
díscolo, no están inspiradas en aquellos escritos medievales, los espejos de príncipes, que
los clérigos escribían a la manera de los manuales cargados de consejos
fundamentalmente morales para reinar según la voluntad divina. Preceptos
donde los reyes perfectos debían reflejarse.
Veremos
qué imagen refleja su espejo de barbero mientras la historia contemporánea de
su reinado les afeita. Ya hay encuestas diversas, vaticinios que deberemos
ver si se cumplen o sólo en parte. Dicen que el grado de fervor monárquico
en las islas británicas retrocede, más entre los jóvenes que no están para
romances. Que existe un sector de la población que viste camisetas
amarillas y exhibe pancartas renegando del rey. ¿Veremos con el tiempo una
república inglesa? Por ahora no, permanece la incondicional aceptación
mayoritaria con alguna fisura. Como dicen los cronistas de la corte, este
nuevo rey con arrugas en la coraza no tiene la imagen ni el predicamento que
emanaba de la antecesora. A su favor debe admitirse que es más rico, mucho
más rico que Isabel II, un astuto gentleman de los negocios.
Esta
virtud, que debería jugar a su favor, puede ser una de las causas de la
controversia y del rechazo porque el gasto que comportará la coronación tiene
muchos, pero muchos, ceros. Una cifra astronómica que han determinado no
hacer pública anticipadamente hasta que se haya celebrado. Un coste que
después se repartirá equitativamente entre los sufridos contribuyentes
británicos que no están para demasiadas alegrías económicas ni demasiado
dispuestos a renovar la pamela. La crisis grave y la recesión con los
efectos del Brexit dibujan un panorama que no está para tirar cohetes ni
derrochar en asuntos suntuarios. Argumentos fáciles y comprensibles de pub
inglés mientras la campana de la última consumición no da la alerta. Veremos
si la campanada desmoviliza a las multitudes que suelen asistir -desde la
acera, no desde el balcón- a los desfiles. Hay cierto temor al respecto
entre los miembros de la corte real. Que la indiferencia del pueblo no
acabe pesando más que la imponente corona de cuatro kilos -sin contar el
remanente capilar acumulado y la laca- con la que el rey tendrá que cargar.
Estos
días al monarca inglés le han relacionado con una supuesta visita de cortesía,
por amistad y parentesco, del emérito español de paso hacia Sanxenxo, tierra
acogedora de marisco y queso de teta gallega. Se dijo, pero no se ha confirmado,
que el emérito gozara de una comida en compañía del colega Carlos III. No
hace falta ser un experto diplomático para intuir que, en las circunstancias
actuales, quien fuera el titular de la corona del Reino de España no es un buen
escudero para exhibir en los escaparates de las relaciones sociales, menos en
los arroyuelos de sangre azul que lo pueden percibir como un personaje de
caudal poco ecológico y con demasiadas toxinas para un ecosistema monárquico
inspirado en los santos preceptos de los espejos para príncipes. La
estancia londinense la remató asistiendo -ha sido confirmado- al partido
de Champions entre el Chelsea y el Real Madrid.
Del
emérito al inoportuno hay un peligroso bamboleo al filo
de una navaja incisiva. ¿Era o ha sido acertado el encuentro -si se ha
producido- de los primos lejanos antes de la coronación en Londres? El
puritanismo inglés podría haberlo desaconsejado, por lo que continuó hacia el
destino donde una coral de sirenas regatistas tiene el puerto y la nave para
desafiar los océanos oscuros de la ingratitud.
Por
ahora la exposición y las declaraciones de Juan Carlos no han causado alboroto,
la prensa no le pierde rastro como a una pieza de caza mayor. Tampoco
sabremos si el padre y el hijo van a encontrarse. Otro enigma que viene a
reforzar la mutación de emérito en inoportuno dadas las reacciones
institucionales de la casa real española y del gobierno socialista en el poder,
ninguna. ¿Le convienen las expansiones patrias del rey jubilado a Felipe
VI? ¿Son oportunas en un momento preelectoral?
Las
imágenes a día de hoy han sido las de un peso muerto sentado en un trono
ficticio de una embarcación digiriendo centollos. Algo que tiene mucho
mérito si lo comparamos con el primo lejano, dado que ambos han amasado una
inmensa Fortuna.
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