Por
reyes se ha impuesto últimamente una nueva tradición al margen de nuestra faba
del roscón. Desde que Trump decidió que no le echarían ni con agua caliente
de la presidencia ha creado escuela y, como decíamos, el hábito de cuestionar
los resultados electorales. Justo en Brasil, tras dos años de ese
ignominioso asalto al Capitolio, Washington, los partidarios del Bolsonaro han plagiado
ese episodio en Brasilia profanando las sedes de los poderes con una rúa fuera
de temporada. Una samba desafinada pero con mucho estropicio para un
desfile de energúmenos que han atropellado vandálicamente las sedes del poder
en la capital política del país. Un sainete de risa si no se acercara
tanto a la tragedia.
Bolsonaro
se ha exiliado a tierras más propicias consolado por Trump y acunado por
Bannon, el populista ideólogo ultraconservador. Los seguidores del
expresidente brasileño han decidido destrozarle el despacho, a Lula -y la cara
si pudieran-. Bolsonaro no asistió al traspaso de poderes, voló hacia
Orlando, huyendo -dicen- de plausibles imputaciones judiciales ahora que la
capa de la inmunidad por razón del cargo ya no le ampara. ¿Será el funeral
político de este personaje? Podría ser, ya se verá; lo que
seguramente no desaparecerá será el bolsonarismo liderado por él mismo o por
alguien que prorrogue y ensanche sus creencias, actitud e intenciones. La
bolsa política vive una subida al alza de los neofascismos que se han quitado
sin pudor la careta, al contrario, hacen ostentación de ello.
Casualmente
en ambos asaltos, éste y el trumpista, la inhibición -o la complicidad- de las
fuerzas encargadas de velar por la seguridad e impedir ataques como los
perpetrados llaman sospechosamente la atención. Ah, las fuerzas
policiales, las responsables de perseguir el delito, defender el orden público
y hacer cumplir la legislación. La facilidad con la que se ejecutan estas
violaciones a instituciones tan representativas vuelven vulnerables los templos
de temperamento democrático y a toda la ciudadanía que deben defender.
Cuestionar
los resultados electorales, crear opinión al respecto, mentir descaradamente
mirándonos a la cara, sembrar el odio, manipular, defender intereses oscuros,
fabricar enemigos o romper las reglas del juego son estrategias -de toda la
vida- que cíclicamente se reanudan porque la memoria es frágil cuando no
interesada. Se valen, precisamente, de los valores que garantiza la
democracia para abrir grietas en la esencia de ésta. Contad las veces que
pronuncian la palabra -sólo la etiqueta que no el espíritu- "democracia "
salpicando profusamente sus discursos. Repasad la lista de enemigos con
los que nos amenazan. La gota malaya de sus arengas aterriza hasta producir
un boquete avalada y publicada por algunos medios que controlan porqué les
pertenecen.
Vivimos
tiempos convulsos de ultraderecha desatada y rabiosa. De fariseísmos
paternalistas y de patriotismos que están convencidos de que sólo ellos pueden
ostentar en legítima propiedad todos los poderes que emanan de las
urnas. Cuando los resultados electorales zarandean sus pretensiones -por
la gracia de Dios- ya se encargarán de deslegitimar la elección del pueblo que,
en su ignorancia, no ha elegido bien. No reconocer la derrota y ser
incapaz de respetar al adversario convirtiéndolo en enemigo debería ser un
pecado capital que impidiera subir al cielo a los políticos que lo cometan. Seré
benévolo y propondré sólo el pecado venial a la prepotencia impertinente, a la
falta de respeto, a la mala educación y al ruido insolente que no deja hablar
ni escuchar cuando no levanten el dedo para irrumpir sin miramiento alguno como
tertulianos invitados.
Dicen
que en un tiempo existieron unos padres de la Patria que no pretendían ejercer un
usufructo político a perpetuidad. Que hablaban con finura pedagógica, que
se les entendía, que no se inventaban cuentos chinos y que si la erraban, lo
reconocían. Que eran capaces de pedir disculpas -ya no perdón- si no
acertaban, que no buscaban culpables ajenos. Que pretendían exponer la
verdad y gobernar para todos. Lo hallareis documentado en las
crónicas parlamentarias de... O quizás no, podría tratarse de una fábula con
final demasiado feliz.
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