De
la experiencia acumulada en materia meteorológica, por estas fechas,
coincidiendo con la voluble Semana Santa en cuanto al calendario, solía
llover. En algunas ediciones de estas fiestas, la palma, los palmones o el
ramo de laurel se bendecían al amparo de un paraguas para que la lluvia intensa
no diluyera el agua bendita con la que el cura las aspergía. Recuerdo que
después las colgábamos en las barandillas de hierro forjado de los balcones
convertidas en tótems sagrados que debían proteger la casa y a sus moradores
hasta el próximo domingo de Ramos. Conocida por todos es la preceptiva
incineración de la palma antigua, ya que los objetos salpicados por la mano de
los dioses no se deben desechar. De hecho, tampoco existen contenedores
celestiales donde reciclarlos.
Recreando
la escena bíblica, los elementos se alineaban con el
calendario litúrgico y estaban también de luto, el cielo lloraba con desespero
y desconsuelo. Truenos, lluvias intensas que solían durar hasta el día de
Resurrección, la radiante Pascua florida, anunciando la primavera exuberante. Era
tiempo de vestir los pantalones cortos, el uniforme de los críos, aunque refrescase
si no habían salido ya de los armarios el domingo anterior de Ramos para lucir
las rodillas sin rozaduras, blancas y limpias como la leche, mientras
bendecíamos la palma con un guiño de inmaculado angelote barroco.
Los
árboles escupían, cansados y un poco hartos, el agua que insistía en empaparlos
sin tregua, noche y día. Nubes grises, con chicha y panzudas, a menudo
acunadas por una niebla meona, lo calaban todo. Si los robles, los más
sabios de la naturaleza, asomaban los primeros rebrotes, el renacimiento ufano
de la verdura y de la vegetación era un hecho, ya no volvería a
helar. Efectivamente, era la declaración de la primavera sin obstáculos ni
más frioleras. Qué gozada de campos verdes esperando el sol y las hogueras
de San Juan mientras el viento de la lluvia los despeinaba amoroso en una danza
ufana de abundancia. Allí, encaramado en un repecho oteando el prodigio,
la sombra roída por la niebla del campesino con el paraguas abierto era un faro
conjurando tormentas. Las señales no fallaban, se confirmaban los
indicios verificando el mapa meteorológico local estación tras estación -¡Mañana
lloverá!- preveía experimentadamente y con conocimiento de causa.
Los
más viejos el lugar podían contar con los dedos de una mano aquellos años
catastróficos que permanecían en el recuerdo, los que dejan umbrales
escalofriantes de las lluvias o sequías ásperas de tierra quemada, de mal
pasar, de hambre. Fuentes tristes o secas, ríos y torrentes
sedientos. Caminos polvorientos, ribazos marchitos y abrasados por el sol. Árboles
anticipándose al otoño que abatían o perdían las hojas a destiempo, Labriegos
con el cuello extenuado de tanto contemplar el cielo donde las señales se
habían desleído como las lluvias que hacían falta. Cielos limpios,
limpísimos, planos y calmados -parados- eran el espejo en el infinito de la
sequía terrenal en los valles.
Los
más viejos, explican cómo una especie de cuento al amor de la lumbre, que sus
padres y abuelos recordaban todavía como a principios del siglo XX hubo una
sequía extraordinaria en las comarcas del Pirineo Oriental -quizás era de
alcance más general -. Que fundamentalmente los campesinos del Ripollès y
comarcas vecinas, un sábado, subieron en procesión al santuario de
Núria. Promovieron, ante el desespero, una rogativa o algún tipo de
oración para que lloviera. Cuentan que de regreso se formaron unos castillos
de nubes que descargaron un pedrisco que arrasó todos los cultivos. ¡Quién
pudiera tener la llave del cielo para regular a voluntad un caudal dócil y sin catástrofes!
Sacar
a los santos en procesión o ir a Núria han sido recursos practicados en los
valles del Ripollès cuando la exasperación y la falta de agua superan la
paciencia y las tribulaciones de las personas creyentes que lo habitan apelando
con fervor a la gracia divina. Ofrendas asociadas al sacrificio para
obtener réditos celestiales. Dicen que el cura, en una de estas ocasiones,
sugirió un catálogo de intrepideces cercanas al martirio
personal. Calvarios fuera de temporada alejados de las romerías festivas que
tienen lugar por la festividad de la Mª de Déu de Núria, a principios de
septiembre. Del surtido de penitencias inspiradas por el párroco se llevó
la palma la de subir al santuario descalzo o bien con las suelas de los recios
zapatos rellenos con garbanzos. Las pesadumbres transitaron del espíritu a
los pies, ¡qué dolor más malvado! Los roces, las ampollas y las úlceras
se exhibían como prueba de fe. Sólo el vaquero de Cal Magre subió fresco
como una rosa. Justificó la proeza, que lo era, con el argumento y las
recomendaciones del buen clérigo, quien en ningún momento de la prédica aclaró
si la legumbre debía ser seca o estar cocida.
Como
este año ya he oído cantar el cuco, yo también pediré agua, Señor, que vino ya tenemos.
Genia
ResponderEliminarGenial com sempre.
ResponderEliminar,Muy Bueno!!!
ResponderEliminarHermoso lo que escribiste... realmente es triste que falte el agua, acá recién hace un mes que nos dio agua... tremenda sequía
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