sábado, 22 de abril de 2023

Espejo de príncipes.

 

Lo monárquico calentando motores. Reavivar y mantener la llama en las viejas casas reales debe ser un ejercicio agotador y caro. Justo ahora se reanudará un centro de interés informativo que nos mantendrá entretenidos días y días hasta el momento en que Carlos III sea coronado. Un evento de aquellos que no puedes perderte porque es historia viva del Reino Unido que será exhibido en todo el universo mediático. La BBC, bien rodada tras los funerales de Isabel II, volverá a retransmitir para el mundo el instante en el que el monarca será el nuevo depositario de la corona. Un ritual de cuentos de hadas y de príncipes azules -un poco desleídos- que nos hará soñar. Edulcorados directos con lo mejor de cada casa real europea. Pamelas, vestidos, uniformes, desfiles y carrozas doradas como la corona real que no se transforman en calabazas. Los hechizos son permanentes, vitalicios y se dejan en herencia. Atributos de determinadas cunas de casta privilegiada por la gracia divina.

Un rey maduro que ha permanecido una eternidad esperando a que su madre abdicara. Los hechos y la terquedad de la reina se alinearon en una muerte sobre los escenarios casi literal, hasta casi el último suspiro su majestad ostentó con una rigidez marca de la casa una autoridad numismática que será difícil de igualar por el sucesor. Tampoco la biografía está de su parte, separado y viudo de una princesa que no encajaba en ese palacio cargado de polvo histórico. Dicen que las relaciones con los hijos, alguno de díscolo, no están inspiradas en aquellos escritos medievales, los espejos de príncipes, que los clérigos escribían a la manera de los manuales cargados de consejos fundamentalmente morales para reinar según la voluntad divina. Preceptos donde los reyes perfectos debían reflejarse. 

Veremos qué imagen refleja su espejo de barbero mientras la historia contemporánea de su reinado les afeita. Ya hay encuestas diversas, vaticinios que deberemos ver si se cumplen o sólo en parte. Dicen que el grado de fervor monárquico en las islas británicas retrocede, más entre los jóvenes que no están para romances. Que existe un sector de la población que viste camisetas amarillas y exhibe pancartas renegando del rey. ¿Veremos con el tiempo una república inglesa? Por ahora no, permanece la incondicional aceptación mayoritaria con alguna fisura. Como dicen los cronistas de la corte, este nuevo rey con arrugas en la coraza no tiene la imagen ni el predicamento que emanaba de la antecesora. A su favor debe admitirse que es más rico, mucho más rico que Isabel II, un astuto gentleman de los negocios.

Esta virtud, que debería jugar a su favor, puede ser una de las causas de la controversia y del rechazo porque el gasto que comportará la coronación tiene muchos, pero muchos, ceros. Una cifra astronómica que han determinado no hacer pública anticipadamente hasta que se haya celebrado. Un coste que después se repartirá equitativamente entre los sufridos contribuyentes británicos que no están para demasiadas alegrías económicas ni demasiado dispuestos a renovar la pamela. La crisis grave y la recesión con los efectos del Brexit dibujan un panorama que no está para tirar cohetes ni derrochar en asuntos suntuarios. Argumentos fáciles y comprensibles de pub inglés mientras la campana de la última consumición no da la alerta. Veremos si la campanada desmoviliza a las multitudes que suelen asistir -desde la acera, no desde el balcón- a los desfiles. Hay cierto temor al respecto entre los miembros de la corte real. Que la indiferencia del pueblo no acabe pesando más que la imponente corona de cuatro kilos -sin contar el remanente capilar acumulado y la laca- con la que el rey tendrá que cargar.

Estos días al monarca inglés le han relacionado con una supuesta visita de cortesía, por amistad y parentesco, del emérito español de paso hacia Sanxenxo, tierra acogedora de marisco y queso de teta gallega. Se dijo, pero no se ha confirmado, que el emérito gozara de una comida en compañía del colega Carlos III. No hace falta ser un experto diplomático para intuir que, en las circunstancias actuales, quien fuera el titular de la corona del Reino de España no es un buen escudero para exhibir en los escaparates de las relaciones sociales, menos en los arroyuelos de sangre azul que lo pueden percibir como un personaje de caudal poco ecológico y con demasiadas toxinas para un ecosistema monárquico inspirado en los santos preceptos de los espejos para príncipes. La estancia londinense la remató asistiendo -ha sido confirmado- al partido de Champions entre el Chelsea y el Real Madrid.

Del emérito al inoportuno hay un peligroso bamboleo al filo de una navaja incisiva. ¿Era o ha sido acertado el encuentro -si se ha producido- de los primos lejanos antes de la coronación en Londres? El puritanismo inglés podría haberlo desaconsejado, por lo que continuó hacia el destino donde una coral de sirenas regatistas tiene el puerto y la nave para desafiar los océanos oscuros de la ingratitud.

Por ahora la exposición y las declaraciones de Juan Carlos no han causado alboroto, la prensa no le pierde rastro como a una pieza de caza mayor. Tampoco sabremos si el padre y el hijo van a encontrarse. Otro enigma que viene a reforzar la mutación de emérito en inoportuno dadas las reacciones institucionales de la casa real española y del gobierno socialista en el poder, ninguna. ¿Le convienen las expansiones patrias del rey jubilado a Felipe VI? ¿Son oportunas en un momento preelectoral?

Las imágenes a día de hoy han sido las de un peso muerto sentado en un trono ficticio de una embarcación digiriendo centollos. Algo que tiene mucho mérito si lo comparamos con el primo lejano, dado que ambos han amasado una inmensa Fortuna.

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