Hace
tres años nos encerraron en casa. El miedo y la incertidumbre jugaron a
favor de una medida impuesta que en otras circunstancias habría sido muy
difícil de admitir. A pesar de los negacionistas, la mayoría de personas
lo tomamos como una respuesta racional, que correspondía, a un momento delicado
que nos aterró a la mayoría. Fuimos obedientes, aplicados y
pacientes. Pasados tres años de aquellos largos meses, en la
gaceta del confinamiento colean las mínimas prevenciones que todavía
nos obligan a ponernos la mascarilla en dependencias sanitarias y en las
farmacias. Hace sólo unas semanas el uso también era obligado en el
transporte público aunque parecía sólo una recomendación para tapar la cara de
bobo de quienes la llevaban bien puesta. Hoy, casi una anécdota de lo que fueron
en aquellos meses donde el rollo de papel higiénico se convirtió en moneda de
cambio o la divisa más cotizada para sobornar al virus.
¿Qué
recordamos? ¿Qué cosas ha cambiado o ha impuesto de nuevas el
coronavirus? Recuperada la casi normalidad absoluta permanece, creo, el
recuerdo selectivo de las vivencias menos oscuras de lo que
soportamos. Olvidar, sin embargo, aquellos que murieron no es posible para
los que la pandemia diezmó a alguien de los suyos, de los familiares o
compañeros de toda la vida más cercanos que en la soledad de los hospitales nos
dejaban sin poder despedirlos ni apoyarlos. Sin rituales ni
flores. Sólo han transcurrido tres años y ya parece que hablamos de una
eternidad, de una pesadilla de la que nos sacudimos repentinamente en la
madrugada, parecería que ha sido sólo eso, una fantasía.
Las
consecuencias, las formas de relacionarnos con la vida laboral, sobre todo, han
dado un vuelco considerable. Hemos sido capaces de trasladar las oficinas
físicas al cuarto de planchar redecorado con un fondo de pantalla que simula
una biblioteca virtual desenfocada. La no presencialidad o la virtualidad
laborales se han colado. También se ha impuesto la distancia o la frialdad
ya que algunas personas se han acostumbrado a reprimir las efusiones
mediterráneas con las que nos reconocemos
dosificándolas. ¡Cuidado! Hemos aprendido a lavarnos las
manos. A relacionarnos en las terrazas provisionales en el sector de la
restauración que algunos ayuntamientos habilitaron para airear el contacto
físico.
Oficialmente,
la pandemia no terminará hasta que lo diga la Organización Mundial de la
Salud. Intereses económicos -o políticos- ya la han liquidado. Mientras,
las estadísticas constatan el volumen de afectados por covid persistente entre
el 15% y el 25%. Personas en edad laboral y social que no pueden reanudar
cómo solían su vida. Alertan algunos científicos que la magnitud del
problema aún no se ha evidenciado del todo. Las consecuencias de quien lo
sufre han llevado a familias al umbral de la pobreza. Desatendidas por los
descolocados servicios públicos de salud y abandonadas por criterios ajenos al
diagnóstico porque los afanes económicos deben prevalecer.
De
aquella lección daba la impresión de que saldríamos más puros, más humanos, más
empáticos. La peste nos ponía un espejo delante y nos reflejábamos
cargados de imperfecciones y de chepas que, confinados, enmendaríamos. Una
oportunidad para enderezar al mundo -postulaban los ingenuos- puesto que el
problema era de alcance global. ¿De estos propósitos cuáles hemos
logrado? Las deficiencias, haciendo balance, sí han resistido -recordemos
la cancioncilla, el himno del confinamiento- y los bultos, como una barriga
sedentaria, han crecido.
Han
vuelto los horrores de la guerra. La sensación verificable de que el mundo
es una olla de grillos. Podríamos asegurar que las miserias de siempre no
las atacó el virus ni las debilitó o erradicó. Que los negocios deben
continuar, como la vida. Hemos salido de ello a la manera como abrimos una
botella de cava agitada, con ruido y burbujas -que esto se acaba y la vida son
cuatro días-. Hay que constatar o dejar testimonio sin embargo del estado
de ánimo, del impacto emocional que podría asociarse a una modalidad mental de la
covid permanente, que ha flagelado a algunas personas durante y después de los
momentos de virulencia. Especialmente a los niños y a los adolescentes a
los que la excepcionalidad ha robado unos años preciosos.
Entre
tanto, es posible que vivamos sino en la ignorancia en la indiferencia de otra
pandemia que nos ataca sin vacuna a corto plazo. El cambio climático en
versión catástrofe, vendavales, aguaceros, nevadas... lo que siempre había
pasado catalogado por estaciones se ha trastornado. Los negacionistas de
estas alteraciones lo tienen muy magro para argumentar, pero son contumaces y
el mundo del dinero es obstinado. Por ahora, casi coincidiendo con la
pandemia del virus, en Cataluña sufrimos una sequía extraordinaria que sólo
pueden resolver las lluvias que puestos a pedir deberían ser suaves y generosas
para llenar de nuevo los pantanos de vida, esperanza y, fundamentalmente, de agua.
Gran realidad José. Nada cambió.... mi Dios!!!
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