Hemos
asistido a un sainete político auspiciado por la derecha más marcial, rancia y
nostálgica. El ala escindida del PP representaba una astracanada en dos
actos con un final sin emoción ni sorpresas. Como aquellos alumnos
díscolos que levantan el dedo para interrumpir y perturbar, así ha sido la
última moción de censura del fascismo rampante -yo sí que recuerdo quién era
Blas Piñar-. Una sesión, la primera, en la que el cruel Pedro Sánchez
parecía emplear la estrategia de castigar las debilidades y a la reliquia
Tamames con un ataque directo a la línea de flotación de la próstata del viejo
comunista. Vergonzoso y patético. El punto emocionante -yo diría que
morboso- consistía en observar los aspavientos del postulante como presidente
del gobierno reclamando tiempo y aleccionando sobre la duración de las
intervenciones ajenas.
Me
ha hecho sufrir, Don Ramón, era como un vehículo descatalogado que sacan a
circular por una autopista con carriles demasiado rápidos. De aquellos
coches de época que no necesitan cinturones de seguridad porque no los llevaban
de origen. Tampoco retrovisores, es posible que de tenerlos habría echado
un vistazo al pasado y, es muy probable, que no hubiera salido del garaje a
riesgo de sufrir un arañazo o un costalazo. Afortunadamente sólo ha sido
un paseo breve aunque temerario hasta la Carrera de San Jerónimo para quemar
neumático saltándose algún semáforo.
El
entrañable profesor ha dado un salto mortal sin red comprometiendo el
equilibrio, la prudencia y la oreja. Más que de un traductor ha necesitado
de un asistente. La pose del pobre hombre ciertamente inquietaba, con un
punto de desasosiego. Descolocado. Como recién aterrizado de una
galaxia que ya no le reconocía. Desempolvaba antiguas aureolas que ha rebozado
de telarañas categóricamente con esta aparición estelar. Los personajes y
la escena nos hacen añorar a Valle-Inclán que habría enaltecido lo que la
realidad no puede dignificar.
Todo
entretiene. Se ha verificado un acto que mirado sin pasiones ni
adscripciones políticas desmorona la solemnidad parlamentaria. Si esta
moción de censura tuviera que servir para reclutar a nuevos adeptos, aunque
sólo fuera por razones formales o estéticas, ha sido un fracaso
rotundo. Una propuesta con declaraciones previsibles sin argumentos
razonados y sin réplicas con solo un discurso achacoso de un candidato al que
costaba entender y con mucha prisa por huir de la jaula de los leones
egregios. Podríamos decir que con amigos como los que le han exhibido no
se necesitan enemigos.
Ha
sido una sesión explosiva con pólvora gruesa que anuncia el pistoletazo de
salida a la carrera electoral que se avecina. Las municipales y las
generales, dos momentos primordiales que han sido el pretexto y el trasfondo
útil de esta sesión parlamentaria como de barbacoa. Un partido entre
solteros crápulas contra casados con la patria sin cintura. Las líneas
de gobierno de los promotores de la moción de censura, las medidas diversas que
van a adoptar y las estrategias deben suponerse, como el valor castrense -tal y
como figuraba en la cartilla militar cuando este servicio era obligatorio-.
Como
anunciaba uno de los significados promotores de la moción, “la gente de bien
española” rehúye el menosprecio a Tamames -¡Viva Don Ramón!-. Tienen
esperanzas, añadió, de recoger votos en la tercera edad. Una pretensión
que deberían haber explicitado en el discurso de intenciones dejando claro que
un voto a la formación daba derecho a un viaje preferente del imserso a Acapulco.
Más
que un hito de la gran fiesta mayor de la democracia en sede parlamentaria ha
sido un acto de resignación de los oyentes para con la senectud fuera de
contexto verificando que la decadencia es ajena a nosotros mismos, porque ésta
nunca se declina en primera persona. Siempre, la decadencia -como el ridículo-
es patrimonio de los demás.
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