Desde
hace unos días he intentado acceder al recurso informático de mayor éxito, el
chat que lo sabe todo, que responde y que es capaz de generar discursos
coherentes -por lo menos legibles y comprensibles- basados en lo que llaman inteligencia
artificial. Recuerdo aquellos manuales enciclopédicos de instrucciones que
acompañaban a los reproductores de vídeos coreanos, por ejemplo, traducidos
torpemente con recursos informáticos. O la transformación automática
practicada en los medios de prensa escrita del castellano al catalán que
confundían la consorte de Aznar, la Botella, con una ampolla de café con leche
para saborear a tazas en la plaza Mayor de Madrid. Esto se ha acabado. El
milagro se ha hecho realidad, la torre de Babel vuelve a ser protagonista con
un ejército de robots con memoria infinita capaces de contestar con coherencia en
la lengua que les propongas. Un desafío apoteósico a los dioses de la
comunicación.
Por
ahora, no he conseguido que me responda, no he podido ponerlo a prueba porque
la demanda y el volumen de usuarios es espectacular, ultrapasarían la capacidad
de reacción. Mientras, me pide paciencia. Será la madre de la ciencia
tratándose de una inteligencia artificial adiestrándose para dialogar. Dicen
que sólo hace falta formular preguntas convencionales que
comprenderá. Capaz de traducir y generar texto con contexto -sin
confundir botellas- reconociendo lo que hayamos estado comunicando
con anterioridad. Tiene memoria y sabe qué le hemos pedido en otras
interacciones que le hayamos planteado. De este hecho se desprende que
todo lo que solicitemos permanecerá registrado -ninguna novedad en este universo-,
que podrá ser revisado por los desarrolladores y que servirá -santa inocencia-
para continuar instruyendo al monstruo. Ojo, colegas, cuidado con la
información personal o con las demandas sospechosamente peligrosas o delictivas
porque puedes convertirte en un candidato al disidente del año.
Dicen
que en el menú de esta maravilla tecnológica -que no he probado- puedes pedir
que escriba poemas, chistes, letras de canciones... lo que se quiera, también
que imite la lengua de una criatura o la de un tartamudo. Cualquier cosa
relacionada con el lenguaje puede ser expresada desde esta
aplicación. Magia concretada de forma natural, sin enrevesamientos, con
información exacta y personalizada, dedicada exclusivamente al
interlocutor. Un peligro o una virtud, ya que no es fácil, casi imposible,
reconocer los textos producidos con esta tecnología. No existen indicios,
por ahora, en los discursos generados de que la autoría corresponda a una
máquina sin sentimientos o de sangre fría.
Horripila
pensar en lo que puede comportar un cóctel de algoritmos con un buen chorro de
inteligencia artificial. Un punto de inflexión más hacia el mundo de la
ciencia ficción en una hipotética revuelta de las máquinas sesudas como predijo
Stanley Kubrick en 1968. Por ahora quien ha alzado la voz es el gremio de la
docencia incapaz de distinguir el grano de la paja en un trabajo
escrito. De esas producciones fusilando textos de papel con pericia
rebajando el tono e introduciendo errores conscientes de poca trascendencia a
disfrazar una redacción fraudulenta de un alumno experto en informática no hay
tanta diferencia. Las intenciones son las mismas. Los genios,
entonces y ahora, deben ser aquellos que no sólo fusilan sino los que
cuestionan. La destreza debería poder demostrarse y defenderse con
veracidad y certeza.
Si
los robots son capaces de servirnos un vaso de agua, de abrir una puerta, de
cargar paquetes, de esquivar obstáculos físicos o de rascarnos la espalda,
ahora, y eso es lo formidable, piensan y hablan. O hablan después de
pensar. Extraordinario. La máquina y el hombre se las vuelven a tener
porque ya hemos visto cómo la robótica industrial ha sustituido al trabajo
físico repetitivo de tracción humana en determinadas cadenas
productivas. ¿A qué se dedicarán los inspirados escritores de cartas de
amor cargadas de sentimentalismo para analfabetos o insensibles? ¿Y los
periodistas? ¿Y los redactores de testamentos? ¿Y el sermón del
funeral? Siempre viviremos -y moriremos- con el pesar de si lo que nos
dedican desde una emoción presunta no habrá sido pensado por un
ordenador. Sensibilidades de plástico que en próximas ediciones os pueden
hacer desconfiar que el autor de este texto haya sido yo mismo.
De
la paleolítica concepción de Noam Chomsky, década de los 50 del siglo pasado,
desarrollada en la Gramática Generativa para entender cómo podían ser las
estructuras profundas de la lengua a este prodigio se han roto imposibles, de
la traducción literal y mecánica de las lenguas a la producción y a la
capacidad de respuesta.
Que
los entrenadores personales de esa inteligencia sean humanos y
honestos. Que los avances sirvan para entendernos más y mejor.
Muchas dudas... puede reemplazar al hombre? Y los sentimientos?
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