jueves, 12 de enero de 2023

Fábulas de siempre y otros cuentos de animales.

 

Por reyes se ha impuesto últimamente una nueva tradición al margen de nuestra faba del roscón. Desde que Trump decidió que no le echarían ni con agua caliente de la presidencia ha creado escuela y, como decíamos, el hábito de cuestionar los resultados electorales. Justo en Brasil, tras dos años de ese ignominioso asalto al Capitolio, Washington, los partidarios del Bolsonaro han plagiado ese episodio en Brasilia profanando las sedes de los poderes con una rúa fuera de temporada. Una samba desafinada pero con mucho estropicio para un desfile de energúmenos que han atropellado vandálicamente las sedes del poder en la capital política del país. Un sainete de risa si no se acercara tanto a la tragedia.

Bolsonaro se ha exiliado a tierras más propicias consolado por Trump y acunado por Bannon, el populista ideólogo ultraconservador. Los seguidores del expresidente brasileño han decidido destrozarle el despacho, a Lula -y la cara si pudieran-. Bolsonaro no asistió al traspaso de poderes, voló hacia Orlando, huyendo -dicen- de plausibles imputaciones judiciales ahora que la capa de la inmunidad por razón del cargo ya no le ampara. ¿Será el funeral político de este personaje? Podría ser, ya se verá; lo que seguramente no desaparecerá será el bolsonarismo liderado por él mismo o por alguien que prorrogue y ensanche sus creencias, actitud e intenciones. La bolsa política vive una subida al alza de los neofascismos que se han quitado sin pudor la careta, al contrario, hacen ostentación de ello.

Casualmente en ambos asaltos, éste y el trumpista, la inhibición -o la complicidad- de las fuerzas encargadas de velar por la seguridad e impedir ataques como los perpetrados llaman sospechosamente la atención. Ah, las fuerzas policiales, las responsables de perseguir el delito, defender el orden público y hacer cumplir la legislación. La facilidad con la que se ejecutan estas violaciones a instituciones tan representativas vuelven vulnerables los templos de temperamento democrático y a toda la ciudadanía que deben defender.

Cuestionar los resultados electorales, crear opinión al respecto, mentir descaradamente mirándonos a la cara, sembrar el odio, manipular, defender intereses oscuros, fabricar enemigos o romper las reglas del juego son estrategias -de toda la vida- que cíclicamente se reanudan porque la memoria es frágil cuando no interesada. Se valen, precisamente, de los valores que garantiza la democracia para abrir grietas en la esencia de ésta. Contad las veces que pronuncian la palabra -sólo la etiqueta que no el espíritu- "democracia " salpicando profusamente sus discursos. Repasad la lista de enemigos con los que nos amenazan. La gota malaya de sus arengas aterriza hasta producir un boquete avalada y publicada por algunos medios que controlan porqué les pertenecen. 

Vivimos tiempos convulsos de ultraderecha desatada y rabiosa. De fariseísmos paternalistas y de patriotismos que están convencidos de que sólo ellos pueden ostentar en legítima propiedad todos los poderes que emanan de las urnas. Cuando los resultados electorales zarandean sus pretensiones -por la gracia de Dios- ya se encargarán de deslegitimar la elección del pueblo que, en su ignorancia, no ha elegido bien. No reconocer la derrota y ser incapaz de respetar al adversario convirtiéndolo en enemigo debería ser un pecado capital que impidiera subir al cielo a los políticos que lo cometan. Seré benévolo y propondré sólo el pecado venial a la prepotencia impertinente, a la falta de respeto, a la mala educación y al ruido insolente que no deja hablar ni escuchar cuando no levanten el dedo para irrumpir sin miramiento alguno como tertulianos invitados.

Dicen que en un tiempo existieron unos padres de la Patria que no pretendían ejercer un usufructo político a perpetuidad. Que hablaban con finura pedagógica, que se les entendía, que no se inventaban cuentos chinos y que si la erraban, lo reconocían. Que eran capaces de pedir disculpas -ya no perdón- si no acertaban, que no buscaban culpables ajenos. Que pretendían exponer la verdad y gobernar para todos. Lo hallareis documentado en las crónicas parlamentarias de... O quizás no, podría tratarse de una fábula con final demasiado feliz.

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