viernes, 24 de marzo de 2023

Los viejos economistas nunca mueren.

 

Hemos asistido a un sainete político auspiciado por la derecha más marcial, rancia y nostálgica. El ala escindida del PP representaba una astracanada en dos actos con un final sin emoción ni sorpresas. Como aquellos alumnos díscolos que levantan el dedo para interrumpir y perturbar, así ha sido la última moción de censura del fascismo rampante -yo sí que recuerdo quién era Blas Piñar-. Una sesión, la primera, en la que el cruel Pedro Sánchez parecía emplear la estrategia de castigar las debilidades y a la reliquia Tamames con un ataque directo a la línea de flotación de la próstata del viejo comunista. Vergonzoso y patético. El punto emocionante -yo diría que morboso- consistía en observar los aspavientos del postulante como presidente del gobierno reclamando tiempo y aleccionando sobre la duración de las intervenciones ajenas.

Me ha hecho sufrir, Don Ramón, era como un vehículo descatalogado que sacan a circular por una autopista con carriles demasiado rápidos. De aquellos coches de época que no necesitan cinturones de seguridad porque no los llevaban de origen. Tampoco retrovisores, es posible que de tenerlos habría echado un vistazo al pasado y, es muy probable, que no hubiera salido del garaje a riesgo de sufrir un arañazo o un costalazo. Afortunadamente sólo ha sido un paseo breve aunque temerario hasta la Carrera de San Jerónimo para quemar neumático saltándose algún semáforo.

El entrañable profesor ha dado un salto mortal sin red comprometiendo el equilibrio, la prudencia y la oreja. Más que de un traductor ha necesitado de un asistente. La pose del pobre hombre ciertamente inquietaba, con un punto de desasosiego. Descolocado. Como recién aterrizado de una galaxia que ya no le reconocía. Desempolvaba antiguas aureolas que ha rebozado de telarañas categóricamente con esta aparición estelar. Los personajes y la escena nos hacen añorar a Valle-Inclán que habría enaltecido lo que la realidad no puede dignificar.

Todo entretiene. Se ha verificado un acto que mirado sin pasiones ni adscripciones políticas desmorona la solemnidad parlamentaria. Si esta moción de censura tuviera que servir para reclutar a nuevos adeptos, aunque sólo fuera por razones formales o estéticas, ha sido un fracaso rotundo. Una propuesta con declaraciones previsibles sin argumentos razonados y sin réplicas con solo un discurso achacoso de un candidato al que costaba entender y con mucha prisa por huir de la jaula de los leones egregios. Podríamos decir que con amigos como los que le han exhibido no se necesitan enemigos.

Ha sido una sesión explosiva con pólvora gruesa que anuncia el pistoletazo de salida a la carrera electoral que se avecina. Las municipales y las generales, dos momentos primordiales que han sido el pretexto y el trasfondo útil de esta sesión parlamentaria como de barbacoa. Un partido entre solteros crápulas contra casados ​​con la patria sin cintura. Las líneas de gobierno de los promotores de la moción de censura, las medidas diversas que van a adoptar y las estrategias deben suponerse, como el valor castrense -tal y como figuraba en la cartilla militar cuando este servicio era obligatorio-.

Como anunciaba uno de los significados promotores de la moción, “la gente de bien española” rehúye el menosprecio a Tamames -¡Viva Don Ramón!-. Tienen esperanzas, añadió, de recoger votos en la tercera edad. Una pretensión que deberían haber explicitado en el discurso de intenciones dejando claro que un voto a la formación daba derecho a un viaje preferente del imserso a Acapulco.

Más que un hito de la gran fiesta mayor de la democracia en sede parlamentaria ha sido un acto de resignación de los oyentes para con la senectud fuera de contexto verificando que la decadencia es ajena a nosotros mismos, porque ésta nunca se declina en primera persona. Siempre, la decadencia -como el ridículo- es patrimonio de los demás.

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