Los
incendios forestales de Canadá tiñen al cielo de Nueva York como una postal de
época en uno de los peores episodios de contaminación ambiental que se
recuerdan. Hay 400 fuegos activos, la mitad sin control, que ya han
quemado cuatro millones de hectáreas. Por ahora se habrían evacuado unas
120.000 personas. Nueva York y varias ciudades estadounidenses de la costa
este habrían registrado los peores índices de calidad del aire del mundo. El
skyline más fotogénico, el personaje invitado -y protagonista- de
muchas ficciones presenta el aspecto de un telón de fondo chapucero de color
ceniza que irradia temor, el miedo a aquellos fenómenos naturales que el hombre
no controla y gestiona como puede a pesar de haberlos podido promover. De
un alcance y magnitud que ponen los pelos de punta. Un momento estelar
para profetas del día después que aleccionan -“ya se lo advertimos”- dirigido a
los presuntos culpables directos o indirectos que a estas alturas somos la
mayoría de los países desarrollados.
La
destrucción de la presa de Nueva Kakhovka ha provocado que el nivel del agua en
esta localidad y en los municipios de alrededor hayan quedado anegados. El
agua ha subido bastantes metros y ha inundado las edificaciones. Rusia
asegura que lo ha producido un ataque con misiles ucranianos, mientras que
Ucrania les contradice, lo atribuye a una explosión provocada desde el interior
de la central hidroeléctrica. La riada causada por la destrucción de la presa
ha desenterrado y arrastrado río abajo minas que supondrán un grave peligro en
las próximas décadas. Minas antipersona, minas antitanques, munición de
artillería... Bombas y explosivos que no se pueden cuantificar, las cifras
pueden ser enormes, en una zona agrícola donde el impacto y el riesgo que
conllevan estos artefactos sobre la producción es alarmante.
Noticias
relacionadas con la cosa ecológica machacando el entorno donde habitamos debido
a la actividad humana -perversa- alterándolo con consecuencias
escalofriantes. Las relacionadas con la guerra son barbaridades que no
tienen justificación con los culpables contemplándoselo como victorias
estratégicas de mal legitimar. La guerra, las guerras y las semillas de la
destrucción, de tierra quemada, sólo hacen florecer la devastación y la muerte.
¿Estamos
a tiempo de enderezarlo? Los relojes y los plazos, según la Organización
Meteorológica Mundial que analiza los indicadores climáticos fundamentales son
pesimistas. La temperatura media de los últimos años ha sido la más alta
jamás registrada y el nivel del mar y el calor oceánico no tienen
precedentes. El 2022 ha sido el más caluroso de la historia en
Europa. Que la extensión del hielo en la Antártida está retrocediendo
a mínimos históricos. Que inundaciones, sequías y olas de calor se
multiplican por todas partes. Estas anormalidades son provocadas por los elevados
niveles de gases de efecto invernadero afectando los ecosistemas terrestres,
acuáticos y aéreos. Producen alteraciones en los tiempos de floración de
los árboles o en la migración de las aves. Por otra parte, tienen graves
consecuencias económicas y sociales. La OMM estima que 95 millones de
personas han sido desplazadas a lo largo de 2022 a causa de estos
fenómenos. El informe no cuantifica los efectos bélicos.
Según
las escalofriantes conclusiones no tendremos que esperar cien años, dentro de
pocas décadas, todos calvos. No quisiera inquietar a nadie ni caer en
alarmismos, aunque fundados, por ver y sufrir estas alteraciones. La
Tierra ha superado la pérdida de los dinosaurios, las cavernas, la oscuridad
medieval y el humazo de las lámparas de aceite espeso. Saldremos -o
saldrán adelante- con revolucionarias tecnologías y nuevas actitudes para que
los gorriones vuelvan a prosperar colonizando las plazas duras y el fatalismo
ambiental. Ha habido resquicios luminosos como el que TV3 ensayó a
mediados de los años noventa del siglo pasado con el superhéroe Capitán
Lechuga , el precedente mediático de los poderosos pequeños cambios.
Ahora,
un nuevo alegato ilumina con esperanza incierta otro cambio de actitud desinflando
la supremacía destructiva y las ruedas de los coches contaminantes. The
Tyre Extinguishers, los extintores de ruedas, toman el relevo al Capitán
Lechuga, que con mayor determinación han pasado a la acción. Deshinchan
las ruedas de los vehículos, especialmente de los 4x4 y similares. Dejan
la firma, un impreso en el cristal justificando la acción ecológica, que no es
nada personal sino contra los ostentosos y contaminantes tanques de ir a recoger
criaturas al parvulario. Sarriá ha sido el primer campo de batalla en el
que se ha desplegado este grupo ecologista. En su página web explican cómo
distinguir un vehículo todoterreno o cómo desinflar sus neumáticos. Ponen
a disposición de cualquier persona la información para depositar en los parabrisas,
en varios idiomas, también en castellano. No sustraen nada, no dañan los
neumáticos, solo liberan el aire -que es un bien, por ahora, sin propietario-
para inflar las velas de los transportes públicos y ventilar las catenarias de
los Cercanías. ¡Loable! Del verde lechuga al extintor de
ruedas. ¿Próxima parada? ¡El exterminador de vehículos!
La
última referencia ecológica afecta al ecosistema culé. Messi no
vuelve. Se las pira a tierras tropicales. Algunos lo perciben como
una catástrofe, sino ecológica, futbolística.
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