A la oscuridad estrenada de los relojes con el polémico horario de invierno, hay que añadir la celebración de Todos los Santos, Halloween, el día de muertes en México y otras celebraciones que se concentran en estas fechas con las que octubre se despide y noviembre nos acoge. Es el momento más propicio del año para recordar la colección de antepasados y de personas cercanas que ya no están. Excluyo el antojo de algunos jubilados, al margen de las obras, por dar un paseo frecuente por los cementerios. Sobre todo en los de pueblo o de ciudades pequeñas donde éstos están al alcance de una visita nostálgica, como cerrando el ritual del garbeo habitual para saludarlos con la esperanza de que nos pueden sentir si los muertos escuchan a los vivos. Un abuelo lo justificaba con el argumento de que tiene más amigos aquí que en el café.
Coincidiendo,
pues, con la estación que desnuda los árboles y que el día se acorta, parece lo
más razonable, homenajear a nuestros difuntos con la ida preceptiva para quitarles
el polvo, limpiar los alféizares de los nichos y pasar un trapo por la lápida o
por el cristal que la protege renovando las flores, naturales o de plástico
-que duran todo el año-. Los panteones, que ya se comportan una categoría
y una adscripción social de mayor rango, llevan más trabajo. Recuerdo a
una abuela resignada que anunciaba un premonitorio desenlace cercano, no diré
inminente, con cierto gozo. Se sentía orgullosa porque la parentela había
comenzado las obras para edificar un “campeón”
-proclamaba ella- con todo tipo de adornos y con gran derroche de recursos y de
mármoles de calidad. Los nuevos ricos también van al cielo.
La
tentación humana para perpetuar la existencia más allá debe explicar las
faraónicas manifestaciones funerarias de aquellos que pueden
permitírselo. Una alerta ostentosa de quien habita esa tumba, alguien
importante y con poder que también quiere llevarse al más allá sino la riqueza
mundana, el prestigio. Un por si acaso nos reencarnamos queriendo retener
lo que disfrutamos. Las pirámides se construyeron con la voluntad de
perpetuar los privilegios cruzando el río de la vida en barca. De la
pirámide a la urna existe un largo proceso evolutivo en materia de
ceremonias. De la pompa a lo sostenible con un sencillo vaso biodegradable
es la prueba, de la capacidad para aclimatarse de las almas.
El
abuelo se detiene frente al compañero de partida de cartas, que reposa allí
alineado con una fotografía donde aún sonríe lleno de vida, se pregunta dónde
irá él a parar cuando sea el momento. ¿Un nicho soleado, resguardado de la
tramontana, con vistas al horizonte o al campo de fútbol, elevado, de
entresuelo? Esta decisión no le saca de quicio. Tampoco ha manifestado
nunca si quiere que lo quemen o que lo sepulten. Éste es un asunto del que
no será el responsable, como tampoco del hecho de no ser inmortal a menos que
haya llevado una mala vida cargada de vicios y de hábitos poco saludables que
ya vaticinaban que no duraría. Nunca ha contratado ningún seguro de
decesos que le garantice un entierro lucido -“dinero tirado”- porque las
herencias también implican pagar las deudas y enterrar a los benefactores, se
justifica.
Cuando
limpio las lápidas, las golpeo suavemente para que no se inquieten -¿Cómo estáis? -por
si acaso me escuchan. Nunca he recibido respuesta alguna. Yo me figuro
que sí, mientras los recuerde siguen estando allí. Desde mi universo vital
los hago en el cielo con agradecimiento y cariño. Hay tumbas con huérfanos
de atención, sin flores –ni de plástico–, dejadas de la mano humana que deben
vivir perdidos en un más allá solitario y sórdido, la concreción del infierno
fundamentada en el olvido.
Un
Todos Santos más para hacer un rato de compañía a quien reposa eternamente, un
acto de recogimiento y de reconocimiento, de respeto con un manojo de flores
que se irán marchitando con un punto de tristeza. Constato que en el
cementerio hay poca concurrencia de jóvenes, ellos todavía se sienten -son-
inmortales. Excepcionalmente nos acompaña una muchacha en la frontera de
la preadolescencia que está más por subirse a los nichos elevados a dejar las
flores que por la meditación trascendental de los misterios del más allá, la
reencarnación o el infierno de los descreídos.
La
juventud a perpetuidad no está por quebraderos de cabeza que no les
corresponde. Inmarcesibles, preservados de estas tribulaciones, no se deleitan
por ofrendas ni funerarios festines adustos de otoño. Cómo pueden competir
la reclusión espiritual a la vera de la lumbre por Todos los Santos y la
castaña con la intriga, los disfraces y golosinas del Halloween.
Sí, ya vamos teniendo casi tantos conocidos fuera como dentro.
ResponderEliminarDe todos modos, la desmesura de granito creo que afea los cementerios y, por más que nos empeñemos, a no ser que seamos Picasso o Cervantes, nuestra memoria no llegará más allá de la generación de nuestros nietos.
Qué bien escribes, Josep. Besos.