lunes, 10 de octubre de 2022

Colegio mayor.

 

Corría el curso 1976-1977. Madrid. Empezaba mi periplo en la Universidad Complutense. Disponía de una beca que me permitió, novato como era en esa etapa, disfrutar de la estancia durante ese primer curso en uno de los colegios mayores ubicado en el campus universitario, ir a la facultad era un paseo. Algunos colegios mayores participaban del privilegio de la proximidad y del entorno. Fuera de la burbuja universitaria, para ponerlo en contexto, el miércoles 15 de junio de 1977 -a finales del curso- se celebraron las elecciones generales en España convocadas por Adolfo Suárez. Eran las primeras elecciones libres después de la dictadura para escoger a los representantes en Las Cortes. Mi estancia en Madrid terminó el curso 1980-1981 coincidiendo con otro hito significado en lo que se ha dado en denominar la “transición”, el golpe de estado del 23 de febrero. Madrid era una movida.

Sólo hice vida de colegio mayor un curso. Debo deciros que yo era el único de letras y catalán, algo que me significaba en aquel colectivo de los cien y pocos alumnos que gestionaba una orden religiosa. Únicamente chicos. Cabe decir que la incidencia religiosa en la vida colegial era nula. No existían horarios de entrada o de salida, no recuerdo si celebraban misas -yo no asistí a ninguna-. Tampoco se fiscalizaba con quien y cuando accedías a la habitación individual, espaciosa con un vestidor y un ventanal que proyectaba el horizonte de la ciudad cuando las calefacciones quemaban carbón y el cielo de Madrid era una angustiosa cúpula metalizada. El edificio es premio nacional de arquitectura. La única interacción formal con quien lo dirigía, un prestigioso especialista en problemas sexuales de su gremio, fue cuando anuncié que no continuaría alegando básicamente razones económicas, me propuso alistarme a la orden. Un ofrecimiento que me honraba. Me sugirió que el trabajo podía eximirme en cierta medida de la oración liberándome de la reclusión monacal. A final de curso, yo y la maleta paquidérmica, nos las piramos.

La mayoría de alumnos estudiaban ingeniería superior de telecomunicaciones o se formaban para convertirse en ingenieros agrónomos, carrera que sólo podía cursarse, entonces, en Madrid. La inmensa escuela de agrónomos y sus pastos confrontaban con el colegio. Éramos también vecinos del centro meteorológico nacional, ahora es la Agencia Estatal de Meteorología, donde tenía mucho predicamento Eugenio Martín Rubio, quien perdió el mostacho debido a una predicción errónea en una apuesta arriesgada y muy mediática. 

Un domingo por la mañana a mediados de septiembre llegamos al colegio la maleta y yo, los veteranos -los aprendices de agronomía, supongo- vigilaban una guerrilla de asustados novatos que pastaban literalmente la hierba del jardín. Aquellos cuadrúpedos ocasionales lucían una especie de dorsal con un 80 -el distintivo de la época para los conductores en prácticas-. Dejé la maleta discretamente y me fui, recuerdo haber almorzado en una casa de comidas típica, llena de comensales solitarios como yo mismo, para después acogerme en un piso de estudiantes conocidos de la etapa anterior. Volver al colegio a dormir supuso un punto de temeridad.

Se trataba de las reconocidas novatadas reguladas en los estatutos de aquellas instituciones que tenían una vigencia de un mes bajo el dudoso argumento de la cohesión colegial. Hubo quien se achantó y se marchó a territorios con menos acoso y presión emocionales. Los gritos, las intimidaciones y la humillación tenían carta de naturalidad. Pruebas que había que ir superando y que si tenías pinta de pardillo te convertían en el cabeza de turco predilecto.

