martes, 25 de octubre de 2022

La cantante y el futbolista.

 

Avezado a la monotonía por la cotidiana realidad que nos revuelca por los rastrojos de las tragedias bélicas, las miserias sociales y las puñaladas políticas que nos mecen, me centraré en alguna vertiente menos trascendental que por convertirse en asuntos menos importantes podríamos adscribir a la frivolidad engañosa del día a día, que nos seducen y pueden llegar a alterar el equilibrio emocional haciendo tambalear los valores firmes con los que hemos querido convivir a lo largo de nuestra existencia. En el contrapunto severo de los hechos que nos condicionan se hallan aquellas peripecias de las que a pesar de no ser protagonistas nos conciernen en mayor o menor medida. Elementos de un decorado que nos acompañan y nos permiten tragarnos la terrible aridez de las realidades. Aunque las centremos en infortunios ajenos, puede tratarse de una manera de dulcificar nuestro desencanto.

Me explico. La imagen impresionante de un agujero limpio y diáfano en el pecho de la rubia protagonista me ha conmovido. Más aún, ver cómo el corazón sigue latiendo en el pasillo de un supermercado en medio del desbarajuste causado por un disparo de arma gruesa que le ha desgarrado la cavidad torácica, impacta. De inmediato he asociado la potente imagen a los efectos de la inflación que nos ataca de lleno. En los supermercados de estos tiempos ya no basta con dejar un riñón, la cajera te extirpa literalmente el corazón de un cañonazo infalible porque el chaleco salvavidas de la tarjeta de crédito es demasiado débil, de plástico, para comprar unos tomates de colgar a nueve euros el kilo, por ejemplo.

Por fortuna ha sido una ilusión, los personajes que mueren en las películas o a quienes les arrancan el corazón -nos lo contaron de pequeños- no mueren, siguen viviendo en la vida real para interpretar más ficciones. ¡Uf, qué alivio! Ella podrá grabar más canciones y ejercer de actriz en esos vídeos cortos que dramatizan sus letras. Con esta versión la cantante ya ha alcanzado, por ahora, once millones de visitas en las redes. Todo un éxito para una tragedia narrada en un solo acto y tan breve. Tiene mucho mérito que una historia de desamor, como muchas, levante tanta polvareda y tenga tanto eco.

La clave reside en los héroes, una cantante y un semidiós futbolista. La revancha de la presunta menospreciada o canjeada -esto parece un hecho- por una jovencita sigue su curso. Debe tratarse de la justicia poética que requieren las ficciones. El futbolista no tiene un auditorio ni un altavoz tan poderoso aunque desconozco las virtudes vocales y la capacidad de réplica, no demasiado probable, que no sea agujerear el corazón de la portería del equipo rival con un gol de esos que la afición enmarca en la historia del club.

El éxito, titulado Monotonía, ha suscitado una curiosidad morbosa que la protagonista se ha encargado de magnificar anunciando que el proceso creativo ha sido "gratificante y terapéutico". Un manifiesto contra el desamor y la infidelidad fundamentados en el aburrimiento. Me guardaré bien de no emitir cualquier juicio al respecto. ¡Allá ellos! Más sabios y profesionales emplean toda su capacidad analítica en descifrar las imágenes, fotograma a fotograma, buscando evidencias y haciendo sutiles lecturas poniendo a prueba los conocimientos intuitivos. Me aventuro a decir que lo del boquete en el pecho y el corazón dando trompicones entre los carritos de la compra es bastante grueso, como el agujero, y se entiende a la primera. El color de la ropa, las marcas de los productos en las estanterías... Todo bajo la lupa de la suspicacia. Ya hay algún insigne semiótico que no se ha privado de asociar una pequeña golosina comestible de aperitivo -que la protagonista se zampa- con el tamaño de los atributos del protagonista. ¡Un buen golpe bajo de penalti! Lo que es una verdad como un templo, según la partitura, es que los ricos también se incomodan, se cansan y, en definitiva, se aburren. ¡Eh, pero con mucho dinero, mucho, que si no proporciona la felicidad ayuda a disipar la monotonía!

Cierro la sección con una noticia de última hora, que no primicia. A Kiko Rivera conocido en el mundo de las élites faranduleras como Paquirrín le han ingresado en un hospital a causa de un ictus que habría sufrido. En las redes y en las cadenas que viven de estos personajes y de la basura mediática se ha levantado la veda para hacer un seguimiento intensivo mientras le trinchan, unos, y lo santifican, otros. No me equivocaré de mucho si afirmo que la evolución del paciente dará para más informes médicos que aquellos que acompañaron la agonía al dictador. Ya tienen materia para programas y más programas inmersos en la biografía ilustrada con una serie de conocidos, desdeñadas, detractores y la tempestuosa familia. De ahí a que se recupere -eso espero- el personaje reavivará el protagonismo y la demanda de testimonios personales mientras mejora con la agenda llena de contratos y exclusivas.

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