Imagino
lo intensa que debe ser la vida política de una persona candidata tanto si es
la primera vez que concurre o si ya lleva en ello unas cuantas
campañas. Tanto si se presenta a la reelección porque ya ha ejercido o
ejerce en el cargo electo como si a pesar de insistir sólo ha logrado ser el
confortable jefe de la oposición. No es lo mismo optar a una gran ciudad,
a una ciudad o a una aldea donde la nómina electoral te conoce y sabe de qué
pie calzas. La confianza y el roce, como dice el dicho, inquietan. Por
eso creo que en los pueblos vender humo en el mercado de la credibilidad es más
caro. Y puestos, no me olvidaré de los tocados por la fortuna electoral
con la flor en el culo de una candidatura única. A estos privilegiados
parecería que sólo les pueda quitar el sueño el absentismo.
Permitir
que te cuelguen es de valientes. No seamos malpensados, quería decir
ondear en una farola expuesto a las ventoleras de la opinión pública o pegado
como un sello de correos bien relamido en cualquier rincón poco oportuno y nada
estratégico. Deben tener un pacto para que no se solapen caóticamente,
unos encima de los otros, los carteles con la efigie sonriente y bien
peinada. Que la fotografía sea el reflejo de las intenciones, también
cuando no se ofrece mucho, lo mejor es exponerse en pelotas, mucha epidermis,
natural con arrugas sólo en el programa. De estos cromos de acera los hay
más o menos afortunados. Algunos de estos recursos gráficos pueden ser
eficaces con mayor impacto negativo que los discursos de los adversarios.
Nos
hemos acostumbrado a la prosa electoral que participa de un estilo
propio. Somos capaces, sólo oyéndola, de percibir sin lugar a dudas, que
se trata de un mitin emitido en la lengua que sea aunque no entendamos ni jota. La
gestualidad arrebatada, el tono, el alboroto que no invita demasiado a la
reflexión, el mensaje llano, reiterativo o los silencios que salpican el
discurso permitiendo reponer la exaltación y la garganta. Aspectos
formales que no benefician a todo el mundo, a algunos candidatos les delata la
impostura, el carácter blandengue o la vergüenza -estos son muy escasos-. Las
intenciones de estas arengas, como si la verdad se impusiera gritando, hace
siglos que se descubrió. ¿Cuántos autoritarios fueron y son unos
profesionales practicándolas?
Procesos
electorales cíclicos, olimpiadas para el poder, que conllevan un alboroto y un
ruido que hacen difícil de elegir. A la militancia fiel no hace falta
convencerla, pero para quienes acabarán decantándose sí, los que pertenecen al
numeroso club de quienes en las encuestas son definidos como indecisos. Electores
vacilantes, escrupulosos pusilánimes, ciudadanos con sentido crítico o solteros
de la política sin compromiso. ¿A quién votarán? Éstos son el
objetivo, la gente que puede decantar los resultados, los promiscuos
electorales que cambian el voto de una campaña a otra convencidos o por
simpatías inconfesables. Los traicioneros o los tránsfugas pertenecen al
grupo de los sospechosos prófugos.
Inmersos
en esta vorágine democrática hay que estar atentos a las promesas, escucharlos
separando el grano de la paja ya que en el alboroto podríamos pensar que todos
nos hablan de lo mismo. Porque cada formación se considera la única en
comprometerse, en llevar a buen puerto aquello con lo que nos quiere
seducir. Mensajes inflamados que se balancean entre el predicar y el dar
trigo que se van cocinando a fuego lento antes del pistoletazo de salida de la
campaña, justo un momento después de inaugurar con fuegos artificiales la
remodelación de una plaza, la pacificación de una calle o un carril bici.
Intento
encontrar -por ahora no lo he conseguido- algún candidato para escucharle mejor
que reconozca algo positivo en un adversario, que admita el mínimo de acierto
por pequeño que sea el detalle, que la corbata o el pañuelo de cuello le
sientan bien, por ejemplo. Reconocer los aciertos ajenos no existe en el
manual de estilo. Tampoco figuran la modestia o la capacidad para implicar
al oponente neutralizando la crítica por la crítica haciéndole partícipe,
integrándolo en los objetivos del mandato o de la legislatura. Predomina
la actitud de los demás, ¡ni agua!
Desgraciadamente
con el inicio de la campaña electoral las circunstancias meteorológicas se han
puesto de culo a una de las promesas con mayor impacto que los candidatos
podían esgrimir porque ha llovido. Poco aún por llenar embalses, pero lo
ha hecho. No podrán, pues, incluir o tendrán que descolgarlo del programa,
este compromiso. Ciertamente algunas de las promesas electorales,
descartada la lluvia, hacen llover, o más aún, hacen incluso tronar y llover.
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