miércoles, 31 de mayo de 2023

Volveremos a votar.

 

La sacudida política, aunque previsible, tras las elecciones autonómicas celebradas en las Españas ha sido de pronóstico. Las municipales en Catalunya también han sacudido el ambiente, pero con algunos matices. Mapas de comunidades cambiando de color, del rojo al azul con manchas preocupantes de verde no ecologista precisamente, sino de moho. La derecha extrema y su escisión abrupta, más nostálgica y agria arrasan. La euforia de la noche electoral, tras hacer caja y recontar los votos, es la de las grandes noches en que la sede del PP de Madrid se tambalea literalmente porque todo el mundo rebota de alegría. Mayoría absoluta con doble carambola en la comunidad y en la alcaldía. La nota de cierto optimismo ante el varapalo a las izquierdas es el tortazo letal que ha machacado Ciudadanos, esa formación que nació para repartir sonrisas, administrar cordialidad y asperger convivencia fraternal en Catalunya. Han sido borrados del mapa electoral en una suerte de justicia poética si no fuera porque sus maneras no se han fundido, perduran, sólo han cambiado de camiseta -o de camisa-.

Hago a los damnificados por los resultados mientras siguen la evolución, porcentaje a porcentaje, brincando de cadena a cadena como un perico enjaulado y cabreados como si hubieran bajado a segunda división; no les veo resignados a soportar la prepotencia o la política chapucera del insulto y de la manipulación con que arremeten los entrañables contrincantes. Pesadillas anticipando los discursos con los que la derecha castigará al sanchismo y a sus compañeros de viaje, una panda de terroristas, comunistas y unos separatistas. Qué calvario más largo de soportar se perfila en el horizonte mientras no lleguen las elecciones generales. Bastaba con ver a Cuca, la secretaria general del PP, afilando los colmillos con una sonrisa cercana al orgasmo electoral anticipando los nuevos tiempos con los pantanos llenos de votos favorables. El cambio climático haciéndose realidad en las instituciones. ¡Qué panorama! Ciertamente, para los no partidarios de esta derecha global, una penitencia mientras les restriegan la derrota torpemente -que en esta ocasión no deben de considerar ilegítima-.

Catalunya tiene un color del papel pintado socialista, que ganan en votos. La antigua Convergencia resucita con un Trias color sepia en la alcaldía de Barcelona. ERC también recibe un correctivo tonalidad crema catalana chamuscada, por no hacer los deberes o por abanicar con un paipái al gobierno de Madrid. El PP continúa su marginalidad tradicional aunque respira más holgadamente y los nostálgicos también empiezan a extender el moho al queso electoral catalán. Unos resultados marcados por el desencanto concretado en una formidable abstención. El independentismo vive desencantado, huérfano de liderazgo -o de credibilidad-. Aquel señor de Barcelona, Trias -como le llamaban hace casi una década- se ha impuesto. Veremos sí podrá levantar la vara de alcalde y podrá ser el sustituto de la Colau. No sé si llamarlo anécdota, pero la epidemia de verdín arrasa en el ayuntamiento de Ripoll con Aliança Catalana -el adjetivo no esconde la cosa o las intenciones-.

¿Y Colau? En la sala la Paloma tenía el cuartel general para inaugurar la reelección con un vals de Strauss que no ha podido bailar. Trias le afanaba la pretendiente alcaldía y los resultados por la disputa del segundo puesto son tan ajustados como los calzones de un cura. A estas alturas recuentan papeletas, por ser bien exactos. Parece que el subcampeonato por la alcaldía de Barcelona es cosa de un centenar de votos. Un codo a codo con el socialista Collboni. Todos contra Colau y sus gomets de colorines pegados al asfalto de la ciudad. Una alcaldesa de la que no se podrá decir que no ha hecho nada por Barcelona. ¡Quizás demasiado! Habrá que ver cómo se perciben los vuelcos que ha promovido pasados ​​unos años. Una candidata que ha levantado pasiones, contradicciones y rechazo, el frío cóctel que sirven en las barras de la política.

El perfil y las preferencias de los electores -incluida la abstención- han marcado tendencia. Las elecciones generales previstas debían coincidir con los turrones navideños. Una eternidad tras el vuelco electoral del pasado 28 de mayo para el presidente Pedro Sánchez. En un paso adelante rumiado con la almohada, si es que pudo dormir, al día siguiente por la mañana convocó elecciones generales anticipadas. Una decisión muy personal, que algunos miembros del gobierno conocieron por los medios, enfrió las celebraciones eufóricas de los populares y las indecisiones de la desmenuzada izquierda. Una campanada -o una escopetada- comprimida de las que ponen en danza a todos. Un sálvese quien pueda con plazos ajustadísimos para presentar coaliciones hasta el 9 de junio; el cierre de las listas electorales es el 19 de junio. ¡Como aquel que dice, pasado mañana!

De rebote a la noche electoral, un todo o nada en una carta que ha descolocado a todo el mundo. ¿Logrará movilizar al electorado? Desde que se hizo el anuncio los medios le dedican mucha atención. Sesudos analistas, tertulianos enciclopédicos, profetas especialistas en urnas se multiplican examinando el momento y las posibilidades. Los más preciados son los vaticinadores de pueblo que adivinan si te harán miembro honorario de alguna mesa electoral o los mecanismos que, en supuesto de salir elegido -suplente también-, te pueden librar. La fiesta de la democracia por excelencia este año coincidirá con las vacaciones. Urnas, arena y mejillones con sangría para un oasis electoral convulso con el temor a tener que cruzarlo con destino al desierto a pie y sin camellos. Los electores con el corazón en un puño haciendo cola para poder votar por correo.

Bermudas y camisa hawaiana, complementos para reflexionar de nuevo.

 

 

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