Los
campos de fútbol se convierten en el espacio donde desahogar pasiones más allá
de las propiamente deportivas. La masificación permite encubrir
gestualidades y griterío que observadas y practicadas individualmente en la
soledad del comedor de casa serían sospechosas y tan preocupantes como para
convocar a los especialistas en medicina mental y de la conducta. El
pretexto y la carta blanca para la transgresión van incluidos en el precio de
la entrada o en el carné de socio. ¿Cuántas pulsiones inconfesables no se
destapan dirigidas a los rivales y a la justicia deportiva que personifica el
sufrido árbitro vestido de luto? Creo que si no existieran los estadios
las consultas a los psiquiatras estarían colapsadas por los pacientes que no
sabrían cómo canalizar la violencia verbal -o no verbal-, y el odio visceral
hacia el rival sublimado en el enemigo.
Los
últimos acontecimientos avalan las conductas lesivas, poco pedagógicas y
ejemplares que a menudo se pretende hacer trascender en positivo, sin embargo, asociadas
a la práctica del deporte. El fútbol es, en estas latitudes, la
manifestación más representativa porque es la que acumula más transgresiones
vergonzosas. En el calendario reciente destacan una invasión de campo para
atizar al equipo contrario o los insultos simiescos dirigidos a un jugador
negro. Deplorable. Tanto como que deban clasificarse determinados partidos
de alto riesgo. No hace demasiadas temporadas los campos de
fútbol disponían de vallas para proteger la arena y a los gladiadores de la
furia incontrolable de algunos espectadores.
Nada
nuevo, ya en 1950 cuando la selección española venció a Inglaterra en el
mundial celebrado en Maracaná, el famoso gol de Zarra, el presidente de la
federación española dijo que España había vencido a la “pérfida Albión”,
una expresión popularizada por Napoleón que le costó la destitución por la
queja del embajador británico. La simbología y los paralelismos de inspiración
bélica son frecuentes. Cada vez que aquel personaje con boina percudía el
bombo con furor emocionado yo pensaba que Manolo “el del bombo” se
transformaba en una especie de tamborilero del Bruc versión selección
española. ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!
La
terminología futbolera bebe del lenguaje de la guerra. No en vano el enfrentamiento cuenta
y se disputa con ataques y contraataques en
el terreno de juego con una táctica para
alcanzar el objetivo, agujerear la red con una pelota bien redonda
del calibre de esas bombas repletas de pólvora y metralla que disparan los
cañones. Es conocido por todos que los balones no estallan ni provocan
daños colaterales que no sean derribar el amor propio hundiendo la moral del
derrotado con un disparo como un misil. Batallas en el campo de Marte con
una tropa privilegiada convertida en héroes que a veces prueban la amarga hiel
de la derrota o la sustitución fulminante con deshonra de los mariscales de
campo, los entrenadores. No me he olvidado de lo que identifica más a la
tropa de un bando del otro, el uniforme, la ostentación más visible de cada uno
de los ejércitos. Sólo hay que observar los llamativos colores, las
banderas, los estandartes o las medallas relucientes un día de partido cuando
no paseando por la ciudad donde nos asaltan traidoramente en guerrilla
envueltos con bufandas.
Vista
la eficacia para incitar el odio visceral, yo aprovecharía su magnífica
posibilidad a partido único en una sede neutral con un enfrentamiento entre
la pérfida selección rusa -con el grupo Wagner en las gradas
dirigiendo el griterío coral- contra una selección ucraniana reforzada con
algunos jugadores aliados. España podría enviar ya no tanques oxidados
sino a Manolo "el del bombo" -o un sucesor acreditado-
como elemento disuasorio. ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! De árbitro
principal se podría designar al imparcial Luiz Inácio Lula da Silva del ilustre
colegio brasileño.
No
me imagino a una figura internacional salida del armario -o entrando en el
vestuario- los insultos de los que podría ser objeto nada más poner un pie en
el césped. Decir que todo un estadio es homófobo, racista o machista es
alargar mucho el alcance del problema aunque existan y se manifiesten en los
estadios. Las chicas deben tener otros centros de interés para este tipo
de energúmenos. Apelamos a la educación, como siempre que algo
chirría. ¡Ah, los cachorros que suben! La ejemplaridad de los adultos
no es para dejarla en herencia en los testamentos deportivos, cívicos o
políticos. Tampoco lo es el tratamiento que este deporte admite de los
distintos programas que se emiten día sí día también. La función de los
medios consiste en analizar los resultados y poner en antecedentes la próxima
jornada. Van más allá, a menudo sobrepasan rayas rojas con
descalificaciones interesadas, rabiosas, parciales, groseras mientras las
subrayan con una gestualidad exagerada que vistas todas juntas rayan en la
hilaridad vocinglera.
Calados
e imbuidos por estos sabios de la audiencia después nos preguntamos qué hemos
hecho mal. No soy un seguidor empedernido, aunque suelo asomarme, a los
acontecimientos deportivos que no puedes perderte, porque al día siguiente no
eres nadie si no los has visto. Soy básicamente público sin uniforme
bélico de aquellos frecuentes acontecimientos considerados "el partido del
siglo" de un deporte que básicamente -como queda demostrado- se juega con
los pies y se razona con las entrañas.
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