miércoles, 21 de junio de 2023

“Que un bombin a tots”.

 

Las líneas rojas y los cordones sanitarios van de la mano de la expresión que se ha convertido en un comodín que todo el mundo utiliza como es no podría ser de otra manera. Una tautología, un recurso de la oratoria que consiste en la repetición de una idea o pensamiento expresados ​​con palabras similares que se convierte en una afirmación redundante. No aporta información nueva sólo remacha lo que queremos expresar intensificando el mensaje que queremos transmitir. Estos días de actualidad política intensa, los discursos van muy cargados de líneas rojas y cordones sanitarios como no podría ser de otra forma. Vivimos instalados en una permanente campaña electoral reciclando las mascarillas de la pandemia en tapabocas ideológicos en las urnas.

De los cordones reconvertidos a sanitarios no acabo de hallar el qué, pero han hecho fortuna y no hay ningún comunicador político preciado que no haga referencia o apele a exponer sus principios defendiendo en exclusiva sus argumentos que transitan por el filo sutil de una línea roja, la frontera que por profunda convicción y coherencia nunca cruzaría a riesgo de caer a las brasas del oportunismo contradictorio. Personalmente cuando intento analizar la maraña caligráfica de las líneas rojas me vienen a la cabeza los cuadros del Jackson Pollock, ese cotizado pintor americano abstracto que extendía la tela en el suelo y andando alrededor de ella derramaba pintura con pinceles, cuchillos y espátulas en un proceso con mucha gestualidad, una danza enérgicamente aleatoria de colores y texturas. Dejaba gotear y lanzaba la pintura en remolinos, puntos y pinceladas a chorros incontrolables.  

Ésta sería la dinámica que retrata visceralmente la investidura del alcalde de Barcelona donde las delgadísimas líneas rojas han sido desparramadas como si Pollock hubiera elegido unos cuchillos bien afilados para el cuadro figurativo de la proclamación de Collboni. Los cuchillos volaban bajos mientras la atmósfera de incredulidad se iba espesando. El ayuntamiento de Barcelona tendrá mala pieza en el telar a la hora de tejer las bandas o fajas que con la vara de alcalde ungen al elegido. En las papeletas, vistas de cerca, se detectaban las líneas rojas, como besos de Judas con restos de pintalabios carmín, que habían sido borradas torpemente.

Los rostros de los protagonistas, más desfavorecidos que en los carteles electorales, reflejaban lo conscientes de lo que sucedería y acabó pasando en la sesión de investidura. ¿Había alguien con ademán radiante y feliz? Creo que el propio Collboni, el elegido, exhibía una estampa de momento grave, como suele decirse en los entierros. De hecho, pudimos asistir desde los medios al funeral político de algunos de los protagonistas. La gerontocracia recibió una sacudida contundente. Principalmente Trias -también Maragall- que acabó soltando el testamento que pasará a las crónicas municipales en una sentencia bien gráfica: “¡Que us bombin a tots!”. Así con esta frase lapidaria de difícil traducción al castellano despacho a los adversarios que le vetaban la alcaldía. Los comentaristas no catalanes buscaron la traducción apresuradamente, “que os den” pero los matices no son los mismos. Creo que, a pesar de un cambio de registro, habría sido más acertado y exacto traducir el “que us bombin” por un “que os folle un pez”.

El juego de gestualidades, de miradas perdidas, de reprobaciones, de pitidos y de aplausos flotaban en el Saló de Cent resuelta la intriga. La realidad se imponía por la vía democrática en un gran reto de desmemoria. Las líneas rojas y las proclamas de no apoyar a determinadas fuerzas políticas eran un estropicio en una urna que recogía la voluntad final de los electores destilada en el alambique de los pactos. El PP, según su líder catalán, era feliz porque un alcalde independentista no sería elegido. Por un momento el fantasma de Valls -como las cuentas espectrales de Trias en Suiza- dio un pase rasante por los techos altos del Saló de Cent. El ambiente era el de las bodas que a menudo acoge este espacio en el que la novia o el novio deciden no comparecer. Los padres, los consuegros y los invitados señalando a los culpables haciéndose reproches. ¡Qué apuro! No falta la sospecha de que la destilería de los pactos tiene su sede más allá del Ebro, lejos de la Moreneta y más aún de la fuente de Canaletes. Yo entiendo las maneras de Trias, el señor de Barcelona, ​​que muy cabreado podía pensar y no manifestar “que os la pique un pollo” para que todos los aludidos lo entendieran.

En la legitimidad absoluta de los trapicheos puedo comprender la frustración y la rabia del candidato más votado, del sonoro portazo al “si no soy alcalde”. A los profesionales de la política debería preocuparles el mensaje que trasciende. Pese a la legitimidad -insisto-, los votantes de calle que sólo somos tertulianos en la barra de la tasca podemos inferir que votar no sirve para nada. Que con su pan se lo coman, pues. El descrédito de la clase política, como el cambio climático, trepa y sube de tono agravándose en las predicciones de los científicos, de los barómetros -también los electorales- y de los politólogos.

Con qué tipo de publicidad y descaro electoral fijarán los carteles en las calles aquellos que nos prevendrán del Coco, “¡Cuidado! Que vuelve el PP y sus socios”.

 

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