miércoles, 15 de marzo de 2023

Postpandemias.

 

Hace tres años nos encerraron en casa. El miedo y la incertidumbre jugaron a favor de una medida impuesta que en otras circunstancias habría sido muy difícil de admitir. A pesar de los negacionistas, la mayoría de personas lo tomamos como una respuesta racional, que correspondía, a un momento delicado que nos aterró a la mayoría. Fuimos obedientes, aplicados y pacientes. Pasados ​​tres años de aquellos largos meses, en la gaceta del confinamiento colean las mínimas prevenciones que todavía nos obligan a ponernos la mascarilla en dependencias sanitarias y en las farmacias. Hace sólo unas semanas el uso también era obligado en el transporte público aunque parecía sólo una recomendación para tapar la cara de bobo de quienes la llevaban bien puesta. Hoy, casi una anécdota de lo que fueron en aquellos meses donde el rollo de papel higiénico se convirtió en moneda de cambio o la divisa más cotizada para sobornar al virus.

¿Qué recordamos? ¿Qué cosas ha cambiado o ha impuesto de nuevas el coronavirus? Recuperada la casi normalidad absoluta permanece, creo, el recuerdo selectivo de las vivencias menos oscuras de lo que soportamos. Olvidar, sin embargo, aquellos que murieron no es posible para los que la pandemia diezmó a alguien de los suyos, de los familiares o compañeros de toda la vida más cercanos que en la soledad de los hospitales nos dejaban sin poder despedirlos ni apoyarlos. Sin rituales ni flores. Sólo han transcurrido tres años y ya parece que hablamos de una eternidad, de una pesadilla de la que nos sacudimos repentinamente en la madrugada, parecería que ha sido sólo eso, una fantasía.

Las consecuencias, las formas de relacionarnos con la vida laboral, sobre todo, han dado un vuelco considerable. Hemos sido capaces de trasladar las oficinas físicas al cuarto de planchar redecorado con un fondo de pantalla que simula una biblioteca virtual desenfocada. La no presencialidad o la virtualidad laborales se han colado. También se ha impuesto la distancia o la frialdad ya que algunas personas se han acostumbrado a reprimir las efusiones mediterráneas con las que nos reconocemos dosificándolas. ¡Cuidado! Hemos aprendido a lavarnos las manos. A relacionarnos en las terrazas provisionales en el sector de la restauración que algunos ayuntamientos habilitaron para airear el contacto físico.

Oficialmente, la pandemia no terminará hasta que lo diga la Organización Mundial de la Salud. Intereses económicos -o políticos- ya la han liquidado. Mientras, las estadísticas constatan el volumen de afectados por covid persistente entre el 15% y el 25%. Personas en edad laboral y social que no pueden reanudar cómo solían su vida. Alertan algunos científicos que la magnitud del problema aún no se ha evidenciado del todo. Las consecuencias de quien lo sufre han llevado a familias al umbral de la pobreza. Desatendidas por los descolocados servicios públicos de salud y abandonadas por criterios ajenos al diagnóstico porque los afanes económicos deben prevalecer. 

De aquella lección daba la impresión de que saldríamos más puros, más humanos, más empáticos. La peste nos ponía un espejo delante y nos reflejábamos cargados de imperfecciones y de chepas que, confinados, enmendaríamos. Una oportunidad para enderezar al mundo -postulaban los ingenuos- puesto que el problema era de alcance global. ¿De estos propósitos cuáles hemos logrado? Las deficiencias, haciendo balance, sí han resistido -recordemos la cancioncilla, el himno del confinamiento- y los bultos, como una barriga sedentaria, han crecido.

Han vuelto los horrores de la guerra. La sensación verificable de que el mundo es una olla de grillos. Podríamos asegurar que las miserias de siempre no las atacó el virus ni las debilitó o erradicó. Que los negocios deben continuar, como la vida. Hemos salido de ello a la manera como abrimos una botella de cava agitada, con ruido y burbujas -que esto se acaba y la vida son cuatro días-. Hay que constatar o dejar testimonio sin embargo del estado de ánimo, del impacto emocional que podría asociarse a una modalidad mental de la covid permanente, que ha flagelado a algunas personas durante y después de los momentos de virulencia. Especialmente a los niños y a los adolescentes a los que la excepcionalidad ha robado unos años preciosos.

Entre tanto, es posible que vivamos sino en la ignorancia en la indiferencia de otra pandemia que nos ataca sin vacuna a corto plazo. El cambio climático en versión catástrofe, vendavales, aguaceros, nevadas... lo que siempre había pasado catalogado por estaciones se ha trastornado. Los negacionistas de estas alteraciones lo tienen muy magro para argumentar, pero son contumaces y el mundo del dinero es obstinado. Por ahora, casi coincidiendo con la pandemia del virus, en Cataluña sufrimos una sequía extraordinaria que sólo pueden resolver las lluvias que puestos a pedir deberían ser suaves y generosas para llenar de nuevo los pantanos de vida, esperanza y, fundamentalmente, de agua.

 

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