miércoles, 24 de mayo de 2023

Vinícius y Manolo "el del bombo".

 

Los campos de fútbol se convierten en el espacio donde desahogar pasiones más allá de las propiamente deportivas. La masificación permite encubrir gestualidades y griterío que observadas y practicadas individualmente en la soledad del comedor de casa serían sospechosas y tan preocupantes como para convocar a los especialistas en medicina mental y de la conducta. El pretexto y la carta blanca para la transgresión van incluidos en el precio de la entrada o en el carné de socio. ¿Cuántas pulsiones inconfesables no se destapan dirigidas a los rivales y a la justicia deportiva que personifica el sufrido árbitro vestido de luto? Creo que si no existieran los estadios las consultas a los psiquiatras estarían colapsadas por los pacientes que no sabrían cómo canalizar la violencia verbal -o no verbal-, y el odio visceral hacia el rival sublimado en el enemigo.

Los últimos acontecimientos avalan las conductas lesivas, poco pedagógicas y ejemplares que a menudo se pretende hacer trascender en positivo, sin embargo, asociadas a la práctica del deporte. El fútbol es, en estas latitudes, la manifestación más representativa porque es la que acumula más transgresiones vergonzosas. En el calendario reciente destacan una invasión de campo para atizar al equipo contrario o los insultos simiescos dirigidos a un jugador negro. Deplorable. Tanto como que deban clasificarse determinados partidos de alto riesgo. No hace demasiadas temporadas los campos de fútbol disponían de vallas para proteger la arena y a los gladiadores de la furia incontrolable de algunos espectadores.

Nada nuevo, ya en 1950 cuando la selección española venció a Inglaterra en el mundial celebrado en Maracaná, el famoso gol de Zarra, el presidente de la federación española dijo que España había vencido a la “pérfida Albión”, una expresión popularizada por Napoleón que le costó la destitución por la queja del embajador británico. La simbología y los paralelismos de inspiración bélica son frecuentes. Cada vez que aquel personaje con boina percudía el bombo con furor emocionado yo pensaba que Manolo “el del bombo” se transformaba en una especie de tamborilero del Bruc versión selección española. ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!

La terminología futbolera bebe del lenguaje de la guerra. No en vano el enfrentamiento cuenta y se disputa con ataques y contraataques en el terreno de juego con una táctica para alcanzar el objetivo, agujerear la red con una pelota bien redonda del calibre de esas bombas repletas de pólvora y metralla que disparan los cañones. Es conocido por todos que los balones no estallan ni provocan daños colaterales que no sean derribar el amor propio hundiendo la moral del derrotado con un disparo como un misil. Batallas en el campo de Marte con una tropa privilegiada convertida en héroes que a veces prueban la amarga hiel de la derrota o la sustitución fulminante con deshonra de los mariscales de campo, los entrenadores. No me he olvidado de lo que identifica más a la tropa de un bando del otro, el uniforme, la ostentación más visible de cada uno de los ejércitos. Sólo hay que observar los llamativos colores, las banderas, los estandartes o las medallas relucientes un día de partido cuando no paseando por la ciudad donde nos asaltan traidoramente en guerrilla envueltos con bufandas.

Vista la eficacia para incitar el odio visceral, yo aprovecharía su magnífica posibilidad a partido único en una sede neutral con un enfrentamiento entre la pérfida selección rusa -con el grupo Wagner en las gradas dirigiendo el griterío coral- contra una selección ucraniana reforzada con algunos jugadores aliados. España podría enviar ya no tanques oxidados sino a Manolo "el del bombo" -o un sucesor acreditado- como elemento disuasorio. ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! De árbitro principal se podría designar al imparcial Luiz Inácio Lula da Silva del ilustre colegio brasileño.

No me imagino a una figura internacional salida del armario -o entrando en el vestuario- los insultos de los que podría ser objeto nada más poner un pie en el césped. Decir que todo un estadio es homófobo, racista o machista es alargar mucho el alcance del problema aunque existan y se manifiesten en los estadios. Las chicas deben tener otros centros de interés para este tipo de energúmenos. Apelamos a la educación, como siempre que algo chirría. ¡Ah, los cachorros que suben! La ejemplaridad de los adultos no es para dejarla en herencia en los testamentos deportivos, cívicos o políticos. Tampoco lo es el tratamiento que este deporte admite de los distintos programas que se emiten día sí día también. La función de los medios consiste en analizar los resultados y poner en antecedentes la próxima jornada. Van más allá, a menudo sobrepasan rayas rojas con descalificaciones interesadas, rabiosas, parciales, groseras mientras las subrayan con una gestualidad exagerada que vistas todas juntas rayan en la hilaridad vocinglera.

Calados e imbuidos por estos sabios de la audiencia después nos preguntamos qué hemos hecho mal. No soy un seguidor empedernido, aunque suelo asomarme, a los acontecimientos deportivos que no puedes perderte, porque al día siguiente no eres nadie si no los has visto. Soy básicamente público sin uniforme bélico de aquellos frecuentes acontecimientos considerados "el partido del siglo" de un deporte que básicamente -como queda demostrado- se juega con los pies y se razona con las entrañas.

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