Las líneas
rojas y los cordones sanitarios van de la mano de la
expresión que se ha convertido en un comodín que todo el mundo utiliza como
es no podría ser de otra manera. Una tautología, un recurso de
la oratoria que consiste en la repetición de una idea o pensamiento expresados
con palabras similares que se convierte en una afirmación redundante. No
aporta información nueva sólo remacha lo que queremos expresar intensificando
el mensaje que queremos transmitir. Estos días de actualidad política
intensa, los discursos van muy cargados de líneas rojas y cordones sanitarios
como no podría ser de otra forma. Vivimos instalados en una permanente campaña
electoral reciclando las mascarillas de la pandemia en tapabocas ideológicos en
las urnas.
De
los cordones reconvertidos a sanitarios no acabo de hallar el qué, pero han
hecho fortuna y no hay ningún comunicador político preciado que no haga referencia
o apele a exponer sus principios defendiendo en exclusiva sus argumentos que
transitan por el filo sutil de una línea roja, la frontera que por profunda
convicción y coherencia nunca cruzaría a riesgo de caer a las brasas del
oportunismo contradictorio. Personalmente cuando intento analizar la
maraña caligráfica de las líneas rojas me vienen a la cabeza los cuadros del
Jackson Pollock, ese cotizado pintor americano abstracto que extendía la tela en
el suelo y andando alrededor de ella derramaba pintura con pinceles, cuchillos
y espátulas en un proceso con mucha gestualidad, una danza enérgicamente
aleatoria de colores y texturas. Dejaba gotear y lanzaba la pintura en
remolinos, puntos y pinceladas a chorros incontrolables.
Ésta
sería la dinámica que retrata visceralmente la investidura del alcalde de
Barcelona donde las delgadísimas líneas rojas han sido desparramadas como si
Pollock hubiera elegido unos cuchillos bien afilados para el cuadro figurativo
de la proclamación de Collboni. Los cuchillos volaban bajos mientras la
atmósfera de incredulidad se iba espesando. El ayuntamiento de Barcelona
tendrá mala pieza en el telar a la hora de tejer las bandas o fajas que con la
vara de alcalde ungen al elegido. En las papeletas, vistas de cerca, se
detectaban las líneas rojas, como besos de Judas con restos de pintalabios
carmín, que habían sido borradas torpemente.
Los
rostros de los protagonistas, más desfavorecidos que en los carteles
electorales, reflejaban lo conscientes de lo que sucedería y acabó pasando en
la sesión de investidura. ¿Había alguien con ademán radiante y
feliz? Creo que el propio Collboni, el elegido, exhibía una estampa de
momento grave, como suele decirse en los entierros. De hecho, pudimos
asistir desde los medios al funeral político de algunos de los protagonistas. La
gerontocracia recibió una sacudida contundente. Principalmente Trias
-también Maragall- que acabó soltando el testamento que pasará a las crónicas
municipales en una sentencia bien gráfica: “¡Que us bombin a tots!”. Así con esta frase lapidaria de difícil
traducción al castellano despacho a los adversarios que le vetaban la
alcaldía. Los comentaristas no catalanes buscaron la traducción apresuradamente,
“que os den” pero los matices no son los mismos. Creo que, a pesar
de un cambio de registro, habría sido más acertado y exacto traducir el “que us bombin” por un “que os folle
un pez”.
El
juego de gestualidades, de miradas perdidas, de reprobaciones, de pitidos y de
aplausos flotaban en el Saló de Cent resuelta la intriga. La realidad se
imponía por la vía democrática en un gran reto de desmemoria. Las líneas
rojas y las proclamas de no apoyar a determinadas fuerzas políticas eran un
estropicio en una urna que recogía la voluntad final de los electores destilada
en el alambique de los pactos. El PP, según su líder catalán, era feliz
porque un alcalde independentista no sería elegido. Por un momento el
fantasma de Valls -como las cuentas espectrales de Trias en Suiza- dio un pase
rasante por los techos altos del Saló de Cent. El ambiente era el de las
bodas que a menudo acoge este espacio en el que la novia o el novio deciden no
comparecer. Los padres, los consuegros y los invitados señalando a los
culpables haciéndose reproches. ¡Qué apuro! No falta la sospecha de
que la destilería de los pactos tiene su sede más allá del Ebro, lejos de la
Moreneta y más aún de la fuente de Canaletes. Yo entiendo las maneras de
Trias, el señor de Barcelona, que muy cabreado podía pensar y no manifestar “que
os la pique un pollo” para que todos los aludidos lo entendieran.
En
la legitimidad absoluta de los trapicheos puedo comprender la frustración y la
rabia del candidato más votado, del sonoro portazo al “si no soy
alcalde”. A los profesionales de la política debería preocuparles el
mensaje que trasciende. Pese a la legitimidad -insisto-, los votantes de
calle que sólo somos tertulianos en la barra de la tasca podemos inferir que
votar no sirve para nada. Que con su pan se lo coman, pues. El
descrédito de la clase política, como el cambio climático, trepa y sube de tono
agravándose en las predicciones de los científicos, de los barómetros -también
los electorales- y de los politólogos.
Con
qué tipo de publicidad y descaro electoral fijarán los carteles en las calles
aquellos que nos prevendrán del Coco, “¡Cuidado! Que vuelve el PP y sus
socios”.
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