Y
la vida urbana continúa con la intensidad de la fiesta mayor de los congresos
de telefonía a pesar de las obras y de los gomets con los que Colau ha
engalanado el Pla Cerdà. Esto de los gomets es un buen
hallazgo para definir la Barcelona transformada en un rompecabezas de movilidad
espesa como un cocido vegano, sin contaminantes ni aditivos que no sean los
colores y las guirnaldas con estética de guardería o circuito pedagógico de la
Guardia Urbana para adiestrar a los hermanos mayores de educación primaria en
el uso de semáforos y pasos cebra en tres dimensiones y perspectiva cívica
cuando nos hacen un guiño. Llegará un día en que los semáforos serán
mobiliario urbano obsoleto, monumentos nostálgicos a la decadencia del tráfico
con ruedas.
Yo
he sido testigo de la pacificación -zonas de pacificación
urbana, las designan las autoridades municipales-, otro recurso añadido para
desterrar de los municipios los vehículos y la contaminación que
conllevan. En realidad se trata de una declaración encubierta de la guerra
sin tregua contra el neumático en el asfalto. Un concepto ampuloso que
todos suscribimos mientras no nos transformamos, con mirada matadora, en
feroces usuarios del vehículo privado. Será apasionante ver cómo
resolverán el problema de la movilidad dentro de pocas décadas. Mientras,
las compañías que aseguran los decesos trasladan a los beneficiarios al
cementerio con vehículos híbridos enchufables.
Volviendo
a la pacificación urbana de cuerpo presente puedo declarar que fui testigo del
cierre de una calle por la que tampoco podían circular los autobuses urbanos
que debían cruzar delante de una escuela con los patios completamente desiertos
mientras una veintena de criaturas mal contadas jugaban al baloncesto en
precario en mirad de la calzada. Una canasta sin fijar al asfalto y una
mesa de picnic como una barricada provocadora en el tuétano de la ancha calle
con una madre feliz, sólo una, oteando un pastel casero hecho por la mañana con
mucho cuidado.
Un
viernes al mes, cuando la jornada escolar de tardes se agota, esta vía urbana
se cierra a la circulación sin previo aviso, un hecho consumado. Una
patrulla de agentes locales impide el acceso. Me pongo en la piel del
policía local que debía explicar la iniciativa, "yo sólo hago cumplir lo
que dicen los de arriba", argumentaba poco didáctico con un punto de poca
convicción ante el despropósito -por cómo era percibida la medida- y el cabreo
de los sufridos y pacientes usuarios del transporte público que esperaban en
vano el autobús que no llegaba. Los comentarios de los motorizados
-patinetes incluidos- me los ahorré, no puedo dar fe.
Barcelona
es una ciudad a la que están haciendo una cara nueva a trompicones entre las
obras y otras iniciativas como la mencionada. Una ciudad ahora muy
convulsa con un plazo interesado y preciso, las próximas elecciones
municipales. Nada más empezar la campaña las grandes transformaciones
deberían estar inauguradas aunque los residentes no las hayamos integrado ni
digerido. El tiempo las pondrá a prueba y, de ser necesario, alguien las
declarará amortizadas para reanudar otra renovación definitiva y siempre la
mejor. Literatura de programa electoral con metáforas destripadas y calles
en obras descarnadas. Esto le habrá sucedido, desde la época de los
romanos, a la acera de casa, una paciente testimonial por cómo la han
intervenido a corazón abierto las compañías de agua, gas, luz y
telefonía. El capítulo del alcantarillado no lo voy a tocar.
Barcelona
era y es, sin embargo, una fiesta. Un escaparate lleno de maravillas que
estos días celebra el MWC, el congreso mundial de los móviles, con iniciativas
que nos resolverán también el enigma de la movilidad que debe pacificarnos las
zonas existenciales que nos inquietan. Llegará el día en el que, desde un
sofá o de un sillón ergonómico, nos desplazaremos sin tener que pisar la
calle. El día que, sin tener que hacer maletas, podremos viajar con
billete de ida y vuelta a la segunda residencia en el Ripollès o en la Cerdanya
con el metaverso, la alternativa
sostenible, más confortable y sin atascos de fin de semana.
¡Cuidado,
que está en naranja!
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