lunes, 23 de enero de 2023

Sensibilidades de plástico.

 

Desde hace unos días he intentado acceder al recurso informático de mayor éxito, el chat que lo sabe todo, que responde y que es capaz de generar discursos coherentes -por lo menos legibles y comprensibles- basados en lo que llaman inteligencia artificial. Recuerdo aquellos manuales enciclopédicos de instrucciones que acompañaban a los reproductores de vídeos coreanos, por ejemplo, traducidos torpemente con recursos informáticos. O la transformación automática practicada en los medios de prensa escrita del castellano al catalán que confundían la consorte de Aznar, la Botella, con una ampolla de café con leche para saborear a tazas en la plaza Mayor de Madrid. Esto se ha acabado. El milagro se ha hecho realidad, la torre de Babel vuelve a ser protagonista con un ejército de robots con memoria infinita capaces de contestar con coherencia en la lengua que les propongas. Un desafío apoteósico a los dioses de la comunicación.

Por ahora, no he conseguido que me responda, no he podido ponerlo a prueba porque la demanda y el volumen de usuarios es espectacular, ultrapasarían la capacidad de reacción. Mientras, me pide paciencia. Será la madre de la ciencia tratándose de una inteligencia artificial adiestrándose para dialogar. Dicen que sólo hace falta formular preguntas convencionales que comprenderá. Capaz de traducir y generar texto con contexto -sin confundir botellas- reconociendo lo que hayamos estado comunicando con anterioridad. Tiene memoria y sabe qué le hemos pedido en otras interacciones que le hayamos planteado. De este hecho se desprende que todo lo que solicitemos permanecerá registrado -ninguna novedad en este universo-, que podrá ser revisado por los desarrolladores y que servirá -santa inocencia- para continuar instruyendo al monstruo. Ojo, colegas, cuidado con la información personal o con las demandas sospechosamente peligrosas o delictivas porque puedes convertirte en un candidato al disidente del año.

Dicen que en el menú de esta maravilla tecnológica -que no he probado- puedes pedir que escriba poemas, chistes, letras de canciones... lo que se quiera, también que imite la lengua de una criatura o la de un tartamudo. Cualquier cosa relacionada con el lenguaje puede ser expresada desde esta aplicación. Magia concretada de forma natural, sin enrevesamientos, con información exacta y personalizada, dedicada exclusivamente al interlocutor. Un peligro o una virtud, ya que no es fácil, casi imposible, reconocer los textos producidos con esta tecnología. No existen indicios, por ahora, en los discursos generados de que la autoría corresponda a una máquina sin sentimientos o de sangre fría.

Horripila pensar en lo que puede comportar un cóctel de algoritmos con un buen chorro de inteligencia artificial. Un punto de inflexión más hacia el mundo de la ciencia ficción en una hipotética revuelta de las máquinas sesudas como predijo Stanley Kubrick en 1968. Por ahora quien ha alzado la voz es el gremio de la docencia incapaz de distinguir el grano de la paja en un trabajo escrito. De esas producciones fusilando textos de papel con pericia rebajando el tono e introduciendo errores conscientes de poca trascendencia a disfrazar una redacción fraudulenta de un alumno experto en informática no hay tanta diferencia. Las intenciones son las mismas. Los genios, entonces y ahora, deben ser aquellos que no sólo fusilan sino los que cuestionan. La destreza debería poder demostrarse y defenderse con veracidad y certeza.

Si los robots son capaces de servirnos un vaso de agua, de abrir una puerta, de cargar paquetes, de esquivar obstáculos físicos o de rascarnos la espalda, ahora, y eso es lo formidable, piensan y hablan. O hablan después de pensar. Extraordinario. La máquina y el hombre se las vuelven a tener porque ya hemos visto cómo la robótica industrial ha sustituido al trabajo físico repetitivo de tracción humana en determinadas cadenas productivas. ¿A qué se dedicarán los inspirados escritores de cartas de amor cargadas de sentimentalismo para analfabetos o insensibles? ¿Y los periodistas? ¿Y los redactores de testamentos? ¿Y el sermón del funeral? Siempre viviremos -y moriremos- con el pesar de si lo que nos dedican desde una emoción presunta no habrá sido pensado por un ordenador. Sensibilidades de plástico que en próximas ediciones os pueden hacer desconfiar que el autor de este texto haya sido yo mismo.

De la paleolítica concepción de Noam Chomsky, década de los 50 del siglo pasado, desarrollada en la Gramática Generativa para entender cómo podían ser las estructuras profundas de la lengua a este prodigio se han roto imposibles, de la traducción literal y mecánica de las lenguas a la producción y a la capacidad de respuesta.

 Que los entrenadores personales de esa inteligencia sean humanos y honestos. Que los avances sirvan para entendernos más y mejor.

 

1 comentario:

  1. Muchas dudas... puede reemplazar al hombre? Y los sentimientos?

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