Días
de horror y de ira tectónica. Como si el parón del núcleo interno de la
tierra, que mencionaba en una publicación anterior, hubiera encasquillado los
mecanismos que hacían funcionar la armonía críptica en el interior del globo
terráqueo propiciando la gran catástrofe que nos pone los pelos de
punta. Las imágenes que nos llegan de la Turquía más pobre y de Siria, ya
castigada por los combates de años, sobrecogen. La impotencia frente a los
efectos de la destrucción es demasiado elocuente por la devastación y la muerte
causadas. Como en las guerras pero sin un enemigo al que odiar. Un
adversario invisible que hace tambalear con furia desmedida la solidez donde
pisamos, donde edificamos o donde dormimos sin avisar y sin tregua, con
réplicas que rematan cerciorándose de las maldades.
Perder
la casa, el coche, las fotografías y los papeles -todo a la vez- será una
anécdota cuando la fortuna nos deja vivir para sufrirlo a cambio de llevarse lo
que poseíamos. Y el premio gordo, que los tuyos también hayan subsistido
como tú mismo. Ver, como público desde la distancia aséptica, el desplome
de los bloques de viviendas, la polvareda que se levanta y el ruido que provoca,
estremece. Imaginemos sufrirlo testimonialmente. O aquellos que
permanecen atrapados entre los escombros con una brizna de conciencia sufriendo
frío, sed y hambre. Magullados, llagados, gravemente
heridos. Dejaremos a las víctimas sin remedio alguno en el cajón de otra
dimensión con veinte mil y pico muertos en un recuento que cada día que pasa crece
más y más. ¿Podremos precisar alguna vez el número exacto de muertes?
Son
estas catástrofes naturales, imprevisibles, las que rebajan a la categoría de
aprendices a los humanos que a lo largo de la historia han batallado por
superarlas y en ocasiones lo han conseguido con armas convencionales o de
aquellas que son tan destructoras como las fuerzas de la naturaleza desatadas,
tanto o más que los rayos y los terremotos. La oportunidad, si es que
puede nacer en la desgracia, consiste en convertirnos también en aprendices de
solidarios siendo capaces de dejar en un segundo plano los descalabros
generados por los hombres para socorrer a los damnificados haciéndolo sin
intereses políticos chapuceros, corrupción o pillaje a cuenta de la buena
voluntad desinteresada.
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Un
descalabro torpe generado por los ferroviarios con carrera ha sido la noticia
-el hecho- que unos trenes nuevos que debían circular por Asturias y Cantabria
no pasan por los túneles. Una insólita reedición de la divisa de los
imprecisos que se ha vuelto a verificar. En la era de la inteligencia
artificial medir debería convertirse en un trámite efectuado con milimétrica
eficacia. Una elemental regla de tres en la que la “x” y la solución
resultante sean fiables y en este caso que los convoyes rueden holgadamente,
sin tropezar con las paredes de los túneles. Personalmente yo puedo
entender que lo de las medidas tiene un punto de misterio aleatorio que es lo
que hace que, cuando acortas unos calzones, una pernera te salga más larga que
la otra. No hablaré de los cuadros que cuelgan torcidos en las paredes o
de los muebles puzle que desafían las elementales leyes de la gravedad.
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¡Descansa
en paz Josep Mª Espinàs! Nos ha dejado un maestro artesano de la
lengua. Por su gran producción, por los artículos diarios en la
prensa. Un escritor que se va sin levantar polvareda, discreto. Un
artesano de la palabra que cotidianamente como un panadero amasaba a golpes de
tecla -con una mítica máquina de escribir- la reflexión del día. Sin
enemigos, tenía la virtud de no provocarlos. Respetado, leído y buena
persona. Una bondad que destacan todas las alabanzas de estos días.
Yo
le conocí en un encuentro en la sede de la editorial La Campana el
verano de finales del milenio. Él y la editora me recibieron una tarde
porque querían publicar una novela que les había enviado, Memòries de
destins -que todavía hoy sestea en el pabellón de los
impublicados-. Fue una tarde de las que recuerdas, por las conversaciones,
por la ilusión y por los libros que me regalaron. Por razones que no
tienen que ver estrictamente con la novela, el proyecto se fue al
garete. De mi recuerdo persiste que Espinàs, toda una autoridad, hubiera
leído con detenimiento mi obra. Recuerdo -deben ser cosas de los editores-
que me sugirió que modificara a un personaje, Mossèn Passerell.
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