viernes, 30 de septiembre de 2022

Otoño convulso.

 

La sinfonía de la guerra incorpora el protagonismo de la percusión, batucadas con misiles que no cesan. La armonía atronadora del disparate bélico golpea con la contundencia de quién la declarará o la hará más grande. Marchas militares cargadas de nostalgias y una carretada de medallas para investir héroes. Siempre se necesitan héroes, vivos o muertos, la recompensa para la eternidad cuando se reescribe el pasado y la anexión. La histórica Rusia belicosa vuelve a revivir el furor del cañonazo y la arenga de Putin, “un zar de pacotilla” -como le llamara un personaje de la premio Nobel Svetlana Alexievitch-, que ha decidido habitar en la galería de los insignes. Un inmortal más con fuerte tufo a pólvora y excelsitud atómica decidido a vivir su decadencia personal matando y conquistando.

De los últimos cohetes de este piromusical armamentista y de destrucción, los sabotajes a las tuberías que conducían el gas ruso a Europa. Oleoductos rotos que insuflan literalmente gas en los océanos, agua de mar con burbujas para una mesa de gourmets geopolíticos excéntricos. En los excesos de la confrontación no se podía cerrar simplemente el grifo, era necesaria la testosterona expansiva de un puñetazo firme con muchas chispas. ¿Quién ha sido el artillero que ha encendido la mecha en las profundidades marinas? ¿Los rusos, los americanos o el que prende fuego al petardo que abre la fiesta mayor antes del pregón? Parece que no sabremos quién ha sido hasta que los secretos de estado queden descatalogados o triunfe un relato interesado. Mientras esto no sucede, las sospechas no han logrado sonrojar al dirigente ruso, como los niños acusados ​​de la fechoría, él no sabe nada. Tampoco los americanos que, en consecuencia, se convierten en los principales expendedores de gas para las catalíticas europeas. Un invierno demasiado frío que ya ha empezado con nevadas testimoniales en los Pirineos.

 

 Con los precios del carro de la compra disparados como cañones en una guerra doméstica, más cercanos sin embargo, en Italia la derecha feroz arrasa tanto o más que la abstención. Cuando la nostalgia regresa al presente y la memoria vive atacada por la demencia senil, el discurso breve, contundente, agresivo y cargado de falsedades cuando no de mentiras, vence. Bien arropado entre banderas y patriotismos excluyentes el mensaje fácil -también aliñado con mucha testosterona vocinglera- llega alentando más a los convencidos y recoge a los desesperados. Cambian los modos y los uniformes, pero las intenciones perduran y, desgraciadamente, renacen al alza para arreglar el mundo a su imagen e intereses. 

 

Tenemos más cerca las trifulcas fiscales como salvas autonómicas por razones de fiscalidad. A la campeona, de la Comunidad de Madrid, se ha sumado la Junta de Andalucía sacudiendo el espantajo del anticatalanismo que siempre es caballo ganador en las campañas electorales. Un ingrediente básico cargado de atavismo, secular, para reavivar ese sentimiento de resultados infalibles. Bajar impuestos y tener más recursos para lo social, sanidad o educación, es algo que no liga. ¿De dónde salen las misas para tan poca cera ardiendo? Una comunidad, la andaluza, que recibe los efectos de las balanzas fiscales con peso favorable, está por bajar determinados impuestos que no benefician a sus jornaleros, precisamente. Para compensarlo, el presidente con una sonrisa complaciente de quien ha encontrado la piedra filosofal y la cuadratura del círculo, piensa en nosotros, los catalanes, aunque sean tránsfugas del deber fiscal. ¡Qué honor y cuánta solidaridad!

 

En el corazón de la proximidad de este otoño convulso recién inaugurado, al lado mismo, entre el Parlament de Catalunya, el Parc de la Ciutadella y el Arc de Triunf, vuelan los cuchillos arrojadizos de las luchas intestinas entre partidos en el gobierno de la Generalitat de Catalunya. El desacuerdo manifiesto y la falta de unidad marcan el acto de conmemoración de aquel 1-O. El mismo día, hace cinco años, en el que las fuerzas de seguridad del Estado zurraron con inédita contundencia al personal que iba pacíficamente a ejercer un voto testimonial sin efectos administrativos ni reconocimiento alguno en unas urnas de plastiquillo, como hemos comprobado sobradamente. Entre el gesto y el batacazo, la humillación y la falta de respeto, aunque fuera por el ritual más excelso de la democracia, ya que se sobrepasó suficientemente aquel impulso tan feo y poco estético del “a por ellos” donde el atavismo -otra vez- gritaba con entusiasmo mientras los investidos caballeros del porrazo cabalgaban bien espoleados y apoyados. ¡A por ellos!”

Pasados ​​cinco años del 1-O, el independentismo sigue inmerso en un círculo corrosivo que en los próximos días puede culminar en un trencadís gaudiniano del gobierno. Éste ha sido el escenario del acto en la avenida Lluís Companys de Barcelona desde el que se ha constatado la división y que los discursos pueden ser antagónicos o contradictorios. Un encuentro sin sardanas donde cada uno ha querido exhibir perfil propio. Y entre los asistentes, lejos de aquellas concentraciones de eco internacional, el amodorramiento, los pitidos y la orfandad política. El único consuelo es suponer que, cuando el movimiento vuelva a despertar, el paciente dinosaurio todavía siga allí paciendo.

Ciertamente, un otoño de conmociones.

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