domingo, 29 de enero de 2023

Gira, il mondo gira.

 

Gira, el mundo gira en el espacio sin fin, aventuraba Jimmy Fontana en 1965, el hombre del himno por excelencia de la canción italiana melódica -y nostra-. El mundo sigue girando, pero con matices. Según los geofísicos de la Universidad de Pekín habrían descubierto que, desde 2009, unas trayectorias que antes mostraban variaciones temporales significativas, ya no se mueven. Dicen estos científicos que la rotación del núcleo interno de la Tierra se habría detenido. Explican que este núcleo interno, como el hueso al rojo vivo del planeta Tierra, gira hacia aquí y hacia allá como un mecedora. Los entendidos así se expresan para que los incompetentes en la materia nos hagamos una idea. Al fenómeno asocian su influencia en la velocidad de rotación, en la duración de los días a consecuencia de ese inmovilismo nuclear que puede frenar lo que dura una rotación completa, un día. ¡Qué susto! Sin embargo, se apresuran a quitarle emoción anunciando que será imperceptible porque el frenazo es de milésimas de segundo. Una milésima de suspiro, pues, que por fortuna no detectaremos ya que este sutil parón nos pillará probablemente -eso espero- mientras dormitamos, antes de que suene el  despertador.

El titular es de lo más goloso. Una oportunidad para los que pedían “paren el mundo que quiero apearme”, ​​atribuida al personaje de Mafalda que su autor desmintió. También era una de las pintadas en los muros parisinos de la segunda revolución francesa, la de mayo del 68, como si Jimmy Fontana deambulara en autobús dando más tumbos que el 29. La pregunta es si nos está permitido descabalgarnos o, por el contrario, debemos empujar para mejorarlo. Ante la contundente noticia de que la Tierra se detiene o qué pasaría si dejara de girar de repente nos sentimos aún más empequeñecidos ante los estragos propiciados por como de mal la hemos tratado sin demasiadas contemplaciones. No deja de ser una posibilidad tirando a revancha que la tierra quiera descansar.

Analizándolo desde una vertiente más épica, yo me decanto por hacer responsables a los atlantes, los pobladores de las profundidades enigmáticas, que tienen encomendada la vital responsabilidad de hacer girar el mundo en una condena eterna a galeras mientras empujan con los pies descalzos la pelota incandescente de este inframundo reinado por los dioses de la oscuridad. Una interpretación mítica plausible asociada a una huelga -como las de los docentes, los sanitarios o los taxistas- mientras negocian un convenio con las grandes compañías energéticas del gas y la electricidad en competencia comercial con la energía geodésica, aquella que se obtiene del calor del subsuelo.

¡Cómo gira el mundo! La alegoría o el estandarte emocional de los excluidos en el mercado de las oportunidades que ya no están en rodaje, de los experimentados, de los decanos o de los eméritos -estos a la baja por la pésima connotación monárquica- que en las tertulias de café son conocidos como la mesa de los viejos. De los que hablan de su época explicando los secretos de la vida a gritos a un auditorio con las orejas tapadas. Cómo ha cambiado el mundo, tanto que les da la impresión de que no se ha detenido sino que gira al revés.

Viviremos o ya vivimos una algarabía cósmica con un acontecimiento astronómico añadido muy singular, el paso del Cometa Verde, que nos visitó por última vez hace 50.000 años, durante el paleolítico. A mediados de enero será visible a simple vista o con unos prismáticos de andar por casa porque se encontrará en el punto más cercano al Sol en su trayectoria. No sabemos qué les trajo, a la civilización de la edad de la piedra rústica o qué presagios anunció el paso de este cometa remolón y cachazudo. Como decían los abuelos, que las señales en el cielo no traigan afanes a la tierra.

Gira, el mundo gira.

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