¿Dónde
estabas el día que actuó Bruce Springsteen en el Estadio Olímpico? Algunos
privilegiados levantarán la mano y con la autoridad que confiere la
presencialidad dirán -¡Yo estuve!-. No ha sido mi caso, no puedo ser
testigo de ningún concierto del Boss, como lo conocen y proclaman
los seguidores incondicionales que asocian un concierto de este hombre a una
experiencia mística por la potencia y el liderazgo que ostenta en el mundo
musical todavía a los 73 años según la información contrastada en las
redes. Una demostración con guitarra que la edad es relativa y que la
solfa rejuvenece -dedicado también a nuestro trovador Jaume
Arnella-. Algo que no se puede explicar, relatan los privilegiados que presenciaron
el concierto del viernes.
Ha
sido la noticia que ha apagado muchos otros titulares de la actualidad
política. Bruce en Barcelona con un séquito de estrella mundial perfumado
de bienaventuranza musculada con la mujer de Obama y de Spielberg en el
escenario participando de la fiesta y siendo también protagonistas destacadas. Como
si después de una comilona con amigos, a la hora de romper los
convencionalismos, la desinhibición y la vergüenza se destilan en un
improvisado trío el ritmo y la alegría con unas maduritas coristas
célebres. El cantante ha venido acompañado de amigos importantes que le
apoyan, un expresidente de Estados Unidos y un reconocidísimo director de
cine. Una tropa que ha convivido y compartido hotel, restaurantes i se ha
prodigado como turistas singulares que firman en los libros de honor para que
quede aún más constancia de su presencia en la Sagrada Familia o en la Abadía
de Montserrat.
La
Barcelona springsteeniana es el ojo del huracán en el mundo y en los epicentros
catalanes desplazándose en persona a la manera hollywoodiense, con caravanas de
vehículos y con un colosal cóctel de guardaespaldas diversos. Gente
importante que otorga diplomas y referencias culinarias sólo con su presencia y
el testimonio gráfico de una fotografía. Hemos de ver cómo las etiquetas
de los vinos incorporan los sellos de proveedores exclusivos sino de la casa
real, de los personajes que los han degustado estos días. Obama ha
comprobado cómo la Moreneta lo es, de morenita. Y Spielberg ha visto en
directo cómo el Santo Grial del concierto era la armónica que Bruce regaló a
una niña del público que asistía al concierto.
Mientras,
en la ciudad de las obras, Barcelona, se viven al mismo tiempo los
preliminares de la campaña a las elecciones municipales. Candidatos
afilando oratoria y multiplicando presencia, de la feria de abril a los
conciertos del Boss. Del Fórum a Montjuïc en un no vivir
verificando el milagro de la ubicuidad. Qué no habrían dado los
respectivos candidatos por salir junto a Obama en un apretón cordial de manos y
risueños, todo dientes blancos y bien puestos. Ilusiones que no han
sido. Sueños húmedos con Bruce en el escenario agradeciendo la presencia
del presidente de la Generalitat o de la alcaldesa. Ninguna referencia,
pisarán la desventrada ciudad pacificada como insignes turistas con mucho
protagonismo del que se contagia, apartándose del poder local con sólo un
genérico “Hola Barcelona, hola Catalunya” antes de empezar el concierto.
Barcelona
ha sido la ciudad elegida para inaugurar la gira europea de Bruce
Springsteen. Todavía existe una multitud que asistirá al segundo concierto
previsto para este domingo, ambos únicos en España. Una segunda
oportunidad -algunos repiten- para ver en directo al ídolo de masas. Ya
hay quien habla de despedida. ¿Habrá más giras del Boss? Por
si acaso, estos conciertos sí tienen cierto aire de adiós. Un evento que
ha confirmado Barcelona en el mapa con un mañana cargado de placas
conmemorativas al modo de las estaciones de un vía crucis laico camino del
concierto. “Segunda estación: Aquí tomaron el vermut con anchoas de
L'Escala, aceitunas rellenas y berberechos aliñados con salsa
Espinaler”. En algún museo se expondrá la armónica en una urna que el
cantante regaló a aquella niña que, siendo ya una mujer con sentido cívico,
habría decidido que una reliquia como ésta debe compartirse y por eso la dejó
en herencia en la ciudad de Barcelona.
¡Hola
Cataluña!
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