Corría
el curso 1976-1977. Madrid. Empezaba mi periplo en la Universidad
Complutense. Disponía de una beca que me permitió, novato como era en esa
etapa, disfrutar de la estancia durante ese primer curso en uno de los colegios
mayores ubicado en el campus universitario, ir a la facultad era un
paseo. Algunos colegios mayores participaban del privilegio de la
proximidad y del entorno. Fuera de la burbuja universitaria, para ponerlo
en contexto, el miércoles 15 de junio de 1977 -a finales del curso- se
celebraron las elecciones generales en España convocadas por Adolfo
Suárez. Eran las primeras elecciones libres después de la dictadura para escoger
a los representantes en Las Cortes. Mi estancia en Madrid terminó el curso
1980-1981 coincidiendo con otro hito significado en lo que se ha dado en
denominar la “transición”, el golpe de estado del 23 de febrero. Madrid era una
movida.
Sólo
hice vida de colegio mayor un curso. Debo deciros que yo era el único de
letras y catalán, algo que me significaba en aquel colectivo de los cien y
pocos alumnos que gestionaba una orden religiosa. Únicamente
chicos. Cabe decir que la incidencia religiosa en la vida colegial era
nula. No existían horarios de entrada o de salida, no recuerdo si
celebraban misas -yo no asistí a ninguna-. Tampoco se fiscalizaba con
quien y cuando accedías a la habitación individual, espaciosa con un vestidor y
un ventanal que proyectaba el horizonte de la ciudad cuando las calefacciones
quemaban carbón y el cielo de Madrid era una angustiosa cúpula
metalizada. El edificio es premio nacional de arquitectura. La única
interacción formal con quien lo dirigía, un prestigioso especialista en
problemas sexuales de su gremio, fue cuando anuncié que no continuaría
alegando básicamente razones económicas, me propuso alistarme a la
orden. Un ofrecimiento que me honraba. Me sugirió que el trabajo
podía eximirme en cierta medida de la oración liberándome de la reclusión
monacal. A final de curso, yo y la maleta paquidérmica, nos las piramos.
La
mayoría de alumnos estudiaban ingeniería superior de telecomunicaciones o se
formaban para convertirse en ingenieros agrónomos, carrera que sólo podía
cursarse, entonces, en Madrid. La inmensa escuela de agrónomos y sus
pastos confrontaban con el colegio. Éramos también vecinos del centro
meteorológico nacional, ahora es la Agencia Estatal de Meteorología, donde
tenía mucho predicamento Eugenio Martín Rubio, quien perdió el mostacho debido
a una predicción errónea en una apuesta arriesgada y muy mediática.
Un
domingo por la mañana a mediados de septiembre llegamos al colegio la maleta y
yo, los veteranos -los aprendices de agronomía, supongo- vigilaban una
guerrilla de asustados novatos que pastaban literalmente la hierba del
jardín. Aquellos cuadrúpedos ocasionales lucían una especie de dorsal con
un 80 -el distintivo de la época para los conductores en prácticas-. Dejé
la maleta discretamente y me fui, recuerdo haber almorzado en una casa de
comidas típica, llena de comensales solitarios como yo mismo, para después
acogerme en un piso de estudiantes conocidos de la etapa anterior. Volver
al colegio a dormir supuso un punto de temeridad.
Se
trataba de las reconocidas novatadas reguladas en los estatutos
de aquellas instituciones que tenían una vigencia de un mes bajo el dudoso
argumento de la cohesión colegial. Hubo quien se achantó y se marchó a
territorios con menos acoso y presión emocionales. Los gritos, las intimidaciones
y la humillación tenían carta de naturalidad. Pruebas que había que ir
superando y que si tenías pinta de pardillo te convertían en el cabeza de turco
predilecto.
