En
2014 publicaba en el blog una entrada referida al
Carnaval. Implacablemente hay centros de interés cíclicos o recurrentes, aquello
que no puede ser aplazado, que se convierte en reiterativo bajo la tiranía de
los calendarios. Escribía, entonces, con toda la vigencia de estos días,
lo que sigue y que reproduzco porque a la inspiración la he disfrazado de
pereza.
Del jueves lardero o del día de la tortilla al
miércoles de ceniza vivimos los prolegómenos de la cruenta batalla entre el panzón
y carnal Carnaval contra la quisquillosa Cuaresma, la vieja de las siete
piernas que nunca se cansa, a la vera de los fogones, de aliñar manjares
demasiado saludables y excesivamente sobrios. Siempre sale vencedora
Cuaresma imponiendo comidas insulsas y abstinencias penitentes que hacen perder
chicha y ganar cielo. Qué temporada más frugal, poca sal y sin un triste
trozo de tocino rancio que echar a la olla. Acelgas o manjares de conejo
roedor huérfanos de todo aquello que no sean la alegría de un ajo sofrito o un
brote colorista de perejil. Más duro de pasar, que de digerir.
Antes, pero y gracias a las autoridades que lo
permiten, el rey Carnaval reina. Sólo unos días, una tregua hasta que el
pueblo ha entendido cómo el desenfreno y la revuelta no son de ley. Una
fiesta de calendario lunático, variable y de moral veleidosa como las
pretensiones de aquellos no avezados al buen gobierno y al sentido común de la
moderación. No nos aturdiéramos, compañeros, es un espejismo, un engaño
que los mandamases de todas las épocas se las compusieron para desahogar
instintos y engrasar reglas espartanas.
Desde el jueves lardero comienza un pequeño
ciclo anual de fiesta y juerga transgresora donde casi todo está
permitido. Las costumbres que dominan sabiamente el espíritu y la vida dan
un vuelco. El monarca de los excesos dionisíacos nos concede carta blanca,
una nueva ley regula, por unos días, lo que el resto del año está vedado, es pecado
o no es saludable. ¡Que viva Carnaval! Que su monarquía y su gobierno
nos hagan súbditos del placer y de la avidez.
Se dice que el nombre no hace la cosa, ¡pero sí
lo permite el disfraz! Veréis reyes campechanos, príncipes domésticos y
princesas del terruño con corona fraudulenta. Obispos, curas o, más aún,
papas de un día y monaguillos de por vida. Generales, civiles, piratas,
cabos e incluso sirenas. Labradores y aldeanas. Hombres con pechuga y
esposas de mostacho. Ciertamente, el mundo al revés. ¡La tierra de Jauja
en el condado del despropósito parecería posible!
Un sueño iluso. Un afán que doña Cuaresma
ya se encarga de recordarnos que polvo somos y con ceniza nos volverán a marcar
la testuz y la sensatez. Sólo una hoguera, una llamarada alocada que se
chamusca en un santiamén. Disfrutamos esta transgresión, proyectamos los
demonios y enterramos las frustraciones con alegría y fuerza. Con la
vitalidad armoniosa y barroca de una epidérmica bailarina brasileña. Con
la pompa suntuosa, mayestática, de una máscara veneciana. Con lo que sea,
disfrazados de ilusión para que las miserias y los dolencias sean de mejor
trajinar.
En este desaguisado imposible de los papeles
intercambiados podremos ver al ministro disfrazándose de inmigrante. Un
marinero tierra adentro. Un banquero desahuciado y con hipoteca. El
juez declarando por corrupto. La luna en un cesto. Las infantas con
trenzas. Vete a saber qué podremos ver en las rúas de estos días...
Contratistas ilusionistas y ladrillos voladores. Palomas bélicas y mozos
de cuerda funambulistas. A Barcelona móvil con arterias telefónicas.
No pasemos pena ni tengamos disgusto. A
todo esto, Cuaresma y la pesada realidad contenida de los días pondrán
freno. Mientras, dejad que los damnificados y soñadores nos invistamos de
lo que no somos.
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