domingo, 12 de febrero de 2023

Inviernos.

 

Días de horror y de ira tectónica. Como si el parón del núcleo interno de la tierra, que mencionaba en una publicación anterior, hubiera encasquillado los mecanismos que hacían funcionar la armonía críptica en el interior del globo terráqueo propiciando la gran catástrofe que nos pone los pelos de punta. Las imágenes que nos llegan de la Turquía más pobre y de Siria, ya castigada por los combates de años, sobrecogen. La impotencia frente a los efectos de la destrucción es demasiado elocuente por la devastación y la muerte causadas. Como en las guerras pero sin un enemigo al que odiar. Un adversario invisible que hace tambalear con furia desmedida la solidez donde pisamos, donde edificamos o donde dormimos sin avisar y sin tregua, con réplicas que rematan cerciorándose de las maldades.

Perder la casa, el coche, las fotografías y los papeles -todo a la vez- será una anécdota cuando la fortuna nos deja vivir para sufrirlo a cambio de llevarse lo que poseíamos. Y el premio gordo, que los tuyos también hayan subsistido como tú mismo. Ver, como público desde la distancia aséptica, el desplome de los bloques de viviendas, la polvareda que se levanta y el ruido que provoca, estremece. Imaginemos sufrirlo testimonialmente. O aquellos que permanecen atrapados entre los escombros con una brizna de conciencia sufriendo frío, sed y hambre. Magullados, llagados, gravemente heridos. Dejaremos a las víctimas sin remedio alguno en el cajón de otra dimensión con veinte mil y pico muertos en un recuento que cada día que pasa crece más y más. ¿Podremos precisar alguna vez el número exacto de muertes?

Son estas catástrofes naturales, imprevisibles, las que rebajan a la categoría de aprendices a los humanos que a lo largo de la historia han batallado por superarlas y en ocasiones lo han conseguido con armas convencionales o de aquellas que son tan destructoras como las fuerzas de la naturaleza desatadas, tanto o más que los rayos y los terremotos. La oportunidad, si es que puede nacer en la desgracia, consiste en convertirnos también en aprendices de solidarios siendo capaces de dejar en un segundo plano los descalabros generados por los hombres para socorrer a los damnificados haciéndolo sin intereses políticos chapuceros, corrupción o pillaje a cuenta de la buena voluntad desinteresada.

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Un descalabro torpe generado por los ferroviarios con carrera ha sido la noticia -el hecho- que unos trenes nuevos que debían circular por Asturias y Cantabria no pasan por los túneles. Una insólita reedición de la divisa de los imprecisos que se ha vuelto a verificar. En la era de la inteligencia artificial medir debería convertirse en un trámite efectuado con milimétrica eficacia. Una elemental regla de tres en la que la “x” y la solución resultante sean fiables y en este caso que los convoyes rueden holgadamente, sin tropezar con las paredes de los túneles. Personalmente yo puedo entender que lo de las medidas tiene un punto de misterio aleatorio que es lo que hace que, cuando acortas unos calzones, una pernera te salga más larga que la otra. No hablaré de los cuadros que cuelgan torcidos en las paredes o de los muebles puzle que desafían las elementales leyes de la gravedad.

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¡Descansa en paz Josep Mª Espinàs! Nos ha dejado un maestro artesano de la lengua. Por su gran producción, por los artículos diarios en la prensa. Un escritor que se va sin levantar polvareda, discreto. Un artesano de la palabra que cotidianamente como un panadero amasaba a golpes de tecla -con una mítica máquina de escribir- la reflexión del día. Sin enemigos, tenía la virtud de no provocarlos. Respetado, leído y buena persona. Una bondad que destacan todas las alabanzas de estos días.

Yo le conocí en un encuentro en la sede de la editorial La Campana el verano de finales del milenio. Él y la editora me recibieron una tarde porque querían publicar una novela que les había enviado, Memòries de destins -que todavía hoy sestea en el pabellón de los impublicados-. Fue una tarde de las que recuerdas, por las conversaciones, por la ilusión y por los libros que me regalaron. Por razones que no tienen que ver estrictamente con la novela, el proyecto se fue al garete. De mi recuerdo persiste que Espinàs, toda una autoridad, hubiera leído con detenimiento mi obra. Recuerdo -deben ser cosas de los editores- que me sugirió que modificara a un personaje, Mossèn Passerell.

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