Recuerdo
que te asignaban un disfraz inspirado por unos verdugos creativos en una
especie de tribunal tras un flexo que te deslumbraba como en las películas
donde se tortura al cautivo para hacerte confesar. Preguntas íntimas de
mal responder. O cuando te conducían a la piscina y te hacían introducir
la pierna según la cual te identificabas ideológicamente -¡La derecha o la
izquierda, elige!- Aprovechando el escenario acuático improvisaban concursos
para dictaminar quien más artísticamente y arriba firmaba con una meada en el
muro. O cuando te cubrían con una manta, te introducían en un vehículo y
te dejaban a medianoche en una estación de tren relativamente cercana a la
ciudad. Era habitual que los cambios y los traslados de habitación a habitación,
colchón incluido, fuera responsabilidad de los nuevos bajo el griterío y las advertencias
de los que tenían ese derecho y autoridad consolidados.
A
mí me disfrazaron de torero, no faltaba ningún detalle. A un joven japonés
que iba para arquitecto le vistieron de andaluz con la guitarra y el sombrero
típicos, todo el mundo le conocía como Manolo, mucho más fácil y
familiar de increpar. Quien evolucionaba vestido de espermatozoide, de
plátano, de negro bien embadurnado... Era algo, esa diversidad de personajes
que, cuando nos reuníamos en el comedor, se convertía casi en carnavalesca de
no haber sido por la reiteración, el 80 y el pronóstico meteorológico del día
firmado por Martín Rubio sin el cual no desayunabas. Debo reconocerle, al
acreditado meteorólogo, la infinita paciencia de dejarlos a punto en la
recepción del centro meteorológico vecino cada mañana.
Interrogatorios,
cejas afeitadas, autopistas sinuosas de dentífrico en sentido único que había
que reseguir con timidez y pudor te conducían, arrodillado, a una presunta
intervención de fimosis si no te habías precipitado emocionalmente antes en
alguna curva pavorosa. Éstas eran acciones que podríamos calificar de
quintadas, más cuartelarias, que me volvieron a afectar, poco, en la mili donde
la quintada más dolorosa que sufrí fue un disparo en el brazo.
Las
cantinas de los colegios de chicas tenían la concurrencia garantizada, en uno
me pillaron los colegas. Figura en mi currículum la conferencia
improvisada que tuve que impartir respecto a la patata en el Mercado Común, al
que no pertenecíamos. Allí, encaramado a una mesa capté la atención y las
burlas femeninas un buen rato. En otra ocasión nos exhibían, a los
novatos, bajo los focos de unos vehículos frente al castillo de las mil
vírgenes, así era conocido aquel colegio femenino administrado por la
Sesión Femenina. Bien iluminados tuvimos que bajarnos los pantalones bajo
la mirada atenta y multitudinaria de las vírgenes recluidas. Las
comparativas y la exaltación de las carencias se clavaban como dardos en un
amor propio tímidamente encogido. Cosas de esa época que, ahora, pensamos
imposibles. También recuerdo el concurso eficiente de la Piraña,
una colegiala que participaba con complacencia intimidando en privado a los más
inocentes amenazándoles con devorarlos mientras ensayaba un abanico de posturas
con flexibles contorsiones arriesgadas que acojonaban muy mucho a los despavoridos
galanes.
¿Quién
soportaría hoy estas situaciones degradantes? No disfruté de la
segunda oportunidad. Tampoco eché de menos la condescendencia con la que
algunos compañeros se quejaban del servicio del comedor -¡En casa, el servicio
come mejor! -se jactaba algún personaje ante un surtido de tres primeros y
tres segundos diferentes con una variedad de fruta de todo tipo a
elegir. Niños de casa buena, o muy buena. Mientras ejercían y
consolidaban entrañables e inocentes tradiciones
estudiantiles, algunos aspiraban también a las comparsas de estudiantes conocidas
como tuna.
Recapitulando,
creo firmemente que la experiencia me convirtió en un hombre de provecho y como
es debido definitivamente -servicio militar al margen-. El sentimiento de
cohesión colegial y empatía se reforzaron con dos acciones colectivas
-fomentando el trabajo en equipo- que me pasaban por alto, simular el secuestro
de un autobús urbano y obtener el molde de yeso de los atributos del caballo de
Espartero, una estatua ecuestre -como se puede haber deducido- situada en medio
de la calle Alcalá.
“Por las calles de Madrid
bajo la luz de la luna,
de Cascorro en Chamberí,
pasa rondando la tuna...”
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