Recuerdo que te asignaban un disfraz inspirado por unos verdugos creativos en una especie de tribunal tras un flexo que te deslumbraba como en las películas donde se tortura al cautivo para hacerte confesar. Preguntas íntimas de mal responder. O cuando te conducían a la piscina y te hacían introducir la pierna según la cual te identificabas ideológicamente -¡La derecha o la izquierda, elige!- Aprovechando el escenario acuático improvisaban concursos para dictaminar quien más artísticamente y arriba firmaba con una meada en el muro. O cuando te cubrían con una manta, te introducían en un vehículo y te dejaban a medianoche en una estación de tren relativamente cercana a la ciudad. Era habitual que los cambios y los traslados de habitación a habitación, colchón incluido, fuera responsabilidad de los nuevos bajo el griterío y las advertencias de los que tenían ese derecho y autoridad consolidados.

A mí me disfrazaron de torero, no faltaba ningún detalle. A un joven japonés que iba para arquitecto le vistieron de andaluz con la guitarra y el sombrero típicos, todo el mundo le conocía como Manolo, mucho más fácil y familiar de increpar. Quien evolucionaba vestido de espermatozoide, de plátano, de negro bien embadurnado... Era algo, esa diversidad de personajes que, cuando nos reuníamos en el comedor, se convertía casi en carnavalesca de no haber sido por la reiteración, el 80 y el pronóstico meteorológico del día firmado por Martín Rubio sin el cual no desayunabas. Debo reconocerle, al acreditado meteorólogo, la infinita paciencia de dejarlos a punto en la recepción del centro meteorológico vecino cada mañana.

 Interrogatorios, cejas afeitadas, autopistas sinuosas de dentífrico en sentido único que había que reseguir con timidez y pudor te conducían, arrodillado, a una presunta intervención de fimosis si no te habías precipitado emocionalmente antes en alguna curva pavorosa. Éstas eran acciones que podríamos calificar de quintadas, más cuartelarias, que me volvieron a afectar, poco, en la mili donde la quintada más dolorosa que sufrí fue un disparo en el brazo.

Las cantinas de los colegios de chicas tenían la concurrencia garantizada, en uno me pillaron los colegas. Figura en mi currículum la conferencia improvisada que tuve que impartir respecto a la patata en el Mercado Común, al que no pertenecíamos. Allí, encaramado a una mesa capté la atención y las burlas femeninas un buen rato. En otra ocasión nos exhibían, a los novatos, bajo los focos de unos vehículos frente al castillo de las mil vírgenes, así era conocido aquel colegio femenino administrado por la Sesión Femenina. Bien iluminados tuvimos que bajarnos los pantalones bajo la mirada atenta y multitudinaria de las vírgenes recluidas. Las comparativas y la exaltación de las carencias se clavaban como dardos en un amor propio tímidamente encogido. Cosas de esa época que, ahora, pensamos imposibles. También recuerdo el concurso eficiente de la Piraña, una colegiala que participaba con complacencia intimidando en privado a los más inocentes amenazándoles con devorarlos mientras ensayaba un abanico de posturas con flexibles contorsiones arriesgadas que acojonaban muy mucho a los despavoridos galanes.

¿Quién soportaría hoy estas situaciones degradantes? No disfruté de la segunda oportunidad. Tampoco eché de menos la condescendencia con la que algunos compañeros se quejaban del servicio del comedor -¡En casa, el servicio come mejor! -se jactaba algún personaje ante un surtido de tres primeros y tres segundos diferentes con una variedad de fruta de todo tipo a elegir. Niños de casa buena, o muy buena. Mientras ejercían y consolidaban entrañables e inocentes tradiciones estudiantiles, algunos aspiraban también a las comparsas de estudiantes conocidas como tuna.

Recapitulando, creo firmemente que la experiencia me convirtió en un hombre de provecho y como es debido definitivamente -servicio militar al margen-. El sentimiento de cohesión colegial y empatía se reforzaron con dos acciones colectivas -fomentando el trabajo en equipo- que me pasaban por alto, simular el secuestro de un autobús urbano y obtener el molde de yeso de los atributos del caballo de Espartero, una estatua ecuestre -como se puede haber deducido- situada en medio de la calle Alcalá.

 

“Por las calles de Madrid

bajo la luz de la luna,

de Cascorro en Chamberí,

pasa rondando la tuna...”

 

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