La
sacudida política, aunque previsible, tras las elecciones autonómicas
celebradas en las Españas ha sido de pronóstico. Las municipales en
Catalunya también han sacudido el ambiente, pero con algunos
matices. Mapas de comunidades cambiando de color, del rojo al azul con
manchas preocupantes de verde no ecologista precisamente, sino de moho. La
derecha extrema y su escisión abrupta, más nostálgica y agria
arrasan. La euforia de la noche electoral, tras hacer caja y recontar los
votos, es la de las grandes noches en que la sede del PP de Madrid se tambalea
literalmente porque todo el mundo rebota de alegría. Mayoría absoluta con
doble carambola en la comunidad y en la alcaldía. La nota de cierto
optimismo ante el varapalo a las izquierdas es el tortazo letal que ha
machacado Ciudadanos, esa formación que nació para repartir sonrisas,
administrar cordialidad y asperger convivencia fraternal en Catalunya. Han
sido borrados del mapa electoral en una suerte de justicia poética si no fuera
porque sus maneras no se han fundido, perduran, sólo han cambiado de camiseta
-o de camisa-.
Hago
a los damnificados por los resultados mientras siguen la evolución, porcentaje
a porcentaje, brincando de cadena a cadena como un perico enjaulado y cabreados
como si hubieran bajado a segunda división; no les veo resignados a
soportar la prepotencia o la política chapucera del insulto y de la
manipulación con que arremeten los entrañables contrincantes. Pesadillas
anticipando los discursos con los que la derecha castigará al sanchismo y
a sus compañeros de viaje, una panda de terroristas, comunistas y unos
separatistas. Qué calvario más largo de soportar se perfila en el
horizonte mientras no lleguen las elecciones generales. Bastaba con ver a
Cuca, la secretaria general del PP, afilando los colmillos con una sonrisa
cercana al orgasmo electoral anticipando los nuevos tiempos con los pantanos
llenos de votos favorables. El cambio climático haciéndose realidad en las
instituciones. ¡Qué panorama! Ciertamente, para los no partidarios de
esta derecha global, una penitencia mientras les restriegan la derrota torpemente
-que en esta ocasión no deben de considerar ilegítima-.
Catalunya
tiene un color del papel pintado socialista, que ganan en votos. La
antigua Convergencia resucita con un Trias color sepia en la alcaldía de
Barcelona. ERC también recibe un correctivo tonalidad crema catalana chamuscada,
por no hacer los deberes o por abanicar con un paipái al gobierno de
Madrid. El PP continúa su marginalidad tradicional aunque respira más
holgadamente y los nostálgicos también empiezan a extender el
moho al queso electoral catalán. Unos resultados marcados por el
desencanto concretado en una formidable abstención. El independentismo
vive desencantado, huérfano de liderazgo -o de credibilidad-. Aquel señor
de Barcelona, Trias -como le llamaban hace casi una década- se ha impuesto. Veremos
sí podrá levantar la vara de alcalde y podrá ser el sustituto de la
Colau. No sé si llamarlo anécdota, pero la epidemia de verdín arrasa en el
ayuntamiento de Ripoll con Aliança Catalana -el adjetivo no esconde la cosa o
las intenciones-.
¿Y
Colau? En la sala la Paloma tenía el cuartel general para
inaugurar la reelección con un vals de Strauss que no ha podido
bailar. Trias le afanaba la pretendiente alcaldía y los resultados por la
disputa del segundo puesto son tan ajustados como los calzones de un
cura. A estas alturas recuentan papeletas, por ser bien exactos. Parece
que el subcampeonato por la alcaldía de Barcelona es cosa de un centenar de
votos. Un codo a codo con el socialista Collboni. Todos contra Colau
y sus gomets de colorines pegados al asfalto de la ciudad. Una alcaldesa
de la que no se podrá decir que no ha hecho nada por Barcelona. ¡Quizás
demasiado! Habrá que ver cómo se perciben los vuelcos que ha promovido
pasados unos años. Una candidata que ha levantado pasiones, contradicciones
y rechazo, el frío cóctel que sirven en las barras de la política.
El
perfil y las preferencias de los electores -incluida la abstención- han marcado
tendencia. Las elecciones generales previstas debían coincidir con los
turrones navideños. Una eternidad tras el vuelco electoral del pasado 28
de mayo para el presidente Pedro Sánchez. En un paso adelante rumiado con
la almohada, si es que pudo dormir, al día siguiente por la mañana convocó
elecciones generales anticipadas. Una decisión muy personal, que algunos
miembros del gobierno conocieron por los medios, enfrió las celebraciones
eufóricas de los populares y las indecisiones de la desmenuzada
izquierda. Una campanada -o una escopetada- comprimida de las que ponen en
danza a todos. Un sálvese quien pueda con plazos ajustadísimos para
presentar coaliciones hasta el 9 de junio; el cierre de las listas
electorales es el 19 de junio. ¡Como aquel que dice, pasado mañana!
De
rebote a la noche electoral, un todo o nada en una carta que ha descolocado a
todo el mundo. ¿Logrará movilizar al electorado? Desde que se hizo el
anuncio los medios le dedican mucha atención. Sesudos analistas,
tertulianos enciclopédicos, profetas especialistas en urnas se multiplican examinando
el momento y las posibilidades. Los más preciados son los vaticinadores de
pueblo que adivinan si te harán miembro honorario de alguna mesa electoral o
los mecanismos que, en supuesto de salir elegido -suplente también-, te pueden
librar. La fiesta de la democracia por excelencia este año coincidirá con
las vacaciones. Urnas, arena y mejillones con sangría para un oasis
electoral convulso con el temor a tener que cruzarlo con destino al desierto a
pie y sin camellos. Los electores con el corazón en un puño haciendo cola
para poder votar por correo.
Bermudas
y camisa hawaiana, complementos para reflexionar de nuevo.
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